12/09/2020

Opinión

Froilán González sigue haciendo bombos en un patio triste por el momento

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Froilán González sigue haciendo bombos en un patio triste por el momento

Uno de los gremios más sufridos durante la pandemia mundial del coronavirus es el de los artesanos. Froilán González, el Indio, tiene su patio cerrado desde marzo. El lugar antes quedaba en el borde de Santiago y cuando era chico,era la última casa antes del río, la más próxima estaba a unos 800 metros en dirección a Huaico Hondo, cuenta.

La casa ahora está rodeada por tres costados por las coquetas viviendas del barrio Lomas del Golf y por el otro corre la asfaltada avenida del Libertador, sobre el canal. Es decir, la urbanización llegó a un sitio que antiguamente levantaba la vista desde la tranquilidad de la orilla de Santiago del Estero, casi campo.

Sigue fabricando bombos y habla con pasión de uno que está terminando de fabricar —indica entusiasmado—para un ex juez federal de Buenos Aires: tiene pintada una imagen de Nuestro Señor de los Milagros de Mailín y una camiseta del Granate, el club Lanús, a pedido del nuevo dueño, por supuesto.

El patio es el mismo de siempre, pero triste, gris, mustio. No lo dice, pero al hombre se lo nota algo apenado por la falta de gente los domingos, cuando el lugar se viste de chacareras y santiagueños y amigos de otras partes, buscando tener un día luminoso y alegre. Además faltan los visitantes de todos los días, los curiosos y amigos llegados, quizás con ganas de compartir un rato, tomar unos mates, algo.

Habla de sus comienzos, cuando con su padre y uno de sus hermanos hallaron un tronco de ceibo flotando en el río. Lo trajeron a la casa con la intención de mandarlo a su tío Polo, pero luego decidieron empezar un bombo. Tenía entre 10 y 11 años y arrancó con el oficio que lo llevó a hacerse conocido en todo el país y a convertirse en un referente de este instrumento santiagueño en el mundo entero.

Recuerda su caballo colorado y su burrita, que entregó a los chicos que padecen enfermedades mentales y hacen equinoterapia montándolos. Era imposible tenerlos sueltos como antes, a pesar de que no molestaban en el barrio: había peligro para los automovilistas.

Durante la visita no dirá una palabra de queja, tiene 69 años, cumplidos el 25 de agosto, se lo ve todavía joven, erguido, camina a trancos largos, con paso ágil y representa diez almanaques menos, tal vez quince.

En una conversación sin el ripio de las preguntas y respuestas, desarrollada sin pausas, bajo uno de los algarrobos de su casa, sostiene: “Esperábamos con algo de miedo el año 2000, pero nos tocó en el 2020; esto es el Apocalipsis o la Tercera Guerra Mundial”. En una de esas no le falta razón. Ante tanta explicación de expertos siempre justificando sus yerros, quizás sea necesario, en estos tiempos, tomar lecciones de gente que ha observado la naturaleza, para extraer de ahí sus enseñanzas, su significado.

Froilán era parte de una familia muy humilde, la madre salía a vender lo que pescaban los hombres de la casa, el marido y los hijos. Llegaba hasta el Vinalar, casi en la otra punta de la ciudad, una hermana le ofrecía el desayuno y salía casa por casa, a vender. Si no se pescaba por laguna razón, él o sus hermanos salían con la honda, cazaban palomas y tenían para alimentarse.

Todas las mañanas toma un tarro con algo más de un kilo de alimentos para pájaros, los llama a viva voz y, créase o no, le obedecen. Llegan en bandada, urpilas, gorriones, tordos, algún hornero y bajan por su diaria provisión. Es una reparación por los que mataba cuando chico, “pero era por necesidad y nunca más de los que íbamos a comer”, se justifica, aunque sin necesidad.

Afuera, la mañana gris sigue dando vueltas en redondo; cerca de este patio, en la Belgrano hay un raro embotellamiento de pandemia. La ciudad late al compás del miedo a un virus que quitó a los santiagueños quizás su bien más preciado, la constante alegría de vivir y el retumbo sincopado de un bombo que, en las noches de alegría se oye clarito a varias leguas de distancia.

Juan Manuel Aragón                   

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