30/10/2020

Opinión

Experimento real para volver al mundo de los fantasmas

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Experimento real para volver al mundo de los fantasmas

Despoje su mente de todo otro pensamiento que le venga a la cabeza, olvídese del mundo. Cuando todos se hayan ido, busque en su casa un lugar silencioso, en penumbras, tranquilo. Olvídese de la hora y quédese quieto y callado hasta oir los latidos del propio corazón, tuntún, tuntún, tuntún.

Es difícil lograrlo al primer intento. Haga la prueba una y otra vez hasta llegar a un estado parecido al sueño, pero con los ojos abiertos, en una vigilia extraviada, pongalé. Una vez conseguido, haga una composición de lugar: usted está en aquel otro sitio, no en el cuarto de sus hijos que salieron con la madre al centro, a hacer compras.

En ese instante la mente llega a un estado total de lucidez, haga el favor, coloque los elementos de una forma tal, que volverán a ser ellos cuando el universo era otro bajo estos mismos cielos: la vieja mesa de hule con cuadrados amarillos y verdes, descascarada en la orilla, la lámpara a kerosén Radiosol, colgada de un gancho del techo, el viejo aparador para guardar los vasos, los platos y las tazas (todavía hoy alzo las manos y llego al salero de mi abuelo, siempre guardado en el mismo rincón), las sillas con asiento de esterilla, la puerta verde, pintada y repintada al aceite, que daba a la habitación grande, los cuadros con fotos de la familia, en blanco y negro, con el bisabuelo y la bisabuela sentados en sus sillones, rodeados por los tíos viejos, todos niños. Y ese aire familiar reconocible aquí y allá entre los primos. Piso de cemento alisado, el tinajón detrás de la puerta, la panera de lata, un perchero antiguo en un rincón y una caja vidalera colgada en la pared de allá.

¿Ya está? Ahora camine por la habitación. Rememore un pequeño –leve– detalle, su abuelo afilando un cuchillo contra otro antes de cortar la carne, observe el rostro querido del viejo criollo, sus arrugas, los ojos atentos, el pelo blanco, el pijama celeste, la fuente con una choquizuela humeante y la radio anunciando “Jabón la Mariposa da la hora…”.

En ese momento son las 12 en punto. No se distraiga, sienta afuera la brisa pasando por entre los paraísos. Detrás del abuelo se abre la ventana que da a las cañas tacuaras por cuyas hojas pasa un verde sol de mayo, iluminando el territorio comanche de la infancia.

¿Llegó? Ahora quédese un rato en profundo silencio, con los minutos suspendidos del leve hilo de una tela de araña y usted –niño– flotando en un tiempo sin reloj ni antes ni después ni hoy ni mañana, todo es ayer. Antes de desvanecer al abuelo, encamínese hasta el calicanto pasando el galpón del sulky, siga un poco más hasta el corral del bebedero, sienta la caricia de un período de la vida irremediablemente perdido entre los rizos de la infancia. Siga cultivando el silencio, hasta que el sortilegio se asuste por un ruido y se mande a mudar.

Cuando la experiencia termine, tenga cuidado, la piel de su ser íntimo quedará sensible, el espíritu no es un soldadito de plomo, juguete para divertirse porque sí nomás. Esta prueba debe ser realizada con sumo cuidado, los años pasados suelen tomar revancha por el ultraje cometido a la lógica de los relojes. Como decimos en Santiago, no le haga bulla al pescao.

Mientras las saudades terminan de pasar, cruzando quizás un saladillo atroz, un desconocido quizás a la misma hora de su experimento, atravesará esa estancia vacía y un estremecimiento le provocará escozor en todo el cuerpo, como si alguien lo mirara. Son los espíritus viajando en la carretera de las almas, buscando a quienes se fueron.

Advertencia: no deje este escrito al alcance de gente sensible. El autor no se responsabiliza por los daños que pudieran ocurrir en el regreso a la época de los muertos queridos. Si no se siente capaz, no haga el intento, hay quienes quedaron aferrados para siempre a esa otra existencia y ya no quieren volver. Son fantasmas de fantasmas de un tiempo que no es. Andan felices, colgados de un nido de catitas, esperando la noche para espantar a los vivos en forma de atroz oscuridad. Pero se divierten. Viera.

Juan Manuel Aragón                   

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