13/10/2020

Opinión

Breves historias músicales en primera persona

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Breves historias músicales en primera persona

Permítanme, caros lectores, compartir con ustedes algunas deshilachadas reflexiones musicales en primera persona, sobre acontecimientos de la música en Santiago del Estero, como un modo de ilustrar en grageas, cómo se va forjando el gusto por los grandes compositores e intérpretes. Cada cual ha tenido su propio camino para llegar a las piezas que le llevan el alma a alturas infinitas, en fin. Vamos a las historias, dos de ausencias y las otras dos de cuerpo presente, digamos.

Una de las últimas veces que Hugo Díaz deleitó a los santiagueños con su música fue en1976, en el festival del Melón, en Beltrán, pueblito cercano a Santiago del Estero. Recuerdan quienes estuvieron que el lugar estaba de bote a bote y tocó a eso de las dos de la mañana. Sostienen que fue una actuación memorable, quizás la mejor de su vida. Nadie tiene memoria haber oído tangos o jazz. Esa noche solamente hubo chacareras, para un público que lo venía sintiendo tocar desde niño y ya lo tenía como uno de los más grandes entre los suyos. Nunca me han gustado esas grandes aglomeraciones, llamadas festivales, y no fui.

Me lo perdí a la actuación de Hugo Díaz, como seguramente pierdo la ocasión de oir a muchos otros grandes, como es obvio. Pero, qué le va a hacer, es una fobia personal que a esta altura del doceavo round, ya no voy a solucionar.

El cuñado de Hugo Díaz se llamaba Domingo Cura, hasta ahora el más conocido percusionista que ha dado Santiago del Estero al mundo. A mediados de la década del 70 vino a la ciudad no sé si a participar de un concierto o solamente a visitar amigos y parientes, no importa. De lejos lo reconocí, estaba frente al Grand Hotel, haciendo sacar brillo a sus zapatos con un lustrín de la vereda de Dolly Fashion Center. Lo conocía de la televisión y también lo había sentido en algunos discos. Podría haberlo hablado pero, total, estaba callado y solitario, pero ¿qué le iba a decir? La plaza Libertad estaba vacía, hacía frío y seguí de largo. Como siempre mi timidez volvió a ganar la batalla.

Cuando Atahualpa Yupanqui estuvo en Santiago la última vez, tocó en el teatro 25 de Mayo, sería principios de la década del 80, por ahí. Sucedió algo mágico esa noche. Su concierto fue clásico, tocó dos o tres piezas, habló con el público, dijo que lo hacía como si estuviera en la cocina de su casa. Se le notaba la artritis en las manos. Le pifiaba a algunas notas, pero a nadie le importaba, era un criollo viejo mostrando su música. Al terminar le pidieron otra, luego otra y otra más. Entonces contó que había conocido el Museo de la Palabra, en París. Después de hacerlo oir la voz de grandes personajes del mundo, le preguntaron si quería escuchar algo más. Pidió canciones de cuna de todo el mundo y le concedieron el deseo. Quiso conocer la canción de cuna de la Argentina: no la tenían. Pidió permiso al director del museo y, a los días, volvió para grabarla. Delante del público santiagueño tocó el “Arrorró”, la canción aprendida de niños y olvidada después. En el teatro no volaba una pelusa, fue el silencio con música más patente de la vida de muchos de quienes estuvieron ahí. Al terminar una ovación bajó desde el gallinero, se desparramó por los palcos y retumbó en la platea en forma de estruendosos aplausos. Al salir, algunos viejos tenían los ojos llenos de lágrimas, pues un tiempo estaba terminando para siempre. Fue quizás la última vez del vate en Santiago.

Unos quince años antes que Atahualpa, también tocó en el teatro 25 de Mayo Silvia Parodi. Era hija de Mario Parodi, guitarrista nacido en Estambul, Turquía, a principios de siglo. Según cuentan, de joven vio tocar la guitarra en un circo y se enamoró del instrumento. Aprendió a tocarlo y no sé bien cómo, llegó a la Argentina. En Santiago había una Asociación de Guitarristas, que lo adoptó como numen, aquí se tocaba siguiendo su estilo, digamos. Y, como le cuento, trajeron a la hija a tocar. Actuó con un enterizo celeste con brillos, bien ajustado al cuerpo. Interpretó piezas clásicas y del repertorio de su padre, pero yo era niño de 12 ó 13 años y no tenía el oído preparado para esa música. Fuimos con un amigo: ella fue la parte que más nos gustó, obviamente. Era una rubia hermosa, quizás la más bella que habíamos visto en nuestros breves años y la teníamos a unos cuantos metros, en el escenario, la miramos embobados durante toda la noche. Al final aplaudimos a rabiar, de pie los dos. A partir de ese día me empezó a gustar la música de los grandes maestros de la historia, quizás en un vano sueño de conocerla algún día y tener tema de conversación.

Después (antes también) vinieron Carlos Di Fulvio, Emerson, Lake & Palmer, Paco de Lucía, Alejandro Mayol (el padre Alejandro), Juan D'Arienzo, Francisco Tárrega, Mercedes Sosa, Juan Sebastián Bach, Alberto Castillo, Morenito Suárez, María Elena Walsh, Agustín Pío Barrios, Charly García, Andrés Segovia, Django Reinhardt, Sui Generis, Ray Charles, y tantos otros y otros y otros. Todos marcas de una generación que, como aquella noche de Atahualpa en el teatro 25 de Mayo, sabe que la vida se va de las manos, mientras envejece sin haber cumplido el sueño de dejar a los hijos algo mejor que lo recibió. Pero es otra historia.

Juan Manuel Aragón                   

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