05/11/2020

Opinión

Hermes, el dios griego, inspira a los comerciantes modernos

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Hermes, el dios griego, inspira a los comerciantes modernos

A veces me pregunto si los griegos fueron un pueblo tan sabio, por qué no dominaron el mundo, mejor dicho, por qué no lo siguen dominando hasta hoy en día. Fijesé, entre todos los dioses tenían un solo para el comercio y el robo, Hermes. Era hijo de Zeus y de la pléyade Maya, nacido en una caverna del monte Cireno, al sur de Arcadia. Como todos saben, las pléyades eran siete, a saber Taigete, Electra, Alcíone, Astérope, Celeno, Mérope y Maya. Nosotros, para abreviar, les decimos las “Siete Cabrillas” y las miramos en el cielo, apuntadas de costeleta por las Tres Marías, cuando la noche es estrellada.

Hablando de Hermes, cuando voy al supermercado, siempre me agarra admiración: a tantos años de haber inventado la estratagema de poner el precio de un producto y parezca que está pagando menos, todavía no se dieron cuenta de que ya los tenemos manyados, a esta altura no engañan a nadie. Si algo cuesta 499 pesos con 99 centavos, en la cabeza los clientes sacamos cuentas y nos da 500. Pensamos además que no se trata de un precio justo, pues quizás lo pudieron haber puesto a 480 ó 450 con una ganancia legítima, fundamentada, pero te lo dan a 499,99 y siempre te dejan pensando mal.

Al margen. La hora de los ferrocarriles, hace más de cien años, enseñó a los argentinos a ver un número y leer otro. Un decir, usted mira un cartel y dice “El doctor atiende de 15 a 21” pero ya sabe que, dicho en criollo es de 3 de la tarde a 9 de la noche. Bueno, algo similar sucede con los precios.

Si quisieran robar mejor, a ese mismo producto podrían ponerlo a 496 pesos con 50 centavos. Uno diría: “Mirá, ese sí es un precio exacto, han hecho el cálculo exacto, tienen una ganancia moderada, sigue siendo una oferta válida, lo voy a comprar”. Luego se iría feliz y contento, tranquilo, chocho de la vida porque no lo han engrampado. Si todavía quisieran embromarnos mejor, podrían ponerlo a 507 pesos, y ahí ¿sabe qué?, nos joderían de lo lindo. Pero a todo lo tienen a tanto con 99 pesos (o 59, lo mismo da) y noventa y nueve centavos.

A veces, por molestar (y porque voy para viejo), compro ese solo producto, voy a pagarlo y exijo el centavito de vuelto. La cajera me dice: “Son 500 pesos”. Le respondo: “No señorita, en la oferta dice 499 con 99”. “Pero la máquina a mí me dice 500 pesos”. “A mí me da el centavo de vuelto o no me muevo de aquí”. En esos casos suele llamar al Supervisor.

Diálogo con el Supervisor luego de que le explican por qué estoy haciendo lío: “No me diga que se hace problema por un centavo”. “No don, el problema lo empezaron ustedes”. “Ese dulce de leche sale 500 pesos, por un centavo no se va hacer más rico”. “Yo no, pero ustedes sí”. “Bueno, si el supermercado se hace más rico con el centavo, es problema del supermercado”. “No, porque me lo sacan a mí”.

Sigue el amable diálogo: “Voy a llamar a los de Seguridad”. “Ahá, meta nomás, yo voy a llamar a los de Industria y Comercio y el vídeo que están haciendo todas esas viejas que nos filman, los van a hacer famosos a usted y al supermercado”. “No me explico cómo puede alguien hacer problema por un mísero centavo”. “¿Sabe qué?, es la misma pregunta que me hago yo: ¿Para qué ponen que algo vale 99 centavos si después no tienen ni existe, la monedita de vuelto?”.

Casi siempre el Supervisor saca un peso del bolsillo y me chanta, en voz alta, para que el resto de la clientela oiga clarito: “Aquí tiene vuelto y dejesé de molestar, buen hombre”. Ahí aprovecho para ofenderme, le aviso que ya tendrá noticias mías, a través de mis padrinos y no saco un guante blanco del bolsillo, para abofetearlo, porque no uso.

Me doy vuelta y me mando a mudar satisfecho.

He hecho esta buena acción del día una media docena de veces. No va a creer, pero las tres últimas, al salir, los otros clientes me aplaudían felices. Si sigo así, la próxima me sacan en andas.

Hasta Presidente no paro.

O hasta Tinelli.

Lo que pase primero.

Juan Manuel Aragón                   

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