01/10/2020

Opinión

Cómo es eso de irse muriendo de a poco

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24).
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Cómo es eso de irse muriendo de a poco

“Esto es ir muriendo”, piensa, cuando uno de los nietos le explica por enésima vez cómo funciona la aplicación “Tik Tok”. Oye atentamente la ilustración, con todas las luces encendidas, intenta no perderse en la maraña de argumentos con palabras raras, pero igual al final algo se le escapa y termina haciendo una pregunta boba, como si no hubiera entendido nada.

El tipo quiere mandar un mensaje por “Whatsapp”. Como no tiene los anteojos, le encarga a la hija: “Escribilo vos, sin lentes soy analfabeto”. La chica mira el teléfono y le avisa: “El otro no está en línea”. Se empieza a poner nervioso: “¿Justo lo hablo yo y se le descompone el aparato?”. “¡Pero no, viejo!, solamente no está conectado”.

Se siente perdido. “No me digas ´no está en línea´, es un pendejo de 20 años: va al baño con teléfono, come hablando por teléfono, maneja la moto contestando mensajes, no lo apaga desde hace diez años, vivir conectado es parte de su esencia”. La hija suspira, “¡no lo entenderías, papá!”. El hombre no es tonto, por eso vislumbra: la hija sabe algo y a él se le escapa, pero no llega a saber qué.

Jamás en su vida se ha negado a los aparatos modernos: cuando vino el lavarropas automático, calladito compró uno, lo mismo con la radio Tonomac, aunque al final la terminó usando para oir la emisora de frecuencia modulada de la vuelta de su casa. Salieron las planchas al vapor y en la casa hubo una. Fue el primero en el barrio en tener un televisor a color. Recuerda su primera computadora personal con pantalla de fósforo y cómo la iba modernizando, se acuerda de los ratones con rueditas para terminar renegando, pues al tiempo no servían más y debía salir corriendo a comprar otro pues el anterior no funcionaba del todo, los disquetes, el sistema “Dé O Ese”, repleto de signos insondables.

Con la llegada de los teléfonos de mano, primero compró uno grande como un ladrillo, después otro más chico, al tiempo tenía una miniatura de centímetros por cuatro, en el camino le cambiaron el número y ahora vuelta a uno grande pero también más chatito: sirve para escribir, mandar mensajes, tomar fotografías, grabar conversaciones, fotocopiar documentos, pagar cuentas, comprar cualquier cosa, entrar a internet, vender, cambalachear, hacer propaganda, mirar películas, sacar cuentas, saber dónde está si se ha perdido, averiguar el clima de mañana, tomarse la presión.

Pero no entiende algunos asuntos, no sabe cómo funcionan, para qué sirven, conceptos que se le escapan como agua entre los dedos. Hay una aplicación para comprar pizzas, ¿acaso el teléfono no ha demostrado ser más eficiente?, ¿con una sola foto o con varias tengo una manera de explicarle al mundo mi “estado”?, mire usted. Pero, supongamos, estoy triste, ¿acaso a mi vecino o al mundo, le interesa?, ¿si en mis publicaciones hay más “Me gusta” o menos, gano o pierdo algo?, ¿debo contarlas?, y de nuevo, ¿a quién le importa?, ¿porqué dicen que mi máquina de escribir “Olivetti” o la cámara de fotos con rollo son analógicas?, ¿por qué todo lo viejo es analógico?, ¿no sería al revés?: es como decir “el padre se parece al hijo”. Una estupidez.

Cuando aparecieron los “Sea Monkeys”, de entrada decidió que no servían para nada, si no eran un cuento del tío, entonces se trataba de una fantasía boba manijeada por porteños pícaros, y no se engañó, lo mismo con los horripilantes gamulanes, el peinado con “Alerta”, los zapatos con plataforma, el sushi y otros asuntos descartados en el camino. En la década del 80, Juan Carlos Calabró hacía una publicidad del whisky “Añejo W”, decía: “No va a andar”. Y no anduvo nomás. Y tantos inventos aceptados: las maravillosas pastillas para ahuyentar los mosquitos, el extractor del humo de los bifes de la cocina, el aire acondicionado con “esplít”, la motocicleta de marca japonesa, los juguitos para diluir, el matambre a la pizza.

Ahora está perplejo, su falta de entendimiento de algunos asuntos debe ser un aviso de la muerte próxima. Una gracia de Dios —intuye— le permitió primero llegar a viejo y luego desconectarse lentamente del mundo, como quien empieza a acostumbrarse a la idea de la ausencia total, el ser un ausente, al menos en este plano. Cuando le llegue el momento, quizás a esa edad en que los familiares dicen “ya era hora, pobre”, estará feliz: la gente joven irá felizmente con dirección desconocida. Y él, radiante, estará rumbeando para el otro lado.

El adiós definitivo se le arrima, ya no siente miedo, sólo algo de curiosidad.

Juan Manuel Aragón                   

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