12/10/2020

Opinión

Por qué cantan felices a la luna, los grillos de octubre

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Por qué cantan felices a la luna, los grillos de octubre

¿Nunca le han golpeado la puerta pidiéndole alguito para comer? Quien anda implorando esta misericordia, ha abandonado las esperanzas de conseguir una migaja de pan revolviendo la basura y ya no quiere techo, colcha, dignidad o simple caridad sino solamente un alimento así la panza le deja de hacer ruido. Es una de las situaciones más terribles que un hombre debe soportar, pues la taba le vino del lado de la mala palabra.

¿Cómo actuar? ¿Correr a la heladera, sacar un cacho de mortadela, ponerla en medio de un pan y entregarla como último recurso? Puede ser. Pero hay opciones más caritativas, más efectivas y sobre todo más católicas. La primera sería hacerle un lugar en la mesa. Si en la casa almuerzan cuatro, ese mediodía se sentarán cinco, no hay problema. También cabe la posibilidad de que le hayan tocado el timbre a las 7 de la tarde. ¿Qué hacer con el hambriento?

Va una idea, doña.

Dígale, por favor, que espere un rato pues usted ya vuelve. Vaya volando a la carnicería del barrio y compre una buena costeleta de dos dedos de ancho, que pase largamente los 300 gramos. Vuelva rapidito. Haga pasar al hombre y siéntelo en la cocina. Converse con él como si fuera un viejo amigo del marido. No lo humille preguntándole cómo fue que llegó a su triste situación, haga todo con naturalidad, si lo piensa un rato es casi seguro que llega a la conclusión que le debe esa comida.

Luego coloque la plancha en el fuego hasta llegar casi al rojo vivo. Agregue sal a la carne, báñela con un chorrito de aceite y póngala al fuego unos minutos. Aproveche para preguntar si le gusta bien cocida o vuelta y vuelta. Mientras el humo invade la estancia, siga hablando de sus asuntos y endemientras, prepare una ensalada de lechuga, tomate, huevo, zanahoria rallada, cebolla y queso en trocitos pequeños, una de las más sabrosas del redondo mundo.

Cuando a la carne le falte un santiamén para estar lista, añada a la plancha algo de manteca, así su aroma y sabor la envuelve por todas partes, dándole un definitivo gusto a manjar celestial elevado a la enésima potencia.

Luego de mandar al hombre a lavarse las manos, dele la elegida, a ver si prefiere cenar la costeleta en el comedor o en la cocina. No se olvide de agasajarlo con el buen vino reservado para la mesa de los domingos, cuando van sus suegros de visita. Converse de música, arte, deportes, averigüe si es hincha de algún club de fútbol o háblele simplemente del trabajo que dan los hijos, las complicaciones de la vida o la maldad de los vecinos. Al terminar, ofrezca de postre algo rico:una fruta o queso y dulce, a elección.

A la nochecita, a la vuelta de la calle de su marido y los hijos, no olvide preguntarles cómo les fue. Ellos dirán “bien” o contarán lo sucedido. Si le preguntan qué hizo usted, dirá “hacer las compras, cocinar, lavar la ropa, nada del otro mundo”. Séquese las manos en el delantal y llámelos a la mesa a cenar fideos al dente con perejil cortado chiquito verdeando la sencilla exquisitez.

A la tarde, cuando se marchó el invitado, borró prolijamente las huellas de lo que hizo como si hubiera cometido un horrendo crimen, pasó un trapo por todas partes, ventiló la casa así no le quedaba flotando el aroma a humo, lavó y guardó prolijamente los utensilios.

¿Por qué?

Por la recomendación de san Mateo en el Nuevo Testamento: “Tú cuando ayudes a un necesitado, ni siquiera tu mano izquierda debe saber lo que hace la derecha: tu limosna quedará en secreto. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará”.

Pero ese momento hace rato quedó en el pasado y está entrando en el olvido definitivo, ahora mira a su familia cenando en la seguridad del hogar, feliz por el reencuentro cotidiano. El hijo le pide: “Mamá, alcánzame el pan”.

Afuera los grillos cantarán felices a la luna de octubre.

Juan Manuel Aragón                   

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