14/07/2020

Opinión

El puchero, un lujo opulento en las casas de ricachos

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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El puchero, un lujo opulento en las casas de ricachos

Un almuerzo opulento, sólo reservado para aquellas casas de ricachos que todavía quedan en la ciudad, podría ser el puchero criollo, repleto de exquisiteces que remiten inmediatamente a la vieja casona de los abuelos.

La simple descripción de sus ingredientes entrega el recuerdo del alma, una somera idea de esta delicia del tiempo de las vacas gordas. Carne, hueso y caracú eran el centro mismo de la receta, como quien dice el quid de la olla, su razón de ser, el mismísimo fondo de la cuestión, la esencia y el deber ser. No tenía que faltar la papa, la batata y el anco y la zanahoria. Ni el repollo casi desarmándose, que le daba a la sopa un gustor distinto. La cebolla de verdeo y el pimiento picado chiquito colaboraban dando una fuerza intrínseca al menjunje. Y la panceta y talvez una pierna de gallina, ¿por qué no?

Entre marzo, abril y un poco más, llegaba con choclo. Y en toda época, algún porotito desperdigado aquí y allá. Si la abundancia llegaba hasta alturas de Everest, pongamos, el almuerzo se coronaba con un choricito colorado, finamente cortado en rodajas que habían flotado a último momento entre sus hirvientes aguas.

Como para demostrar que del placer al pecado hay un sólo y único pasito, cuando además había hervido un buen pedazo de morcilla, entonces los comensales tenían asegurado el infierno al que van a caer los golosos si no confesaban y comulgaban a la siesta, antes de crepar definitivamente de una buena indigestión.

Una o dos veces en la vida he almorzado este magnífico puchero, sin que me agarre el sentimiento de culpa que suelen tener quienes ofenden a Dios gravemente.

A veces pienso que quien se tomó el trabajo de redactar los siete pecados capitales debe haber reflexionado bastante antes de incluir la gula. Capaz que ese anónimo escritor degustó el puchero, en cuyo caso cabe la posibilidad de que se diera cuenta de que los otros pecados estaban de más, ya que con este sólo bastaba para asegurarse el perpetuo infierno. Pero también es posible que ni lo probara. Y por eso la gula es una más entre las faltas más graves contra el Creador y no la fundamental, la que le da sentido a las demás.

Por eso es un acto de justicia divina que el eterno fuego del Averno se abate siempre sobre quienes se solazaron con un puchero, servilleta en el cogote, vino tinto del almacén de la esquina, plato hondo, caracú en el pancito de empujar, la patrona con su sonrisa satisfecha, el chicaje alrededor de la mesa. Endemientras, si el mundo se viene abajo, lo dejaremos para preocuparnos después de una regia siesta, cuando encendamos la tele justo para el noticiario de la noche.

Y el domingo antes de misa, con el arrepentimiento en el corazón y el propósito de enmienda sincero, a confesarse, obviamente.

Y cumplir la penitencia.

Si no, no vale.

Juan Manuel Aragón                   

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