19/08/2020

Opinión

La gente no iba cutipando como las cabras

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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En un tiempo mascar chicle era una total guaranguería, no por el gusto de la golosina ni nada parecido

En un tiempo mascar chicle era una total guaranguería, no por el gusto de la golosina ni nada parecido, pues a nadie le importaba, sino porque hubieran tomado por ridículo a quien anduviera por la calle cutipando como las cabras, moviendo las mandíbulas para un costado y para otro. Era inaceptable por demás. Lo prohibían a los chicos, so pena de severos castigos, como corresponde. Ni hablar de la moda de andar haciendo globitos para reventarlos en el aire, con esa cara estúpida de quienes lo hacen, colmo del mal gusto. Las veredas podían tener cualquier suciedad, la que usted se imagine, piense en la peor de todas, pero casi nunca un chicle. Hoy la más limpia de todas, siempre tiene uno pegado, dando cuenta de que por ahí anduvo la modernidad mostrando su peor rostro.

Usted se vestía de lo que era y a nadie le daba vergüenza andar la calle con el uniforme de trabajo. El obrero se ponía camisa gruesa de obrero, el médico delantal, el cura sotana, el abogado traje y sombrero. Fue antes de la llegada del uniforme universal del pantalón norteamericano, de mezclilla como lo llaman los mejicanos y la omnipresente campera.

Quienes fueron niños en ese tiempo, cuentan que alcanzaron a ver hombres de capa por la calle. Sí señor, una capa como la del Zorro, como prenda habitual. Las matronas de antes andaban compuestas como mujeres serias y las otras disimulaban un poco las alegrías de la vida, pero igual se les notaba, esa era la gracia.

Ya ni recuerdos hay, pero entonces los hombres eran hombres, las mujeres, mujeres y los niños, niños. En el medio no había ninguna sub clasificación rara: prepúber, prepúber tirando a púber pero no tanto, púber propiamente dicho, preadolescente… ¡chorradas!, diría un gallego. Quien usaba pantalón corto era un chico y quien no, ya había pasado los quince años y era hombre, listo, a otra cosa mariposa. Quién se iba a andar haciendo problemas por dramas existenciales de muchachones que recién estaban aprendiendo a limpiarse la nariz. ¿No ve? ¡Eran imberbes!

Las palabras se pronunciaban en castellano, quien sabía algo de inglés, francés o alemán era alguien viajado, andaría entre libros de orografía, hidrografía e historia del extranjero, preparándose para ser embajador, pongalé. ¿Ir por ir nomás, porque sobraba un poco de plata en el bolsillo? No, señor. Mejor era quedarse y disfrutar aquí de la vida, tan corta que te lo es, para andar desperdiciándola en tilinguerías vanas, si se permite el pleonasmo.

La característica más saliente de esa época es que en las casas de la gente decente no se permitía el chicle, moda guaranga, ni siquiera como una pueril delicia. Domingos de corbata moñito, misal, Paternosterquiesinchelise hijos obedientes, compuestos y bien educados.

Juan Manuel Aragón                   

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