02/10/2020

Opinión

El vecino de la otra cuadra de casa es un tigre

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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El vecino de la otra cuadra de casa es un tigre

Solitos, ¿eh?, cargan contra enemigos reales o ficticios, se comen los vientos, cruzan lanzas, escupen improperios, ajustician disidentes, organizan defensas, arrebatan banderas, levantan la moral de la tropa, vuelven caras hacia el opresor, se pintan el rostro, animan a los propios en lo peor de la contienda, cortan cabezas, dividen la retirada de los enemigos cando abandonan el campo, los persiguen por pampas y montañas, bosques azarosos, mares embravecidos, incendian maizales, protegen el vivac, organizan contraataques frenéticos, distribuyen vituallas, sostienen escudos, pactan treguas, reparten mandobles, gritan de rabia para espantar a los contrarios, trepan muros de castillos inexpugnables, sacan fuerzas de flaquezas, hacen guardia bajo las estrellas.

Andan por este pacífico mundo, viven en Santiago del Estero, Samarcanda, Rosario de la Frontera, Japón, el barrio Latino de París,Tucumán o las Aleutianas, cargados de armas contra quien se les oponga: desafían gigantes, piden pelear en el frente, se anotan como voluntarios en cuanto trabajo difícil se presenta, hacen gimnasia militar a hora y a deshora, protegen a los compañeros, lanzan granadas, desarman azarosas bombas, ponen el pecho a las flechas enemigas, hostilizan las avanzadillas de los adversarios, preparan emboscadas, afinan la puntería, lanzan crueles contraofensivas, insultan de trinchera a trinchera, sacan fuerzas de flaquezas, planean misiones suicidas, lanzan su furia contra los cobardes propios y ajenos.

Ignoran con un desprecio olímpico a los débiles, a los temerosos, a los acomplejados y a los tibios, pero al mismo son compasivos: recorren los hospitales de campaña dando fuerza a los heridos, muestran sus cicatrices para alentar a los apáticos, lloran por los muertos, rezan por los que quedan, ríen en las breves treguas del combate, entregan su cantimplora a los necesitados, regalan el sombrero en medio del sol del desierto de arena más cruel, seco y deshabitado, alientan a los que se retrasaron en el camino, auxilian a los enfermizos, entregando el alma todo momento, contra viento y marea, a como dé lugar.

Los conocemos bien, usted tiene un amigo, un conocido que siempre empieza la conversación diciendo “yo por ejemplo”, “a mí no me vengan con”, “soy una persona que”, “¿sabes cómo soluciono todos los problemas?” y sus dos palabras preferidas son: “Paredones móviles”. Tienen el ego altísimo, el Everest es apenas un piedrita en el zapato pues lo escalaron hasta la punta, descalzos, en solitario, en invierno, sin oxígeno, a puro pulmón y en camiseta malla, lo hicieron cuantas ocasiones quisieron y se lanzaron en paracaídas desde arriba, sólo para mostrar su bravura, su interminable coraje, su audacia a toda prueba. Calculan que sus hazañas pasan de boca en boca, en lejanos acantonamientos, en fogones amanecidos, cuando los soldados velan sus armas en espera de la batalla próxima, envidiando su atroz heroísmo, su valiente intrepidez, su denuedo sin par, en la noche más oscura, desechando el riesgo de las balas trazadoras silbando a su alrededor. El tamaño de sus cojones es enorme, ciclópeo e inconmensurable, para decirlo en castellano antiguo.

Su otra cara, la verdadera, de todos los días, es ser maestros en el “animémonos y vayan”, imaginarios y valerosos piratas, Sandokanes navegando en pobres barquitos de papel, diestros espadachines enarbolando las cucharitas del café de la otra esquina, asalta bancos asustándose con pistolitas de carnaval, teóricos de la bomba atómica (“¿sabes adónde la habría tirado yo?” avisan, como si el mundo estuviera esperando su sentencia de muerte) sentados en un banco de la plaza, mientras dan de comer a las palomas las migas de un pan, hurtado a escondidas de la casa, sin que se entere la patrona, porque si no...

Los vecinos dicen con sorna: son los tigres de la vuelta de casa, dispuestos a dar un zarpazo para salvar al mundo, animosos generales de todas las guerras de las antípodas, mariscales de ochocientas victorias ficticias.

Los viera cuando la mujer les avisa que es la hora de ir al mercado, corren cual mansos y tiernos gatitos, el “sí querida” no se les cae de la boca.

Juan Manuel Aragón                   

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