03/11/2020

Opinión

No hable macanas, hay que ponerse la vacuna contra el coronavirus

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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No hable macanas, hay que ponerse la vacuna contra el coronavirus

Me voy a hacer vacunar contra el coronavirus. Con la primera que llegue, la rusa, la inglesa, la de la Conchinchina, no me importa. Van a traer 25 millones de dosis y de cada diez argentinos seis no se la quieren aplicar, mejor porque entonces va a alcanzar justito. Voy a estar en la fila, con mi familia, así deba esperar quichicientas cuadras y un mes al rayo del sol hasta que me llegue el turno.

Con los sucesivos gobiernos de estos últimos años, he llevado a vacunar a mis hijos contra todas las enfermedades. Gracias a Dios (toco madera), me han salido sanitos. La más grande tiene asma y el más chico ha tenido dengue, pero para ninguna de las dos hay vacuna.

Nunca he preguntado si había un protocolo para inocularlos, si el inventor era ruso, inglés o judío, jamás puse en cuestión por qué para unas era solamente una dosis y para otras dos. En el carné decía que cada dos meses debía ir a la Unidad Primaria de Atención a hacerles pinchar la piernita y ahí estaba. Le digo la verdad, si lloran porque les duele algo, a mí también me duele, pero cuando íbamos al vacunatorio y pataleaban y chillaban, no me daba nada.

Nunca quise entrar en la lógica de las viejas gordas y ricas que toman el té en las confiterías del centro. Se quejan si el gobierno les entrega cosas a los pobres: “Por qué no les dan una caña de pescar antes que entregarles pescado”, dicen. Pero el gobierno hace obras que directa o indirectamente beneficiarán a miles de personas dándoles trabajo y también ponen reparos: “Hacen un estadio y la gente se muere de hambre”. ¿Usted las entiende?, yo tampoco.

Durante años he confiado al Estado la instrucción que brindan en la escuela a mi hija: nunca discutí si debían aprender más matemáticas o geografía o por qué estudian los períodos históricos de manera distinta a la de cuando era chico. La educación se la di en casa, como corresponde. Si en algo hay contradicciones, sabrá cómo resolverlas, y porque cree en Dios, pues también se lo inculqué, elegirá bien, sin ninguna duda, eso es la libertad.

El Estado —o los sucesivos gobiernos— decidió que mi calle sea mano para un lado y no para el otro y a veces no me conviene, pero no protesto. El Estado remodela las plazas sin preguntarme si me gusta o no cómo quedarán, pero si ponen más bancos para sentarme, estoy conforme. El Estado cambió por asfalto el ripio que llevaba al pueblo de la infancia y no se lo discutí. El Estado puso el gas, la luz y el agua de casa y los disfruto casi sin darme cuenta. También el Estado anotó a mis hijos y les dio un número de documento que los acompañará de por vida y por él tienen la seguridad jurídica de ser argentinos y gozar de los mismos derechos y obligaciones que el resto.

Nunca puse en duda estas atribuciones.

Ahora el Estado argentino consigue una vacuna para ver si me libra del coronavirus y no voy a atender las teorías conspirativas que andan dando vueltas por las redes de internet, para oponerme. A quienes escriben que van a hacer una presentación judicial a fin de no recibir la vacuna les aviso, conmigo no cuenten. ¿Usted cree que el Estado argentino quiere matar a 25 millones de personas, en una o dos dosis de vacuna? Entonces disculpe si se lo digo sin anestesia, pero está loco de remate, haga que lo aten y llévese solito al Diego Alcorta.

Si usted quiere arriesgarse a que no lo vacunen, debería ser honesto y, por las dudas, renunciar también por adelantado, a la terapia intensiva y el respirador por si lo agarra el bicho, ponga a su familia en esa otra lista si es tan valiente, a sus padres si los conserva. Quién le dice que esas terapias intensivas no sean inventos de los factores mundiales de poder para dominar su mente o los respiradores en realidad no le inoculan algo peor por los pulmones. Anímese, busque un escribano y firme.

Tampoco voy a entrar en esa polémica imbécil, inventada por un porteño descerebrado: “La grieta”. Me niego a clasificar por sus ideas políticas a parientes, amigos, conocidos, compañeros de trabajo. No me importa en quién o en qué tienen fe. Tampoco sé ni me interesa con quién o con qué se acuestan y qué hacen a continuación. No es mi problema. Ese descerebrado les hizo creer a muchos que primero deben decir si son K, M, X o J. Obedientes con la televisión, me los topo por la calle. Me avisan: son de un partido, una agrupación política o de esta o aquella idea. Ignoro esa parte, les pregunto por la mujer, los hijos, el trabajo. Si le hacen caso a ese tarúpido, peor para ellos. He perdido parientes por otras cuestiones, ¿morir en el corazón de uno solo más, por una cuestión política? Ni en la peor de las borracheras.

Se la hago corta, estoy harto de la pandemia, de usar barbijo en la calle, de quedarme en casa por obligación, de no dar la mano a los conocidos, de no viajar a Tucumán o al campo a ver a mis parientes, de no hacer un asado con los amigos de vez en cuando.

Apenas digan “allá vacu…” voy a salir a la disparada a hacer la fila junto a mi familia.

Más rápido que ligero.

Juan Manuel Aragón                   

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