10/09/2020

Opinión

Un puñado de 27 letras es la suma de las ideas del mundo

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Un puñado de 27 letras es la suma de las ideas del mundo

Con solamente las 27 letras del abecedario se forman las miles de palabras del idioma español y las intrincadas reglas para combinarlas unas con otras. Ellas han llevado y traído civilizaciones, inventos, fábulas y el sinfín de progresos y retrocesos que van moldeando la vida de quienes nos comunicamos en este idioma.

Miren si no serán maravillosas las matemáticas que, con a esas letras es posible transcribir casi todos los idiomas del mundo. Como si un puñado de 27 maíces tuviera la posibilidad de reunir en sí mismo la suma de las ideas del mundo desde sus comienzos. Los pocos sonidos distintos que los hombres han sacado de sus bocas, tienen en sí mismos, la posibilidad de transformar el mundo, modelarlo, imaginarlo de infinitas formas distintas.

Esos signos se han volcado en millones de escritos desde que este medio de comunicación empezó a funcionar de manera eficiente, unos 5.000 años antes de Nuestro Señor Jesucristo, quizás dictado por un vate ciego, un tal Homero, plasmando en ellos sus recuerdos de la Guerra de Troya.

Las letras de los libros son desde aquella remota edad, la mejor forma posible de transmitir los conocimientos. Por eso las bibliotecas guardan en su seno, un prestigio prohibido para los demás objetos profanos. En cualquiera de ellas cabe el pensamiento de Platón, la imaginación de Jorge Luis Borges, la fuerte poesía de Amalia Prebisch de Piossek o la nostalgia impregnada de niñez santiagueña, en las palabras de Jorge Wáshington Ábalos, por nombrar solamente los más entrañables, ¿no?

Ninguno desentona, todos aguardan pacientes la mano del amigo que lo acariciará y sacándolo de su estante lo llevará a la mesa de luz para leerlo en la tranquilidad de la noche. Acostado y en silencio, el lector vivirá hazañas inauditas, cruzará mares plagados de tiburones, se enfrascará en las proposiciones de Santo Tomás, repasará aspectos olvidados de la historia argentina con José María Rosa o volverá al tiempo de la infancia, con ese tesoro, conservado celosamente, de su segundo grado, “Los Teritos”, y será presente en su recuerdo el rostro de la maestra ayudándolo con una cuenta, un compañero olvidado, el dulce segundo recreo.

En algún momento del siglo pasado, las bibliotecas fueron objeto recurrente de casi todas las casas de la Argentina. Hasta los pobres eran pobres, pero con libros. En ellos reposaban las esperanzas, los anhelos, los desengaños, los temores, las alegrías, la fe y el misterio. Ahí estaba lo que se sabía de todos los asuntos de la tierra, debajo de ella, en el cielo, las estrellas y más allá también.

Sobre los cimientos de esos 27 caracteres, cifras en sí mismas, con un significado insondable en la etimología del principio de los comienzos, se edificaba la vida de los hombres, conscientes de que solamente ahí vivían las verdades y mentiras, las seguridades y los pareceres, la amistad y la guerra. En ellos y por ellos hemos matado, nos han muerto y hemos vuelto a vivir.

Hay quienes están encadenados a esas letras, las mueven a velocidad dactilogáfica, haciendo que el pensamiento vaya detrás de los dedos, que siguen como una flecha, tecleando en la siesta fragante de lapachos, hasta el mismo punto final de esta nota.

Juan Manuel Aragón                   

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