02/08/2020

Opinión

Las cenizas de tu abuelita se ríen a las carcajadas

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Las cenizas de tu abuelita se ríen a las carcajadas

Nuestros genes han pasado por encima de guerras feroces, hambrunas inhumanas, atroces pestes, deportaciones masivas, degüellos a mansalva, incendios pavorosos, naufragios terribles, interminables caminatas, ataques de filibusteros, tiburones famélicos, tormentas terribles, caídas estrepitosas, paralizantes tigres, soles impiadosos, antropofagia criminal, fríos extremos, insoportables cadenas. Y seguimos siendo la única especie en la cima de la cadena alimentaria, es más: somos los únicos capaces de extinguir toda otra forma de vida sobre la faz de la Tierra. Una secuencia casi infinita de casualidades te trajeron a leer esta nota, a mí a escribirla.

¿Alguna vez has pensado en la cantidad de acontecimientos extraordinarios que se fueron entrelazando en la historia de la humanidad durante milenios? Calcula: hasta hace siglo y medio y desde siempre, los hombres vivían 34 años y las mujeres 32. Hoy muchos no se deciden a ser padres pues les podría quitar tiempo para dedicarse a la construcción de títeres, el teatro experimental, el reciclado de capuchones de lapicera, el veganismo extremo, el activismo ambiental u otras bobadas, pero antaño podrían haber estado muertos por algo tan trivial como una infección en las muelas, una otitis.

En la antigüedad iban a las batallas los mayores de 14 ó 15 años. Los veteranos de 40 quedaban en el pueblo, en la retaguardia. Eran los ancianos de la población y debían conservarlos y porque estaban hechos percha. En guerras anteriores les habían cortado un pie, una mano, habían regresado tuertos o ciegos o ya no aguantaban el frío, el calor o caminar extenuantes jornadas sobre la nieve o bajo el sol.

Permanecían en el pueblo los ancianos, las mujeres, los niños. En ocasiones los hombres estaban afuera peleando varios años y seguían naciendo chicos en el pueblo. Estabas en la guerra, ponele, volvías a los nueve meses justitos y tu señora te mostraba el hijo y te decía que había nacido hacía 15 días. Volvías de ganar diez batallas, asolar treinta pueblos y sobre todo, violar incontables mujeres, mirá si ibas a ponerte a calcular la fecha del último beso en la penumbra con tu peor es nada. Era tuyo, chau. Pero cuando se hacía viejo el chango, tenía la misma pelada del molinero, eximido de esa guerra por viejo y gordo. Pero para ese tiempo ya estabas muerto, enterrado y definitivamente olvidado. Hoy los descendientes de ese capitán español, lo tienen por el fundador de una dinastía, ¡uf!, ¡con cuántos laureles y escudos de familia!, mientras las cenizas de tu abuelita se ríen a las carcajadas, sin sonrojarse, en su tumba de Castilla.

Para llegar hasta donde estamos, el tatarabuelo de tus más remotos tatarabuelos, agarró un palo con una piedra mal atada en la punta, le acertó al vecino en la cabeza y le robó la mujer para llevarla a su cueva. Y de ahí vienes vos, tu vecino, el vecino del vecino, yo y el mundo entero. O una buena parte. O tal vez venimos de los niños de esa mujer con el primer hombre. Lo mejor es que tu señora también desciende de esa pareja y el señor parado en la esquina de tu casa y el kiosquero de la otra cuadra, sus familias y así hasta el último barrio de la ciudad.

Ah, no,vos no, claro, tus abuelitos vinieron de Palermo, Italia. Dejame que te diga entonces, Sicilia fueun crisol de razas, digamos mejor “el” crisol. Por ahí pasaron los sicanos, los siculos y los élimos, los ausones (de las islas Eolias, Milazzo) y los morgetes. Después llegaron los griegos (hay más monumentos griegos antiguos en Sicilia que toda Grecia, oíme), los fenicios, los romanos, los cartagineses, los árabes bizantinos, los alemanes, los franceses, los catalano-aragoneses y los desalmados garibaldinos. En el medio pasaron los normandos y dejaron algo de ojos claros y pelo rubio. Y cada nuevo pueblo llegado a la isla forjó, en sus hombres y mujeres, ya sea de grado o por la fuerza, esas casualidades forjadoras de tu color de piel, tus ojos, tu estatura y si me apuran, hasta cierta manera de ser.

Un pariente en forma ascendente, extraído de esa larga lista y gran parte de la humanidad dejaría de ser tal, incluida tu parentela. Tocas una sola vida y hoy el universo sería distinto: mejor o peor, no lo sabemos. Tu novia podría tener en la panza a un Ghandi, un Albert Einstein, un Wolfgang Amadeus Mozart, un Diego Maradona y el ñorse, preocupado porque no le vino, sacando cuentas de cuánto cuesta la pastillita para quedar tranquilo, pobre infeliz.

Pero quizás desciendes de una india salvada del zoológico azteca para engordar prisioneros y almorzarlos después. A un cacique le gustó la indiecita chichimeca y se la llevó a su casa para vivir con sus 300 mujeres. Ayer le has rendido homenaje a una diosa de tu cruel antepasado que, si te veía blandito y fofo, por tantas horas perdidas en internet, te comía crudo, hervido, al rescoldo o en medio de dos pancitos. En una de esas tus parientes eran diaguitas sobrevivientes de la matanza sufrida a manos de los incas, antes de la llegada de los españoles. Los llamaban “calchaquís”, es decir “vencidos” o “hechos pomada”. Pero tu tatarabuelo tuvo suerte: andaba en lo alto del Aconquija por esos días. Y cuando volvió halló una sola indiecita y son los fundadores de tu familia. Sacas a uno solo de los padres, los abuelos, los bisabuelos, de la lista de esos indígenas y tampoco estás aquí recordándolos. Mirá si te vas a preocupar por el precio del pan o por estar algo resfriado, después de zafar de haber sido para siempre un muerto de frío, en la punta de aquel cerro.

Semejante nota para decir —por si no te has dado cuenta— que no deberías afligirte por el sueldo con cientos de descuentos, el paro de colectivos, los pañales de tu chiquita, el examen del próximo lunes, el precio del osobuco, el vecino odioso, el vino picado en la alacena, la molesta muela cariada, la goma pinchada de la moto, el celular finado en el fondo del inodoro…

Es domingo, hace un tiempo precioso y va a salir el sol. Si con el recuerdo de lo sucedido a la humanidad hasta ahora no te alcanza, recordá: Es domingo, va a salir el sol, hoy será un día precioso y sobre todo ¡estamos vivos!, ¡respiramos, carajo!

¿No es maravilloso?

Juan Manuel Aragón                   

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