22/08/2020

Opinión

Las baladíes palabras de quien no tiene qué decir

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Las baladíes palabras de quien no tiene qué decir

Las palabras son dulces, saladas, agrias,ácidas, buenas o malas. Algunas vienen a tu memoria con facilidad cada vez que quieres usarlas y otras —malditas— demoran en acudir a la cita cuando las llamas con desesperación, bien tarde, por las noches, la nota está empantanada en el blanco papel de mentira de la computadora,y ellas siguen jugando a las escondidas en el diccionario. ¡La pucha!, miren la hora que es, y el pescado sin venderse.

Las mejores se hallan en una esquina perdida del cerebelo, al fondo a la izquierda del bulbo raquídeo quizás, y caben justitas para ganar una discusión, convencer a otro, redondear una frase que venía cayéndose y de yapa darte ínfulas de léido y escribido. Siempre y cuando lleguen a tiempo, claro.

De la mezcla de unos doscientos, trescientos, quizás quinientos vocablos, saldrá la mayor parte de los libelos con que fatigas a los lectores de este diario, haciéndote el erudito, el sabelotodo, el ilustrado, el qué. Una mezcla en la que no interviene solamente el azar, por supuesto, sino también tu —limitada—capacidad para inventar historias que no te sucedieron nunca y no te pasarán jamás, así pongas velas a todos los santos. Revuelves a dos manos los términos, en una ensalada con forma de verbos, artículos, adverbios, sustantivos para construir, a duras penas un sujeto, predicado y núcleo. Así de jodida es la cosa.

Tienen en sí y por sí, la posibilidad de la inteligencia, la tontería, la genialidad y la bobería, lo excelso y lo rastrero, el ying y el yang, River y Boca. Casi todo es posible en ellas y con ellas. Casi. Algunas ensucian el alma de quien las pronuncia, otras elevan a sus autores y dan sentido a las emociones de quienes las aceptan. No van a desmentir esta crónica, entre otras las fórmulas mágicas de las disculpas, la dura aceptación de la derrota, el consentimiento extraído a la fuerza o la confesión última del desamor, entre otras.

Las hay intrascendentes y son la de compromiso, fofas como las fórmulas, superlativas para alabar a quien no lo merece o livianas y mecidas por un silbido del viento. Otras, ya se sabe, tienen poderes mágicos, entran por una oreja y salen por la otra sin dejar ni una gota de sangre. Ni una herida para traspasar los duros huesos de la cabeza.

Y hay palabras, usadas en raras ocasiones: pocas veces las sacas a relucir, es como hacerle trampa a quienes te leen. Son nacidas, casi siempre, del repiqueteo incesante y baladí de tus dedos sobre el huero teclado de la computadora.

Todo es puro blablablá cuando no tienes nada para decir.

Como ahora.

¡Buenos días!

Juan Manuel Aragón                   

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