24/09/2020

Opinión

La banalización de la sexualidad, parte de la violencia contra las mujeres

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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La banalización de la sexualidad, parte de la violencia contra las mujeres

Quizás ha llegado el punto en que se debería analizar si la banalización de las relaciones sexuales no tiene algo de culpa en la violencia que ejercen los hombres contra mujeres que consideran suyas. Antiguamente, en muchos casos ellas eran tenidas por seres sensibles a los que había que proteger y con los que había que guardar una especial deferencia. Casos se han conocido de abuelos que durante toda la vida se trataron de “usted”, en señal de respeto, sin que ello menguara en lo más mínimo el amor que sentían.

Quizás haya habido en los últimos 50 ó 100 años una sobrevaloración del amor romántico, propiciado sobre todo por las películas, la televisión y algunos libros. Allí se expone que es un sentimiento que prescinde de todo lo demás. En muchas ocasiones se observa que el simple deseo sexual es confundido adrede, en esos medios, con el amor. Hay que decirlo, el amor es un sentimiento que lleva a una relación honesta, cabal y duradera.

Es decir, muchos hombres llegan al convencimiento de que es amor el capricho que sienten por una mujer. Al parecer nadie les ha dicho jamás que se trata de un sentimiento que necesariamente se da de a dos, porque si lo siente uno solo es cualquier otra cosa. También están quienes suponen que en la convivencia con una mujer, ella siempre se comportará como en el tiempo en que era novia. Ese enamoramiento, que casi siempre es pasajero, también es confundido con el amor verdadero.

El sentimiento del amor es una lenta construcción de la voluntad. No son mariposas en el estómago como dicen las cintas yanquis, sino la conciencia pura y dura de que si un hombre desea a una mujer, debe ser, entre otras cosas, para protegerla y cuidarla durante toda su vida y formar con ella una familia que entregue sentido a un sentimiento entre ambos que, con el tiempo crecerá hacia una comprensión mutua del otro y sus necesidades y deseos más profundos.

Es tal la confusión que se vive, que al hablar de relaciones sexuales, muchos suponen ver una referencia a las que se dan en forma genital. Ahí comienza uno de los barullos que casi siempre conducen a la violencia. Y si se llega a la vis física entre ambos términos de una relación, es lógico que prevalezca quien tiene más músculos. Por otra parte, si la principal atracción del amor es la relación puramente genital, lo lógico es que su consecución termine desgastando la relación, al hacerla cotidiana.

La pornografía extendida por todos los ámbitos de la vida, sobre todo en los medios masivos de comunicación, ha tenido mucho que ver en la destrucción de valores que antaño eran percibidos como fundamentales para poner en la balanza de la atracción que sentían los sexos. La belleza física, puesta a consideración como si fuera un valor excluyente de las relaciones, ha tenido también la culpa de que se haya deteriorado la institución del matrimonio tal como la concebían los padres y abuelos.

Si esta fuera una nota editorial, se podría decir que va siendo hora de ejercitar a los hijos en el don de la temperancia (según la Real Academia de la Lengua Española es moderación, templanza). Sin ánimos de aconsejar a nadie, cabe explicar a las nuevas generaciones que el amor no suele llegar envuelto en papel de regalo: requiere de una larga entereza para comprender al otro como alguien necesariamente distinto. Enseñar a los hijos a no mirar las mujeres solamente como una cosa deseada, podría ser un buen primer paso para terminar con la violencia y propiciar la vuelta a la familia como espacio para el desarrollo de los hijos.

Para los que fundan su esperanza en la ley como máximo regulador de la sociedad y único sustento de sus creencias estas líneas son basura, pasen de largo y sigamos como amigos, si han llegado hasta aquí. Estas líneas podrían servir a quienes sostienen que la naturaleza impone las relaciones entre hombres y mujeres.

Usted entiende.

Si no, lea de nuevo.

Juan Manuel Aragón                   

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