29/07/2020

Opinión

Cazadores superiores e inferiores: de qué conversan los amigos en el café

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Cazadores superiores e inferiores: de qué conversan los amigos en el café

En ocasiones, las conversaciones de los amigos en el café, frente a la plaza Libertad, suele surgir la inquietud sobre cuándo fue poblada América. Antes de empezar a tomar el cortadito descartan la teoría autóctona, la del nacimiento del primer hombre sobre la Tierra en Ohio, Puebla, Tegucigalpa, Suncho Corral o Marlopa: “No se sostiene, es una expresión de chauvinismo cerril”. Llegan a una conclusión: nadie es originario de América, o sea. “¿Ni los indios?”, preguntan los más despistados. “Ni los indios”, responden.

Resta pensar en los asiáticos, algunos contertulios sostienen que durante siglos por el estrecho de Bering desfilaron bandas de nómadas hacia estos pagos.“¿No llegaron por el Pacífico?”, averiguan los despistados. “¿Estamos hablando en serio o discutimos para Disneylandia?”, reprochan los sabihondos del grupo.

¿Qué traían estos primeros americanos? Mientras las palomas de la plaza revolotean alrededor, buscando a quienes todos los días les tiran miguitas, arriesgan que no trasplantaron una cultura homogénea pues venían de distintas patrias etnogénicas.

“Ya empiezan con las palabras difíciles”, se enojan varios. Entonces aclaran: la etnogénesis implica la aparición y difusión de rasgos culturales y sociopolíticos específicos para diferenciar a los miembros de distintos grupos de gente, ¿está claro? Más o menos, pero igual, meta nomás, está interesante la charla. La reunión se ha vuelto más interesante y la mayoría, que ignora estos asuntos, para la oreja, siempre se aprende algo nuevo.

Estos inmigrantes asiáticos fueron clasificados en cazadores superiores y cazadores inferiores. Las puntas de los proyectiles de los superiores estaban hechas con una entalladura en la base para ser calzadas en un mango: eran cazadores de grandes mamíferos de la Edad del Hielo. Los inferiores, que también eran recolectores, al parecer llegaron un poco antes; los expertos se arriesgan a calcular su antigüedad en 37 mil años, pero no todos están de acuerdo, objetan más que nada, los métodos de datación. Cuando alguno quiere averiguar más, lo atajan: “Es una cuestión distinta, pero sería largo de explicártelo, mejor seguí en el molde”.

También hay discrepancias sobre piedritas halladas aquí y allá, sobre todo en Alaska, para unos eran artefactos trabajados por el hombre mientras otros aseveran a muerte que eran simples guijarros moldeados por el agua o el viento. Toda una discusión académica sobre una docena de pobres cascotes, mire usté.

Una curiosidad, según los amigos, ambos grupos aparecen en tiempos remotos, como culturas diferentes, en amplias regiones del continente y como tales continúan subsistiendo en sectores marginales, hasta la Conquista, como los hombres de la Tierra del Fuego, sobre todo por el lugar que les toca habitar.

La prueba de la existencia de los dos grupos se halla en las hogueras para tostar o calentar los alimentos. Hay piedras planas con las que aplastaban los alimentos y otras con facetas achatadas, usadas con la mano para machacar; están dispersas, casi siempre cerca de los restos de las fogatas. La vida de los hombres de ambos grupos era sencilla: nacer, cazar, comer, reproducirse, morir. Salvo el obligado pago de los servicios o las cuotas del lavarropas, no tenían una existencia muy distinta de la actual.

Después, como suele pasar en estos casos, la conversación se desvía hacia asuntos más prosaicos, una película de la televisión, los precios de la mercadería el supermercado disparados hasta las nubes, la guitarreada que organizó un ridículo por internet. “Es joda, che, sin empanadas es música en el tocadiscos”, opinan. Y al final, de aburridos, se ponen a piropear a las chicas que pasan por la vereda, pero siempre educados, con respeto, ¿no?

Juan Manuel Aragón                   

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