05/10/2020

Opinión

Las momias debieran volver al lugar en que fueron enterradas

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Impresionante volcán Llullaillaco, lugar del hallazgo de las momias indígenas.

Hace unos 20 años la revista National Geografic publicó el impresionante hallazgo de unas momias, en el volcán Llullaillaco, frontera de Salta con Chile. Tres chicos, conservados intactos por el frío, la cenizay la altura, estaban a más de 6700 metros sobre el nivel del mar.

Al parecer se trató de un sacrificio ritual. Los muertos, dos de menos de 10 años de edad, y una de 15, fueron llevados desde el Cuzco y preparados para morir, a fin de satisfacer quién sabe a qué dioses bárbaros. Se sabe de seguro que no terminaron de muerte natural: fueron ultimados para ser enterrados en ese sitio. Desde cualquier punto de vista fue un asesinato.

A los cadáveres los bajaron del cerro y desde entonces los conservan en una heladera especial, a una temperatura exacta, en Salta. Justo frente a la plaza 9 de Julio, hay un museo para mostrar a los turistas en películas documentales, las circunstancias del hallazgo, las características de las momias y lo aprendido en estos años de estudio, acerca de las costumbres, la idiosincrasia y el modo de vida de aquella gente, a través del análisis de los cadáveres.

Muchos están pidiendo, desde hace veinte años, que se los devuelva al cerro o se les dé sepultura en otra parte, ya sea bajo el rito católico u observando las costumbres de cualquier otra religión anterior a la llegada de los españoles a estas tierras, si aún se conservara alguna.

Más allá de considerar una suerte que, tras la llegada de los conquistadores, se terminaron estas muertes feroces, resulta al menos curioso el hecho de que muy pocos hayan reparado en estos salvajes hábitos de los aborígenes americanos, entre los cuales no faltaba el canibalismo, practicado por los aztecas, los mayas, las tribus brasileñas y quizás también las de estas tierras.

Y no salgan ahora con la charla y el blablablá indigenista, de que los españoles masacraron a millones de indígenas pues supuestamente les gustaba el olor de la sangre o tenían un ansia irrefrenable de hallar oro, pues si fuera cierto, jamás habrían fundado una ciudad en Santiago del Estero, lugar en el cual era un dato sabido, no había oro, plata ni piedras preciosas. Si hubieran tenido el desprecio olímpico practicado por los anglosajones con los nativos, jamás se habrían casado con mujeres nacidas en estas tierras, a quienes amaron y honraron como si hubieran sido españolas.

Si los cuerpos de esos pobres angelitos ya dieron a la ciencia lo que se buscaba en ellos, bueno sería devolverlos a la tierra pues no debieron salir jamás de su lugar de descanso eterno.Si todavía faltaran estudios, los científicos deberían fijar un plazo no muy lejano, para reintegrarlos a la sepultura.

Tantas causas perdidas dan vuelta en el mundo moderno, pero pocos protestan contra el acto de barbarie de profanar tumbas, sacar los cadáveres sin el consentimiento de ninguna comunidad afín, conservarlos a una temperatura parecida a la alta montaña y una humedad similar, sacar muestras de sus vestidos, sus cabellos, sus órganos, y someterlos a estudios con toda clase de aparatos modernos, a fin de satisfacer una curiosidad histórica sin ninguna ventaja a la vista. Lo interesante sí, es el descubrimiento, en forma fehaciente, aunque ya había crónicas contándolo, del poco aprecio que tenían los habitantes de estas tierras por la vida del prójimo. Además sus dioses eran lo suficientemente atroces como para pedir sacrificios humanos, si los mataron por motivos religiosos, por supuesto.

Los científicos han calculado cuándo se enterraron estos niños en la montaña: un impreciso verano entre el año 1480 y el 1532, es decir desde la expansión del imperio peruano antes de la colonia, cuando llegó al norte de la Argentina, hasta su caída bajo el imperio español. Si son ciertas las fechas y dado el tiempo transcurrido desde su fin, es posible que los niños hallados en el Llullaillaco sean parientes de una gran parte de la población peruana, boliviana, chilena,argentina y quizás del Ecuador y el Brasil.

A ver quién quiere llamar los científicos a desenterrar el cuerpo del abuelito, de los padres, de los hermanos, para ver cómo se conservan, estudiar los restos y luego de arduos años de estudios y mostrar sus fotos cadavéricas hasta el cansancio en todos los diarios del mundo y las filmaciones en todos los canales, llegar a la conclusión de que comían carne de vaca, fumaban cigarros en chala, andaban abrigados en invierno, manejaban por la derecha o se machaban para las fiestas de Año Nuevo.

A los muertos lo que es de los muertos.

Juan Manuel Aragón                   

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