18/10/2020

Opinión

día de la madre

Mi mamá, la amiga de Mirtha Legrand

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
Mi mamá, la amiga de Mirtha Legrand | El Diario 24 Ampliar (1 fotos)

Mi mamá, la amiga de Mirtha Legrand

Mirtha Legrand fue la dueña absoluta de los mediodías de la televisión argentina durante varios años. De chico sus programas me aburrían: un grupo de gente trataba de hablar en los pocos instantes de la charla que ella no estaba interrumpiendo con algún comentario sonso, digamos, para no ofender.

La televisión de aquel tiempo no tenía un papel tan central en la vida de la gente, en la mayor parte de las provincias había un solo canal y para ponerse a mirarla, necesariamente se debía averiguar de antemano qué pasarían. Los diarios, objetos de papel, como los libros de las películas, pero más grandes, traían todos los días la programación.

Cerca del mediodía, ella presidía unos almuerzos, mucha veces plagados de clichés, frases hechas, pensamientos comunes, conclusiones simples e impracticables, figuritas y figurones, modelos. Pero en ocasiones iba un médico descubridor de alguna droga, un filósofo o alguien con asuntos para hablar: tenía treinta segundos para exponer su tesis, decir lo suyo, presentar su idea, antes de que le cortaran la palabra con una frase como: “Qué linda corbata trae puesta, doctor, lo felicito por el buen gusto”.

Antes del tiempo de los militares, organizaron un concurso sobre José de San Martín. Mi tío Roque Aragón no solamente participó y lo ganó, era mi padrino, sabia un montón de historia. Explicaba un misterio, por qué vino a América. A los chicos les explican: se acordó de Yapeyú, sintió nostalgias de los indiecitos amigos de la infancia, pero curiosamente, tomó la precaución de no volver nunca más a su pueblito de origen. A los grandes les dicen que era un masón y chau. Bueno, la explicación de mi padrino era otra y hasta hoy algunos grandes historiadores, la tienen casi por la definitiva.

Unas semanas después del premio, Mirtha lo invitó a almorzar a la tele. Y mi tío, amablemente no aceptó. Si iba, hasta es posible que se hiciera conocido o al menos vendiera unos cuantos ejemplares más de sus libros. Pero era un tipo serio, no se iba a prestar a los juegos de la farándula sólo por tener un poco más de plata en el bolsillo, aunque siempre vivió de manera algo más austera que con la plata justa. A los sobrinos, al menos, nos pareció una actitud fantástica y valiente: lo habían invitado al programa de la Mirtha para tocar el cielo de la fama con las manos, y despreció olímpicamente la notoriedad, eso era mucho más importante. Todavía hoy, muchos darían un ojo y la mitad del otro por estar sentados en ese lugar y mi tío Raúl desechaba quizás la oportunidad de su vida, con un lacónico: “No, muchas gracias, tengo que comer con mi familia”. Capísimo mi padrino.

A fines de la década del 70, mi madre sufrió un terrible accidente automovilístico y en el sanatorio Viano de Santiago le salvaron la vida. Luego fue a Tucumán y después de algunas operaciones, la enyesaron desde la punta de uno de los pies, hasta debajo de los pechos. Estuvo casi 10 meses en cama, en casa de mis abuelos. Como a mucha gente, no le gustaba la televisión, la odiaba, pero no le quedó más remedio e instaló un aparato en la habitación para no aburrirse tanto.

Una vez fui a verla.Después del mediodía me pidió: “Prendé la tele, ya viene Mirtha”. Le respondí: “Eh, mamá, cómo te puede gustar esa mujer”. Entonces me contó que “esa mujer”, como yo le decía, era su amiga. “No puede ser, ¿tu amiga esa vieja extravagante de Buenos Aires?”. Su respuesta segura fue: “Sí, es mi amiga y la quiero mucho, a través de ella, todos los días tengo una ventana abierta para mirar el mundo, me hace conocer personalidades, gente importante, y sus extravagancias, como les dices vos, me dan una esperanza para cuando termine este sufrimiento”. Me quedé callado, ¿qué le iba a decir? “Ella me ayuda a seguir”, siguió.

Entonces entendí, definitivamente varios asuntos. El primero, mis gustos no son universales, lo agradable para mí, puede ser muy desagradable para otros y viceversa. Aprendí también a apreciar las otras opiniones, aunque no me gusten y por qué alguien casi odioso según mi punto de vista, podía ser adorable para otros. Ese día lo supe: Mirtha Legrand era amiga de mamá y sus amigas son sagradas.

Mi vida no tiene nada de interesante para la televisión de Santiago del Estero, mucho menos para la de Buenos Aires. Pero si alguna vez, esas casualidades del destino llevaran a que me inviten al programa de Mirtha, después de lo de mi madre, no me perdonaría faltar. No me queda otro remedio. Es como si la estuviera oyendo: “Ponete traje y corbata, peinate bien, con gomina si es necesario, lustrá tus zapatos, no pongas los codos sobre la mesa, no comas mucho, mejor no comas nada, a la salida desquitate con un choripán y, por favor, no me hagas quedar mal hablando de esas ideas raras que te metió tu padre en la cabeza”.

Ya me veo, Mirtha tirando un beso, a mi mamá, del otro lado del televisor y yo, haciendo lo mismo con la mano.

Por si este escrito llegara a sus manos, cumplo en informarle a Mirtha: el 19 de marzo del año pasado, día de San José Obrero, perdió para siempre a su amiga Delita, en Tucumán.

Las fechas comerciales no me entusiasman, pero este día, se lo debía a mi mamá, a su amiga Mirtha y al resto de “las chicas”. Todas la extrañan, también sus hijos y sus nietos.




Recomienda esta nota: