09/10/2020

Opinión

Confusiones producidas por carteles y letreros puestos en las calles

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Confusiones producidas por carteles y letreros puestos en las calles

Los carteles, anuncios, letreros, inscripciones, rótulos, divisas e insignias de las calles y veredas de las ciudades, en ocasiones llevan a confusiones marcadas, barullos carentes de sentido y vueltas laberínticas del rico idioma hablado en este país. Veamos tres casos de sucesos tomados de la realidad, para comprobarlo.

Primer caso. Un cartel en la calle reza: “Prohibido estacionar las 24 horas”. Un tipo va con su auto y lo estaciona justo ahí. Se lo lleva la grúa municipal. El supuesto infractor se presenta ante el Juez de Faltas. El magistrado le indica: “Bueno, haga su descargo”. El otro responde: ”Según veo, no he violado ninguna disposición”. El Juez: “Pero, amigo, el acta levantada por los agentes, dice claramente: usted estacionó en la calle Tal y ahí está prohibido estacionar las 24 horas”. Pareciera que la discusión terminó ahí. Pero no.

En ese momento el tipo lo mira sonriente: “Bueno, yo estacioné solamente dos horas y, según el cartel, debía tener mi auto parado ahí durante 24 horas para merecer una multa”. El Juez le recrimina: “En ese lugar no está permitido estacionar ´durante´ las 24 horas, señor”. El otro responde: “Si es así, deberían aclararlo en sus carteles, a su prohibición me he atenido, no he faltado a ninguna norma, es más, nunca tuve intención de estacionar 24 horas, pues debía volver a casa”.

Esto sucedió realmente, el Juez de Faltas aquel, llamó a un secretario, le dio el dinero para pagar la multa y ordenó la entrega inmediata del vehículo. Desde ese día, el cartel en ese sitio proclama: “Prohibido estacionar durante 24 horas”. La palabra “durante” está subrayada con rojo.

Otro caso. El Inspector municipal de avisos de comidas llega a un bar donde venden empanadas criollas. Después de saludar y presentarse, llama al propietario y lo encara: “Vengo a investigar de qué hacen las empanadas de pollo”. El tipo lo mira y no entiende nada: “¿Qué está pasando?”. El Inspector: “El letrero de su negocio dice ´Empanadas de carne y de pollo´, lo veo clarito desde aquí”. El Propietario: “Sí, eso dice, ¿qué tiene de malo?”.

El Inspector se saca los lentes oscuros —casi todos los municipales de ese pueblo los llevan— lo mira fijamente durante un larguísimo instante y le contesta cortante: “Ahí leo, clarito, si unas empanadas son de carne y otras son de pollo, entonces las de pollo no tienen carne, pero no explica qué llevan, ¿serán plumas, crestas, patas?”. El Propietario entiende el punto, se pone colorado y balbucea: “Todas las empanadas de este bar son de carne, unas tienen carne de vaca y otras carne de pollo”. El Inspector lo mira serio: “Mire don, eso no dice el cartel. Me voy a dar una vuelta y cuando vuelva, por favor, redáctelo de otra forma así no le hago una multa”. A su regreso, el cartel está cambiado: “Empanadas de carne de vaca, de carne de pollo y próximamente, de mondongo de novillo”. Observa el cambio con satisfacción y sigue su camino.

Uno más, y no jodemos más. Un señor entra a un local, hay una señorita detrás de un escritorio, al parecer atendiendo a la gente: “Buenos días, vengo a preguntarle qué actividades desarrollan en este lugar”. La señorita lo mira, sorprendida y le responde con otra pregunta: “Señor, ¿usted sabe leer?”. El señor se desconcierta un poco y responde: “Sí, desde segundo grado leo de corrido, he analizado toda la obra de Jorge Luis Borges y traduje la Divina Comedia al quichua, entre otras actividades”. La Señorita: “Entonces debió haber leído sobre la marquesina de la entrada: ahí dice ´Instituto Privado de Arte´, y es eso, un instituto privado de arte”.

Pero el señor no está conforme: “Por eso le pregunto, señorita, ahí dice que es un instituto ´privado´ de arte, mi curiosidad es la siguiente, si no se dedica al arte, cuál es su actividad, trabajo u ocupación”. La Señorita al parecer no entiende y se lo dice: “No entiendo”. Entonces el señor se explaya: “Lo que da a entender la marquesina es que este instituto tuvo arte y fue privado de él, por eso pregunto cuál es su tarea actualmente”.

La señorita sigue en Babia y llama a otra persona, al parecer una autoridad en el lugar. Se repite nuevamente la requisitoria. Pero ahora el señor agrega: “Privar es dejar una cosa sin algo que le es propio, por eso entiendo que este negocio no hace arte, pero tiene otro fin”. La Autoridad entiende el punto. Explica: “En realidad es un instituto ´privado´, porque no es público”. El señor se muestra decepcionado: “De ninguna manera es privado, yo entré como Juan por su casa; tenía la puerta abierta y esta señorita me recibió muy bien: advierto entonces claramente: se trata de un instituto público”. Pero la autoridad llama a un policía y lo sacan carpiendo del lugar. La conclusión de este tercer caso: a veces tener razón, es peligroso.

Tengan todos muy buenos días.

Juan Manuel Aragón                   

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