31/10/2020

Opinión

Un ingenioso santiagueño burló la seguridad de Juan Carlos, rey de España

Escribe Juan Manuel Atagón - (Especial para El Diario 24)
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Un ingenioso santiagueño burló la seguridad de Juan Carlos, rey de España

Manuel Corvalán es santiagueño y vive en el barrio Ejército Argentino, uno de los más populosos de la ciudad. Una vez estuvo a esto, en serio, ¡a esto!, de conocer personalmente al rey Juan Carlos de España, a quien sorprendió con un ardid espectacular.

Tipo inquieto, de habla florida y proyectos para la comunidad a veces imposibles, anda siempre ocupándose de los problemas de su barrio. Donde ahora está el parque Sur, en un tiempo un intendente y unos sindicalistas se pusieron de acuerdo para hacer un barrio, el tipo se opuso, juntó firmas, habló con funcionarios provinciales, gritó, pataleó y finalmente ganó. Ahí está el parque Sur, mudo testigo de su triunfo.

Tiene un montón de ideas, como le digo, algunas impracticables: halló un terreno desocupado, más o menos cerca de su casa y se le ocurrió instalar una escuela de domadores. Su proyecto era simple, cercar el predio, comprar caballos chúcaros y ofrecer clases de doma de potros para la juventud. Si cuajaba su idea, era posible que los santiagueños después se destacaran en las jineteadas gauchas de todo el país. Es obvio, no calculó el precio de los matungos, mantenerlos, elegir profesores, pagarles un sueldo en blanco, contratar seguros y conseguir alumnos, entre otros miles de inconvenientes que le irían surgiendo en el camino.

Otra: instalar una gran pasarela en la avenida Belgrano, cerca de su casa, pero en vez de ser solamente un puente elevado, tendría una gran biblioteca popular sobre elevada y visible desde lejos. Los chicos de al menos dos barrios, el suyo y el Almirante Brown la tendrían a la mano. Como idea era maravillosa, aunque, claro, se debía calcular su costo millonario y el drama de cómo se conseguirían los libros, los sueldos de los bibliotecarios, la luz, en fin.

Un buen día se fue a la peluquería. Hojeaba una vieja “¡Hola!”, cuando se le ocurrió conseguir una comunicación con Juan Carlos de Borbón. En esos días el Rey había sufrido un accidente y lo llevaron a atender a un hospital de Madrid. En la revista daban el nombre de un amigo médico que laburaba ahí y seguía atentamente la evolución de su mal. Era hombre de mucha confianza con el Reynaldo, habían sido compañeros de escuela, algo así. Lo principal, estaba la dirección del hospital. Cortó la hoja y se la llevó.

De ahí se fue a un telecentro, pidió una guía de teléfonos de Madrid, sacó el número del hospital y volvió a la casa para hacer cálculos sobre la hora en España. No es un tipo de grandes recursos, tampoco de medianos sino más bien de pocos, tenía una bala en la recámara para hacer un tiro y esperar.

Un día se levantó bien tempranito, eran las 7 de la mañana en Madrid, fue al telecentro, marcó el número de España, lo atendió un policía privado, como los de aquí y le informó que en ese momento no había nadie en el hospital. Manuel le preguntó si lo conocía al doctor Fulano de Tal. Sí, por supuesto. Le averiguó cuándo estaría de guardia nuevamente, el otro le avisó. Le consultó si podía enviarle un fax para entregárselo en la mano. Que sí, hombre, mande.

El día previsto, envió el fax, le pedía al médico que le entregara ese escrito al Rey. Ahí le contaba que vivía en la ciudad más antigua fundada por los españoles en la Argentina, le explicabade sus proyectos y le pedía ayuda para concretarlos.

Cuando llegó el médico al hospital, le entregaron el fax, fue a su despacho y lo leyó. ¡Era increíble! Salió a la disparada y fue directo al palacio donde vivía el Rey, que estaba desayunando. Todavía hoy se le llenan de agüita los ojos a Manuel cuando imagina a Juan Carlos de España pasando los ojos por su escrito. Luego junto con el amigo, fueron a un mapamundi que había colgado en otra habitación, para ver dónde quedaba ese Santiago del Estero.

A los dos o tres días, un hombre de la custodia real se comunicó con Corvalán para pedirle que le dijera cómo se había ingeniado para llegar directamente hasta el monarca español. Pero lo habló a la casa de un vecino, porque Manuel no tenía celular, menos teléfono fijo. Le contó cómo había sido. Había tomado la precaución de anotar el número del amigo de al lado de su casa, por si querían llamarlo.

El custodio le pidió que no levantara la perdiz de cómo se ingenió para comunicarse, pues había abierto una cerradura imposible de abrir para otra persona; si cualquiera llegaba tan fácilmente lo abrumarían con pedidos. Le avisó que en un futuro cercano, Juan Carlos quería conocerlo y llevarlo a trabajar con él —también le había pedido laburo en la carta— porque necesitaba alguien como Manuel, inteligente y con inventiva.

Después vino lo de Atocha (en la estación de Atocha, Madrid, explotaron bombas terroristas que quitaron la vida a 191 personas el 11 de marzo del 2004 junto con las estaciones de El Pozo y de Santa Eugenia), y se hizo imposible viajar, no solamente para Manuel sino para miles de personas a punto de conseguir un trabajo legal en la Madre Patria.

Al final a Juan Carlos lo pescaron en chanchullos raros, negocios turbios, cacerías de elefantes, infidelidades a doña Sofía, incluida la rubia come billetara de apellido alemán, abdicó, se mandó a mudar y dejó al hijo —Felipe IV— a cargo del negocio. Para mí, eh, para mí, le digo,si lo tenía a Manuel, lo hacía zafar de todas esas cositas y los gallegos lo seguían teniendo como prócer vivo de la democracia española. Pero las cosas ocurrieron como sabemos y no hay forma de cambiarlas.

Usted lo ve a Manuel en la calle, procurando el mango para seguir tirando y, la verdad, no tiene pinta de haber burlado la seguridad de una de las personas más importantes del planeta.

Cuando pase esta porquería de la pandemia, deberíamos juntarnos a tomar un café. Conversamos un rato y siempre aprendo oyéndolo. Capo, Manuel.

Juan Manuel Aragón                   

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