28/07/2020

Opinión

Por suerte no veremos la extinción del periodismo

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Por suerte no veremos la extinción del periodismo

Los periodistas tenemos el oficio de mirar la realidad y plantear las cosas desde otra óptica. Para opinar como el viejo de la otra cuadra y sus amigos del café y piensan lo mismo, igual que sus hijos, sus nueras, sus nietos y cientos de otros señores, señoras y señoros, mejor los conchababan a ellos. Casi siempre la obligación de estas crónicas es pensar distinto, a riesgo de pasar por ignorantes o incapaces de tratar ciertos dramas complejos y delicados.

Pero se trata de una tarea a punto de llegar a su ocaso. Las verdades inmutables, al día siguiente ya no existen más y nadie se apena por eso. Algunos negocios desaparecieron, como las fundamentales talabarterías, que dejaron de existir cuando el hombre ya no montó más a caballo para ir de un lugar a otro. Las ruidosas disquerías se transformaron: comprar música en los tiempos actuales, es una antigualla, simplemente se la toma de la nube, se la baja a la computadora, se la pasa al aparatito y se la oye dondequiera, ocultando lo que se escucha en ese momento. Las librerías han dejado de ser un sitio de reunión de intelectuales, de hecho han dejado de ser un lugar y en muchas ciudades alrededor del globo ya son una rareza. Otros nacieron y se perdieron en un abrir y cerrar de ojos, las cremerías, las canchas de pádel, los clubes de alquiler de películas.

De la misma forma, los periodistas estamos extinguiéndonos. ¿Instalar un diario hoy en día, con papel, tinta, máquinas rotativas, una redacción central, corresponsales ,cronistas, hora de cierre, diagramación, secciones de deportes, fotografía, política, espectáculos, cultura, policiales, sistema de distribución, canillitas, devoluciones?, ¿a quién se le ocurre?, loco debería estar quien intentara semejante empresa.

Hasta ayer nomás nos creíamos un eslabón fundamental en el juego de las instituciones, de repente no servimos más, quién recuerda que nos decíamos —y lo creíamos— el cuarto poder. Si no resumimos nuestro pensamiento en tres líneas, un “meme”, un signo, hemos quedado obsoletos. Por el mismo precio debemos estar dispuestos a hacer la nota, redactarla, pasar el vídeo, las fotografías, el resumen para las redes, el dibujito lineal y tonto para la viralización. Reíte de patear el córner, esperar el centro, cabecear con puntería y hacer el gol.

Al observar este artículo, una gran mayoría pensará “demasiado extenso” y pasará de largo sin pena ni culpa. Los padres hoy dan como penitencia a sus hijos: “Vayan y lean un libro”. No importa cuál, el más interesante de todos, el Quijote de la Mancha, Platero y yo, Cien años de soledad, es un castigo tremebundo para las nuevas generaciones. No vale explicarles: “Che, por ahí pasa la historia, el presente y el futuro”. No interesa. Son el mundo atrasado, despreciado por obsoleto, antiguo, rancio.

Los padres en la década del 80 buscaban para sus niños, escuelas con clases de computación, no pedían idiomas, matemáticas, poesía, calistenia, historia, declamación. Se conformaban con que aprendieran a manejar ordenadores, si no sabían para qué era un detalle, oiga, ahí estaba el porvenir de la humanidad y no querían a sus críos afuera. Los padres de ahora llevan potentísimas computadoras en la cartera de la dama y en el bolsillo del caballero, pero ya no saben qué pedir a los maestros. Es más, como ignoran el significado de las palabras impresas, no eligen otra formación para sus niños. Como no tienen ni un libro en su casa, ni siquiera los desprecian. No se ama lo desconocido, también es imposible odiar lo ignorado.

En los próximos años, nadie sospecha siquiera cómo se trasladará la información desde el suceso hasta su difusión. La noticia sirve para tomar decisiones en la “polis”, pero talvez circule por otros canales, quizás más eficientes, nadie sabe.

Si el verbo se continúa degradando, las notas futuras posiblemente serán un tartamudeo informe, repleto de sobreentendidos vacuos y siglas confusas. Por encima de ese aquelarre de gestos indistintos, acaso se levante como una victoria de la civilización, el dibujo del pulgar para arriba, el “Me gusta” cual dios de las comunicacioneso las emociones más primarias e instantáneas en el Cielo de los básicos deseos de la humanidad.

Para quienes no conocieron ni de refilón la cocina del periodismo: había un orbe de crónicas floridas, editoriales bien pensadas, fundadas notas de opinión, relatos vívidos, punzantes entrevistas, reportajes elegantes, investigaciones profundas, revolucionarias denuncias, diálogos para recordar, encendidas bajadas de línea, sátiras refinadas, escuetas gacetillas, misceláneas bien pintadas, certeras críticas, conferencias resumidas, inteligentes ensayos, sueltos dejados como al descuido, reseñas sin desperdicio, sutiles esbozos. Bueno, aún existe, pero en pocos lugares de las grandes ciudades. Trabajan para un público en vías extinción, conscientes de su cada vez menor influencia en la sociedad.

Lo único bueno de este panorama es que cuando la de periodista sea una actividad olvidada como la de encuadernador de libros, vendedor de sombreros o tocadiscos, fabricante de polainas o galochas, experto en revelado de fotos, acomodador de cine, usted y yo estaremos contando las azaleas desde abajo. Es decir razonable y felizmente muertos.

Juan Manuel Aragón                   

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