09/11/2020

Opinión

En recuerdo de Hermes, dios griego por demás bandido

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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En recuerdo de Hermes, dios griego por demás bandido

El otro día hemos hablado de Hermes, dios de los comerciantes y a la vez de los ladrones pero, ¿qué más sabemos de él, siendo alguien importante, no digo en nuestra vida, pero sí en la de los griegos, pueblo hermano, aunque lejano de la Argentina?

Sus padres eran Zeus y la pléyade Maya y al parecer nació en el monte Cireno, al sur de la Arcadia. Como todos los chicos de ese entonces, lo envolvieron con bandas y lo dejaron sobre un harnero como si hubiera sido una cuna, pero ese mismo día mostró una extraordinaria precocidad y, no solamente se desató sino que también se mandó a mudar.

Se fue a Tesalia, ahí su hermano Apolo era pastor, cuidando la tropa de Admeto. Pero vean lo que sucedió: mientras Apolo andaba corriendo detrás de Himeneo, de quien estaba enamorado, el nuestro aprovechó para robarle parte del ganado, al que arreó por toda Grecia hasta una caverna en Pilos. De esta manera comenzó sus correrías el pícaro Hermes, ingenioso y repleto de ardides y tretas. Un tunante, como decían los viejos.

Zeus, el padre, se alegró mucho por las habilidades del alhaja del hijo. Quien además inventó la lira y la siringa y se las canjeó a Apolo por un cayado de oro y la instrucción de las artes adivinatorias. Más o menos como si un comerciante hoy se consigue un aparato para avisarle cuánto va a costar el dólar la semana que viene o a qué precio conseguirá la carne.

Hermes también era dios de la elocuencia, la palabra y la inteligencia, tenía una voz muy fuerte y también se lo creía el inventor de la escritura. Claro, amigos, quién mejor que los comerciantes para convencernos de comprar esto o aquello. Los fenicios, en la historia son los comerciantes por antonomasia y quienes inventaron la escritura, la necesitaban para saber cuántos artículos enviaban en camello o por barco a los demás pueblos, redactándolo en ladrillos húmedos.

Y como qué, también inventó la astronomía y las matemáticas, las leyes de los hombres y las pesas y medidas. Si el dueño de Roma, el almacén de la vuelta de casa, inventara un dios, seguro que se le ocurriría uno parecido.

Entre sus símbolos está el caduceo, venía a ser una vara de olivo adornada con guirnaldas, aunque el de Hermes está rodeado de serpientes y, como dios del comercio, una bolsa de monedas. En sus cuadros y estatuas también aparece con sandalias aladas, un petaso (sombrero de borde ancho y llano), el olivo y la adormidera y a veces una espada, una hoz o un disco. Cualquiera de nosotros quedaría ridículo con todo eso, pero usted ve sus representaciones y hasta parece fachero.

Un detalle al margen, el nombre Herminio (o Herminia), no viene de Hermes, faltaba más. Ningún católico de los de antes le iba a poner al hijo como el ladrón más conocido del panteón griego. Herminio viene de Ermino, es germánico y proviene de ´airmano´, ganado mayor, igual a ´fuerza´ o también ´Irmin´. Si usted está entre quienes creen esta errada etimología, bueno, lo equivocaron fiero, amigo.

Ahora sigamos con nuestro biografiado.

También era protector, por supuesto, de los ladrones, los viajeros, los transeúntes y la juventud. Fue el organizador de los primeros juegos gimnásticos y en Arcadia era dios de la fecundidad.

Otro día podríamos hablar de sus hijos, todo un lío, vea, con un montón de diosas chiniteras de la Grecia clásica. Como todos saben ahora, la religión de los griegos no era la verdadera ni siquiera para ellos, pues no creían ni un poquito así en la existencia real de esas divinidades atorrantes, sinvergüenzas y muchas veces canallas. Pero al menos tenían cultos divertidos, con personajes bandidos, todos peleando contra todos, amándose y odiándose para siempre, con pasiones, ardores, celos, furias, parecidas a las nuestras.

Además no hay una sola y definitiva historia sobre lo que fue o hizo cada uno, las versiones cambian según la época en que fueron pergeñadas o quién las cuenta y para quiénes. Estudiarlos es un acto de osadía científica y pocos se les animan. Discernir el laberinto de sus entresijos familiares es tarea ardua e inútil pues, como ya se dijo, esa religión fue abandonada, si alguien alguna vez creyó en ella. Pero, porque es tarea sin ninguna utilidad, su estudio merece la pena, como las etimologías, entre otras. La belleza de un cuadro de Pablo Picasso, entre otras cosas, reside en que, salvo para colgarlo en la pared, no sirve para otra cosa.

¿Servirá esta breve gragea para animar aunque sea a uno solo, a estudiar los dioses griegos?

Si así fuere, esperaremos sus conclusiones con ansiedad.

Juan Manuel Aragón                   

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