20/08/2020

Opinión

El encierro y la pandemia en una Santiago silenciosa

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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El encierro y la pandemia en una Santiago silenciosa

De repente agosto trae en el aire reminiscencias de otros tiempos, pero en las calles antaño resonantes de alegres chacareras se respira un aire opaco, sin la gracia fragante de la juventud. Las horas que es posible andar por el centro, no se ven mujeres, no hay chicos, desaparecieron los hombres. Todos son —somos— entes sin personalidad, mirando desconfiados a izquierda y derecha, pidiendo: no se acerque nadie, por favor, lejos de mí.

En Santiago del Estero, de 8 de la mañana a 6 de la tarde es posible ir al trabajo, hacer trámites, salir a comprar lo necesario, todos los días, salvo sábados, domingos y fiestas de guardar, pues entonces el permiso termina a las tres de la tarde. Salir con la cara tapada es la norma, no la excepción y mantenerse lejos uno de los otros, justo en la Argentina del abrazo y el beso en la mejilla cual norma sacrosanta. La vida depende estos días del cumplimiento de estas nuevas reglas, hay que obedecerlas, no queda otra.

Está mustia la histórica capital de las ciudades del norte, hasta ayer nomás, bonita alegre y cantarina.

Aunque se acaten las indicaciones de las autoridades, marcadas además por el sentido común, una infinita zozobra invade el alma, nunca como ahora las incertezas acerca del futuro próximo o lejano estuvieron tan presentes en el pensamiento de todos. La pregunta es qué va a suceder en un mundo frenado de manera tan abrupta, casi como si se hubieran sentido las gomas chillando contra el pavimento, hasta la invasión de un ensordecedor silencio del aire, las paredes, las calles, las flores, los cables de la luz, los gorriones.

Recluidos, los santiagueños siguen pidiendo perdón por sus deudas y librarse del mal. Por el limpio aire de este invierno que no acaba de pasar se desliza la muerte en forma invisible, nadie la ve, sin embargo por ahí anda llamando a los suicidas.

Durante las madrugadas, en esta ciudad que carga el campo serpenteando entre sus calles llega solitario y apagado, el canto de un gallo gris del barrio Cáceres o tal vez más allá.

Acostado en la oscuridad, con el sonido acompasado del sueño de los hijos en la habitación de al lado,un ángel ausente anuncia que la alborada viene con atraso.

Juan Manuel Aragón                   

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