06/10/2020

Opinión

Historia de una atroz supervivencia en tiempos de crisis

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Historia de una atroz supervivencia en tiempos de crisis

La siguiente no es una historia real sin moraleja ni un cuento, es solamente una nota de supervivencia en tiempos de crisis personal. Primero ubíquese, es la década del 80. El hombre, a quien llamaremos Hache, empleado municipal de Santiago del Estero, no tiene un mango partido por la mitad, vive en una pensión de la calle Garibaldi y el mes siguiente se le va a terminar el dinero, según sus cálculos. Debe idear algo para alimentarse, al menos.

Se le ocurre una idea. Empieza a ir con sus compañeros, a hacer un vermucito de media mañana al mercado Armonía. Al segundo día les propone lo siguiente: “Antes de llegar, denme la plata y yo pago todo”. Los compañeros le tienen confianza y aceptan.

Llegan al puesto del mercado, esquina de Absalón Rojas y pasaje Castro, del lado de adentro. Se sientan, piden pastelitos, quipis, empanadas, terminan de comer, saca la plata, paga aparatosamente y se van. A los dos días de nuevo, pero Hache paga solamente una empanada y no toma nada. A los diez días empieza a ir solo, pero sin los compañeros, la patrona lo saluda, otros parroquianos lo conocen y le hacen un lugar. Pide un solo pastelito y soda, dice: “Estoy mal del hígado, no voy a abusar”.

Y así va remando, algunas veces con los compañeros se muestra falsamente dispendioso, cuando va solo, le duele la cabeza o pasa de casualidad, dice “estoy haciendo compras”, saluda y sigue su camino.

Llega principio de mes y, como preveía, cobra una miseria. Al día siguiente va más tarde al mercado, se sienta en una mesa central, pide un sánguche de milanesa completo y una Coca de litro. Come bien, paga, con el único billete grande del sueldo, deja una buena propina, antes de irse, duda un rato y le dice a la patrona, quien llamaremos doña Eme: “Oiga, doña, ¿qué le parece si hacemos una cuentita y le pago a fin de mes?” Ha puesto su mejor cara de cabrito a punto de ser degollado. La vieja lo mira, no le responde.

Al otro día no va, al siguiente tampoco, al otro menos. Y una buena mañana se presenta de nuevo, doña Eme le reprocha: “Tanto tiempo perdido andaba usted”. Serio, responde: “No me quieren creer, no soy cualquier cosa”. Agrega: “Tienen miedo de no cobrar, como si uno fuera un estafador cualquiera”. Ella se pone nerviosa: “Pero por favor, amigo, ya mismo le empiezo a anotar los sánguches”. Él sigue serio, se hace el de pensarlo y dice “bueno”.

Empieza a caer todos los días cerca del mediodía. Ahora almuerza bien, dos pastelitos, dos quipis, tres porciones de pizza y un potrillo tinto. No baja de eso, con el almuerzo debe tirar hasta el otro día. El dinero le falta hasta para comprar una cabeza de pan francés un pan y tomar el desayuno. Todos los días, antes de irse advierte: “Anote, por favor”. Y se va.

Pasa el mes, cobra de nuevo, ya sin los descuentos. Unos días después los compañeros de la Municipalidad le hacen recordar la deuda. “¡Uuuyyy…!, me he olvidado”, dice, pero no es cierto. Durante cerca de 20 años no pisa el lugar ni por cerca.

Pero ha pasado mucho tiempo y un día llega hasta el puesto de doña Eme, pregunta por ella, una mujer le da noticias. Murió hace varios años, tenía un alma muy grande y no se negaba a vender al fiado. La mujer se detiene, lo mira un instante y concluye: “Un cliente, el peor de todos, le rompió el corazón de una manera que jamás pudo recuperarse, falleció a los pocos meses”.

No busque aquí una moraleja, sólo la narración de una supervivencia. Podría titularse llanamente: “Novela de un pequeño hijoputa”. Si le gusta el oxímoron sería: “Pequeñez de un gran malnacido”, no importa. Desde aquel día una pena infinita y sin remedio, acompaña a Hache, lo sigue como perro de sulky, se vuelve sombra de su sombra, por las noches ladra a los pies de su cama.

Le va mordiendo el hígado con rabia.

Juan Manuel Aragón                   

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