08/10/2020

Opinión

Si bajan de los árboles, los monos son almuerzo de tigres

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Si bajan de los árboles, los monos son almuerzo de tigres

Los monos no querían bajar de los árboles, pues si andaban más alto sobrevivían al cazador tigre, la sinuosa víbora, la ágil pantera. Los más débiles dormían en las ramas bajas, más fuertes, sí, pero más cercanas al suelo, más accesibles para los depredadores. Eran animales imperfectos, casi creados a la marchanta. Para no extinguirse se treparon a los árboles y siguieron con vida. Eso los salvó de la extinción. Y para Dios eso estaba bien.

Cada uno de los animales tuvo su problema, el mamut necesitaba miles de toneladas de comida para quedar satisfecho, cuando la hallaba, en poco tiempo se superpoblaba el lugar, la tropa terminaba raquítica, un buen día uno decidía marcharse a otro sitio para volver a empezar. Al final no tuvieron dónde ir y quedaron presos del hambre. Resultado, creparon todos.

Algo así le sucedió al Tiranosaurus Rex: de puro glotón, un buen día se le terminaron los animalitos para alimentarse y su vida se apagó sin aprender las leyes, normas y tiquismiquis de los vegetarianos. Murió con las botas puestas, alimentándose solamente con la proteína de los otros animalitos antediluvianos, las pequeñas ratitas no lo satisfacían, semejante mole.

Sobrevivieron los monos. Hasta establecieron relaciones entre ellos. Un macho era dueño de todas las hembras fieles antes de la llegada de uno más fuerte y en una pelea, en ocasiones a muerte dirimían sus diferencias. Si ganaba el intruso, las monitas del otro, ahora se apareaban gustosas con él, eran del recién llegado. Desde el Cielo, Dios los miraba y se divertía. Los monos eran para él como los chistes de Jaimito para usted, motivo de regocijo, pues son animalitos simpáticos, ¿ha visto?

Si uno solo de los monos caía al suelo, lo comían los leones. Bajaban a recoger semillas o iban al río a tomar agua agachados para correr más rápido. Si uno se erguía era visto desde lejos por la hiena, bicho maldito que venía y lo manducaba.

Es decir, si un mono se bajaba del árbol sin razón alguna, era un estúpido en aquellos tiempos, pues sería almorzado más rápido que ligero por los leones, los chanchos del monte. Para sobrevivir, un mono no debía apearse de las lianas sino, al contrario, seguir aferrado a ellas, cual tabla de salvación para no morirse.

Pero un buen día, el séptimo, Dios consideró necesario crear algo bueno, con su propio espíritu y su halo de vida. Entonces creó el hombre hecho y derecho, tal cual es hoy, erguido, inteligente, imagen y semejanza suya. Como no le pareció bueno verlo al hombre solo sobre la Tierra, creó a la mujer, ánima bendita, dulzura de las dulzuras de la vida. Según está documentado, entonces vio que todo estaba bien.

Miles de años después un ñato inventó eso del parentesco humano con esos simpáticos animalitos. Dijo: el mono al bajar del árbol, se convierte en hombre, por obra y gracia de la selección de las especies pero ni él ni sus seguidores la explicaron bien. Un segundo antes de que llegue un depredador a comerlo, el monito agarra un palo, lo mata y listo, ya es un todo homo erectus de saco y corbata, yendo a la oficina en colectivo, mire usted.

Todos lo sabemos, un ñato inventó esa macana no porque la creyera cierta, sino solamente por odio a Dios, creador del Cielo y de la Tierra y a Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor.

No importa, desde allá arriba se ríe a las carcajadas de los inventores de teorías traídas de los pelos, solamente para negarlo, mientras él observa el mundo, como quien mira la televisión, rodeado de los santos, los ángeles y los coros celestiales. Todas las noches, sin falta, como quien ve la novela o el noticiario.

Juan Manuel Aragón                   

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