26/08/2020

Opinión

La televisión debería dejar de insistir con la chabacanería: a la gente no le gusta

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
La televisión debería dejar de insistir con la chabacanería: a la gente no le gusta | El Diario 24 Ampliar (1 fotos)

Cuando era niño, Claudio María Domínguez respondió sobre la Ilíada y la Odisea y sobre mitología griega y ganó el concurso Odol Pregunta

La televisión en sus comienzos fue una máquina maravillosa. Estuvo en la cima de la diversión de la gente prácticamente desde su nacimiento, con programas muy buenos, que hacían las delicias de chicos y grandes. Uno de esos programas era “Odol pregunta”.

Para quienes no lo hayan visto, iba gente preparada en algún asunto y si respondía bien las preguntas que le hacían semana tras semana, al final ganaba un millón de pesos. Con algo más de diez años, Claudio María Domínguez respondió sobre la Ilíada y la Odisea y sobre mitología griega y ganó. Más allá de haberse convertido en un santón laico del agnosticismo moderno, con mirada beatífica de cabrito mamón, en aquel tiempo era casi el hijo estudioso que cualquier madre hubiera querido tener.

Al programa lo conducía un engominado Jorge Fontana, Cacho, impecable en su papel, secundado por un jurado con muchos título: estaban Ulyses Petit de Murat, poeta, periodista, dramaturgo y escritor, León Benarós, poeta, historiador, abogado, folklorista, crítico de arte y pintor y otros que la memoria ha escondido.

El jurado hacía su trabajo, redactar las preguntas a los participantes y mediar cuando algún asunto se mostraba dudoso. Si se presentaba un candidato con saberes fuera de la órbita de los fijos, el canal llamaba a uno de afuera con ese saber específico para suplir la falta.

En ese tiempo, los locutores de la televisión y la radio no hablaban como la gente de la calle, al revés, elevaban su lenguaje, conscientes de sus deberes, uno de los cuales era educar al público en las buenas maneras. Palabras chabacanas en cualquier contexto, como “pelotudo”, “mierda” o “culiao” era impensable oírlas de sus labios. Estaba prohibido el muchachismo patotero del que hoy se ufanan casi todos los conductores, sobre todo los de Buenos Aires.

Después de eso la tele empezó su cuesta abajo en la rodada. De mal en peor. Los programas con jurado, hoy son señores, señoras, señoros y señ[email protected] con un bajo currículum intelectual como para sentarse en ese lugar, calificando casi siempre a prostitutas peleando entre sí por cuestiones banales. Las palabras de casi todos en esos sitios, son más propias de lupanares infectos que del living de la casa de la gente decente, pero tanto participantes, conductores, productores, o capos de la pantalla chica se quejan en forma unánime: los televidentes les dan la espalda y dicen no saber las causas.

La televisión turca envía novelas rosas, larga duración, con argumentos inverosímiles y de muy bajo presupuesto. Sin embargo arrasan en su horario. Los productores argentinos observan que ahí está el negocio, pero prefieren los argumentos de dudoso gusto, con dramas típicamente porteños, apelando —va de nuevo— al lenguaje procaz, sucio, burdo, guarango, obsceno, grosero. Guarango en una palabra. Se ponen colorados los hinchas de fútbol borrachos y drogados, insultando al referí cuando sienten a estos, hablar en la tele. Luego, esos mismos hacedores se quejan, pues el público no los acompaña. Como consecuencia no tienen como venderlas al exterior, entre otras cosas porque las levantaron con anticipación. Pero se costarían una mano antes de reconocer que al ama de casa argentina (y del mundo entero), no le interesan sus dramas tilingos de porteñas superadas, toxicómanas y promiscuas.

Muy de tarde en tarde aparecen en la pantalla, especialistas para debatir sobre el drama de la educación. Pocos se animan a plantear que la televisión no ayuda a padres y educadores en su función de enseñar buenas costumbres e impartir saberes útiles, y muestra a la juventud como normal, corrientey deseable, palabras, situaciones, asuntos excepcionales, malsanos e indeseables.

Tal vez un programa como “Odol pregunta”, estaría en condiciones de funcionar en estos días. Es cuestión de organizarse y buscar gente preparada en algún tema. Un jurado de notables es seguramente barato, ya se sabe, los intelectuales se conforman con un plato de lentejas y son humildes a la hora de negociar los chelines. Quién sabe, en una de esas la pegan.

Pero a esta altura de la quermés, usted podría opinar que esta columna es obra de un viejo, atrasado y arcaico periodista. Agreguemos chacado, antediluviano, primitivo, rancio, estúpido y merecedor de la horca. Pero, una vez desahogado, intente desmentirlo, por favor. Si tiene otros argumentos, otras ideas o cree que las soluciones no son volver para atrás o al menos bajar dos cambios en la chabacanería, las esperamos abajo, a continuación de este escrito.

Dele, anímese.

Total es gratis.

Juan Manuel Aragón                   

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