22/07/2020

Opinión

Daría mi vida por convencerte si creo que estás equivocado

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Daría mi vida por convencerte si creo que estás equivocado

Que le voy a decir, amigo, quizás es elemental, pero a veces vale repasar ciertos conceptos, aunque parezcan obvios, repetidos. Es este: cada vez que discuta con alguien, por más que sus tesis le parezcan erróneas, equivocadas, desacertadas, su aprecio hacia él se debe mantener intacto, inconmovible. El afecto va por un lado, las opiniones por el suyo.

Es increíble lo que se está viendo en estos días en internet, se insulta a los demás sólo porque no piensan igual. En ocasiones la disputa no es por ideas fundamentales, como si uno fuera aristotélico tomista y el otro un neo kantiano convencido, sino por asuntos tan fútiles como un equipo de fútbol, la personalidad del líder de un partido político o, peor aún, la calidad de los paupérrimos cánticos de aliento de sus hinchas.

Hay frases que tratan de poner fin a una disputa que, al menos son engañosas: cuando uno dice “respeto tu forma de pensar”, en realidad está hablando macanas, porque respetar es acatar, reverenciar, obedecer. Es evidente que si debatían sobre algo, no respeta su pensamiento.

Los vecinos del barrio tenemos sentires diferentes sobre el amor, los botes de vela, la vida, los autos eléctricos, la política, el fútbol, la astronomía, los ovnis, la cría de chinchillas, el recorrido del colectivo, la crianza de los hijos, el riego de las plantas, el sabor del pan francés, entre otras miles de creencias, taras o dogmas cruzados. Sin embargo a la noche no salimos a quemarnos las casas ni el barrio es un foro de permanentes reyertas intelectuales.

Hay una frase atribuida falsamente a Voltaire: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Bueno, después de eso, en Francia se puso en marcha el régimen que cortaba el pescuezo injustamente, a quienes estaban en desacuerdo con sus autores. Quienes repiten esa frase, casi como una oración laica, la sostienen a muerte como un derecho inalienable e imprescriptible… siempre que uno no esté tan en desacuerdo con ellos. Si no, ya sabe, guillotina.

Por eso cuando se debate con alguien, se debe recorrer el espinoso camino de las palabras, con cuidado de no ofenderlo personalmente. Todo irá bien si evita decirle “mentiroso”, “eso es una falsedad”, “no te crees ni vos mismo” y no cae en palabras altisonantes como “no te permito que hables así del mariscal Gómez” o “lávate la boca para referirte al ecuánime Presidente de la cooperativa Unión y Progreso”. Si le profieren alguna de esas palabras u otras parecidas, inmediatamente dé por perdido el debate y retírese al salón en que las damas aspiran rapé.

Es preferible perder la discusión, antes que ser herido por un amigo más de lo indispensable. O tener que tomarse a las trompadas, sólo porque quien hablaba se hacía el de no recordar las ocasiones en que su señora lo hizo zapatear en el ripio descalzo, con la excusa de ir a la casa de la vecina a devolver la cartilla de Avón. Que es lo único que se le ocurrió cuando se burló porque usted es fanático de los canarios de Clodomira, y lo acusó de ser un club con socios de cuarta.

Con el respeto debido, es posible, bueno, deseable confrontar ideas, opinar, arriesgar teorías, ofrecer pruebas, sopesar razones, conjeturar contradicciones. Para hacerlo, es obvio que no se debe respetar las ideas ajenas. A menos, claro, que le demuestren de manera fehaciente que estaba equivocado. En ese caso, es justo dar la mano, pedir perdón por la necedad y en lo sucesivo abstenerse de discutir sobre ese asunto.

Ahora bien, si quiere insultar al autor de esta nota por escribir archisabidas teorías, meta nomás, aquí abajo hay un lugar que solamente está para eso. Aproveche, propínele una injuria. Agrávielo, que por ahora es gratis.

Juan Manuel Aragón                   

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