12/07/2020

Opinión

La manía del porcentaje en las relaciones personales

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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La manía del porcentaje en las relaciones personales

El mundo se ha vuelto, de repente, un porcentaje de algo. Para mucha gente ya no hay medidas reales, digamos, sino porcentajes, corresponda o no corresponda, venga o no a cuento. Un señor tiene siete perritos de fina raza, le roban tres, pero nadie le preguntará cuántos le robaron sino qué porcentaje. Mirá si va a sacar una calculadora en ese momento, solo para satisfacer una curiosidad ajena y, digámoslo, vana.

A otro tipo le roban todos los muebles que tiene en su casa. “Todo” es una palabra que abarca el conjunto como unidad, si me apuran hasta es un concepto filosófico. En física hay una “teoría del todo”, que otros llaman “teoría del campo unificado”. Cualquiera entiende si alguien se queja porque le robaron todo, que además es una de las primeras cien palabras que aprenden los chicos.

¿Qué necesidad hay entonces de afirmar que le robaron el cien por ciento de los muebles, los relojes, los autos, lo que fuere? ¿Alguien cree que si le anuncian a uno, que se le quemó el cien por ciento de la casa, se reducirá su desamparo y su angustia sólo porque no le dijeron que todo quedó reducido a cenizas?, ¿no es mejor darle la noticia con la palabra “todo”, que abarca exactamente su propiedad como la unidad de su patrimonio real?, ¿por qué agregar una pizca de inexactitud con el porcentaje?

Lo que sucede con el idioma es que sus mudanzas son a veces tan sutiles que no nos percatamos de cuándo sucedió, hasta que ya estamos usando otras palabras para decir lo mismo. Para captar estas variaciones, solamente hay que afinar el oído, analizar mentalmente cada vocablo y pensar si hay uno más fácil y comprensible. En el lugar de la frase en que lo halla, cambió la lengua. Si alguien reemplaza “aumento”, por “incremento”, estamos ante un bobo de los nuevos tiempos, si no dice “escuela”, sino “establecimiento”, agregue otro tonto a su lista y si en vez de pronunciar “agua”, le sale “líquido elemento” o “recurso hídrico”, póngalo en el podio de la memez.

Pareciera que al mundo moderno le encanta hablar en difícil, alguien ha puesto en la cabeza de las nuevas generaciones que lo complicado es mejor por sí mismo, un valor sobreentendido en las relaciones. ¿No le pasa cuando llega a una oficina y el cadete de la entrada le pide “aguarde un instante”, que usted piensa de qué se las tira éste o por qué no me dijo “espere un momento”o “aguaite un rato”, que es además como habla en la casa? Mejor dicho, ¿hay mejores frases para pedir a uno que espere un rato que, justamente, “espere un rato”?

Están de moda los números, pero cabe suponer que hay asuntos que las frías cifras no miden. Suponga que hay una madre de diez hijos y que se le muere uno. ¿Usted cree que ha perdido el 10 por ciento de sus críos?, ¿le alcanza como consuelo, tener el 90 por ciento restante en buen estado? Si vamos a los números, tiene razón, debería estar feliz con el 90 por ciento sobreviviente antes que afligirse por la mínima proporción que perdió. Pero tiene el corazón completo hecho pedazos. Su vida se ha destrozado toda, no en un diez por ciento sino quizás por completo. No tendrá consuelo quizás hasta el día de su muerte. ¿Y usted sigue calculando porcentajes?

Bueno.

Diga ahora si le gustó o no, la nota. Con las respuestas armamos una tabla de posiciones a ver si tiene razón o está equivocada. Porque si la verdad es un número, la existencia de Dios también debiera depender de una votación universal.

Si pierde, chau.

Igual habría que ver el porcentaje.

Juan Manuel Aragón                   

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