03/10/2020

Opinión

Por qué dormir la siesta será una obligación en todo el mundo

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Por qué dormir la siesta será una obligación en todo el mundo

El Ejército de los Estados Unidos, presentó una nueva y estratégica arma: la siesta. El matutino diario La Nación, de Buenos Aires, indica que se la incluyó como una forma de mantener en estado de alerta constante de los soldados. Por fin el mundo empieza a apreciar debidamente un logro siempre vilipendiado en el mundo como símbolo de pueblos de vagos, mal entretenidos, borrachos y pobres.

Para quienes no lo saben, la siesta tiene un honroso pasado, viene de la división canónica del día, observada desde los primeros cristianos hasta casi el fin de la Edad Media, con la invención de los relojes de cuerda. Los cristianos a su vez la rescataron de los judíos, si no se hubiera perdido en la noche de los tiempos antiguos.

Era la hora sexta, de ahí viene su santo nombre. A las 12 de la noche le decían laudes, maitines eran las tres de la mañana, prima las seis, tercia las nueve, sexta el mediodía, nona las 3 de la tarde, vísperas las 6, completas las 9 de la noche y vuelta a empezar. Cuando el mundo era nuestro y no anglosajón, el inglés sacó el “noon” (mediodía), del término nona y así formó entre otras, “afternoon” (después del mediodía).

Es decir, nosotros, los católicos, empezamos con la hora de la siesta —en Santiago del Estero llamada hora ´i siesta— pero por suerte, veinte siglos y pico después, los norteamericanos recién se anotician de su existencia y la convierten en obligatoria para sus soldados. Por suerte, pues si se hubieran dado cuenta antes, ganaban en Vietnam y no se iban con la cola entre las patas como lo hicieron finalmente, triunfaban en Bahía de los Cochinos y hasta quizás se daban el lujo de pegarle una cagada de Padre y Señor Nuestro a los soviéticos, en vez de andar con tantos tiquismiquis, con la Guerra Fría, jueguitos de espías y amenazas sin sentido.

Es cierto, en los últimos tiempos la siesta dejó de tener algo de la fuerza de antaño en los hogares santiagueños. Hay mucha gente trabajando en la capital justo a esa hora, pero en casi todos los pueblos de la campaña, continúa como siempre ha sido, de camisón y Padrenuestro.

Dicen que los santiagueños dormimos la siesta y es cierto, aunque no comenzamos al mediodía sino después de almuerzo, a eso de las dos de la tarde y no vale después de las cuatro. Luego agarramos fuerza como para seguir tirando ramas o cargando camiones hasta el otro día, si nos piden.

En verano, los negocios del centro de Santiago abren después de las seis de la tarde y cierran sus puertas a las 10 y media u 11 de la noche. Oiga, quién va a salir a las tres, con semejante calor, ni los ututus se animan, por miedo a quedar achicharrados en el pavimento, ¿y usted quiere que los cristianos caminen por las calles, con 43 grados a la sombra, como si nada, paseando, mirando vidrieras? Disculpe, pero está loco.

Digan lo que quieran de los santiagueños, ¡pues claro, hombre!, duermen la siesta, el ventilador a todo vapor, las cortinas cerradas lo más posible así no entra ni una gota de luz, las puertas de la habitación y de la casa trancadas a cal y canto y no vayan a molestar a esa hora porque los corro a puntazos. Si se ha muerto alguien, ya no se puede hacer nada, vuelvan más tarde y lloramos todos juntos. Si necesitan una mano para empujar el auto ni me hablen, quién va a tocar esos fierros hervidos, si vienen a cobrar vivo en la otra cuadra, pasando el canal.

De principios de noviembre a mediados de marzo por lo menos, el universo de Santiago del Estero es fuego sobre fuego, horno abierto si sopla el viento norte. A lo lejos reverbera el pavimento en la avenida Belgrano, el agua del río Dulce baja peor que sopa hervida, las paredes siguen calientes hasta el otro día, hasta el otro día, hasta el otro día, sin solución de continuidad, cada tanto a uno se le ocurre hacer un huevo frito en el pavimento y después lo llaman de la televisión de Buenos Aires así cuenta, porque ni viendo le creen, y es rigurosamente cierto.

Ahora los norteamericanos han descubierto las bondades de la siesta, ¡aleluya!, el tilingaje de todo el país la dormirá sin culpa, ¿vistes?, es una costumbre yanqui y todo lo de allá es superior, por algo ellos son ellos y nosotros, nosotros. Cuando en el otro lado del mundo, donde vive la gente inteligente y capaz, no la indiada de aquí, merienden con mazamorra, a los bobos de la porteñía argentina les parecerá una idea fantástica, hasta es posible que tomen Mazamorra—Cola, envasada según normas de la Unión Europea o Yanquilandia. Si el mundo come aca, seguro le hallarán un gustito rico.Eso sí, cuando intenten venderla en las calles de Santiago diremos que no, muchas gracias, sigan su camino, estamos durmiendo la siesta, ¿no ve?

En todo caso después cuando nos levantemos de la siestita, vemos cómo hacer para venderle a los tucumanos.

Juan Manuel Aragón                   

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