10/08/2020

Opinión

Challueros: con que las cosas no empeoren se conforman

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario24)
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Challueros: con que las cosas no empeoren se conforman

El de ripiero es quizás uno de los trabajos más humildes de Santiago del Estero. Con una pala hecha de alambres para filtrar la arena del río Dulce, retienen en ella el ripio y lo van cargando en baldes. A su vez estos baldes van sobre unos cuantos palos atados, llamados “canoa”. Cuando tienen varios llenos los van dejando en la orilla, viaje tras viaje, hasta completar una camionetada.

Santiago no tiene ríos de montaña, pero precisa extraer ripio para sus pequeñas construcciones civiles. Vendrá el chofer de una camioneta con quien previamente se habrá acordado el precio, y pagará por el material con el que el hombre tirará un día más. Los santiagueños se han acostumbrado a verlos desde el ómnibus cuando van o vuelven de La Banda o pasean por las orillasde la avenida Costanera.

Pocos lo saben, pero es uno de los trabajos más duros de la provincia. Cuando tienen cuatro tachos de 20 litros cargados con ripio sobre la endeble canoa, la tiran hasta la orilla desafiando la corriente que viene de costado, inclinados a 45 grados por el esfuerzo, casi besando el agua. Trabajo de invierno sobre todo, cuando el río está cortito y el viento desfila a sus anchas sobre la avenida sinuosa, resumen de todos los ríos tucumanos, Mishqui Mayu, por otro nombre.

No tienen los ripieros la prensa de los challueros (*en quichua, pescadores), su trabajo no es pelearle al dorado, tampoco observar de lejos a la Madre del Agua en tintos o blancos amaneceres, tirando el esperanzado sedal, no deben lograr el pique del bagre, galleta salada de la casa de los pobres. Su tarea es más sencilla y más ruda también, palean en el fondo del río, debajo de la arena, casi obreros de la construcción sin un sindicato, como tienen los otros, para mentirles que los ampara.

Los muchachos no van a recordar a San Cayetano, santo al que podrían pedirle pan y trabajo. Pero si quieren que su familia tenga para arroz, fideo, yerba, azúcar, deberán seguir en medio del río, el agua hasta las rodillas, dándole duro a la esperanza de un mañana que, si Dios quiere, ha de ser igual.

No le piden a Dios que el futuro no les sea indiferente, con que la vida no empeore se dan por felices y conformes.

Y chau.

Juan Manuel Aragón                   

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