14/10/2020

Opinión

¿El pollo debe ser electrocutado o ahorcado?: diferencias y similitudes

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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¿El pollo debe ser electrocutado o ahorcado?: diferencias y similitudes

Animal generoso si los hay, el pollo es nombrado por una característica que no a muchos les gusta, la seca pechuga, para peor, doble. Por qué no los harán doble muslo y cadera dicen los fanáticos de esas presas, hay quienes son hinchas de las alas, el cogote y hasta de la triangular partecita de nombre simpático y justo, la rabadilla.

Dicen que el músculo del vuelo de las aves es la pechuga, sin embargo, fijesé, cuanto más tiene una gallina, menos ágil es. Ya lo dice Atahualpa Yupanqui en sus Coplas del Payador Perseguido: “Vuelo porque no me arrastro, // que el arrastrarse es la ruina; // anido en árbol de espina // lomesmo que en cordilleras // sin escuchar las zonceras // del que vuela a lo gallina”. Las zonceras del tipo con pensamientos cortos, sin amplitud de criterio.

Con las eternas discusiones alrededor del 12 de octubre, fecha en que España descubrió América para el mundo, muchos se han olvidado de que fueron ellos quienes introdujeron las gallinas en estas tierras, fijando a los indios, en muchos casos, en sus lugares de origen, pues empezaron a conseguir sus proteínas de este simpático animalito, en vez de andarse sacrificando, matando corzuelas, suris o hualos para comer. Además de esa baratija tana preciada por ellos: el anzuelo con el que la pesca dejó de ser un extenuante ejercicio para convertirse en un arte de paciencia y sabiduría.

En el mundo hay infinidad de razas de gallinas: están las famosas cunca pila, los pequeños chacrita, las elegantes Leghorn, las Sussex, pero los changos en el campo las dividen en dos clases, pavonas y finas. Pavonas son las 2600 razas que hay en el mundo y finas las de riña.

En el pago, cuando dicen “pavonas”, las nombran con algo de desprecio, esos gallos no aguantan ni siquiera la mirada de uno de riña. No vamos a decir nada nuevo si afirmamos que en las provincias del norte la cría de gallos y los combates, son casi un deporte nacional.

Tienen un problema, las de riña son gallinas pequeñas, de poca carne y huevos también más chicos que los de granja. Por lo tanto colaboran con la pobreza general, pues se gasta casi la misma cantidad de plata para alimentar un bicho que, con mucha suerte, dará un kilo y medio de carne, para peor magra.

Hay muchos pueblos de la campaña, de entre 1.000 y 20.000 habitantes que se despiertan con el canto del gallo, pero no como algo figurado sino literal. Cientos de gallos meten bulla, todos juntos, al alba de Las Termas, Villa Nueva Esperanza o El Bobadal. Uno se despierta y piensa “muy bien, aquí la gente cría gallinas”. Pero cerca del mediodía, las mujeres salen a procurar la mercadería para la cocina y acuden a la granja del pueblo a comprar un pollo fabricado en la capital o sus cercanías. Lo que hay en esos pueblos son gallos, criados especialmente en jaulas, alimentados como hijos, las crestas cortadas al ras y ejercitados todos los días para, cuando echen riñas, tenerlos listos. Y probar su bravura.

(No venga con eso del espectáculo bárbaro, sangriento y esas macanas pues, al menos aquí en Santiago del Estero, desde donde redacto estos mamotretos, es una actividad lícita, está reglamentada por el gobierno con un decreto y todo).

A la gente de la ciudad le gusta mucho la gallina llamada “aquera”, alimentada con aca de vacas, caballos, burros, la que anda tispiando bichitos, ramonea pasto y a la mañana le tiran una cuarta de maíz para reforzar el alimento. Tiene más huesos y menos carne y también un sabor mucho más gustoso, con mucho menos grasa que los gordos doble pechuga. Son ideales para sopa y guisos, aunque se debe tomar la previsión de cocinarlos temprano porque también suelen ser duros.

Pero también hay otras diferencias entre los pollos, digamos industriales de la ciudad y del campo. En los últimos tiempos alguna gente del pago viene, compra los pollos doble pechuga más el alimento y los cría allá, demorando casi el mismo tiempo en tener uno terminado, en mes y medio o antes también. De noche les ponen una luz así siguen comiendo, les dan remedios y se ha convertido en una actividad con cuyos ingresos viven o se las rebuscan.

El pollo que usted come en la ciudad muere electrocutado mientras al del campo le retuercen el pescuezo con las manos antes de pelarlos para ponerlos a la venta. Por eso el del campo es más rico, al haber sido ahorcado, digamos, se le llenó de sangrecita el cogote. Cuando en el puchero le dan esa presa, usted se topa con una morcilla exquisita, que ya quisieran para sí los sibaritas que van a los grandes restaurantes de la ciudad, caros y repletos de una etiqueta tan inútil como vacía.

Después de lo dicho, si quiere, hablemos de las sangrientas riñas de gallo, en las que —a veces— uno de los dos muere, pero al menos sabe que lo está matando otro más bravo que él y no en esos asépticos mataderos, liquidados con electricidad; un fin sin épica, sin combate, entregado a lo que venga.

Después usted eligiendo en la góndola, como si nunca hubieran tenido vida. Animalitos de Dios.

Juan Manuel Aragón                   

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