15/11/2020

Opinión

Acerca de una paranoia común, la de los teléfonos celulares

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Acerca de una paranoia común, la de los teléfonos celulares

Busco en San Google qué quiere decir paranoia. “Trastorno mental por el cual alguna gente tiene un profundo miedo y desconfía de otras personas. Alguien paranoide puede creer sin motivo que los otros tratan de dañarlo”. Un trastornado, digamos.

Los peores son los paranoicos de internet, creen que al mirar el telefonito para cualquier cosa, del otro lado hay alguien observándolos y, en cuanto se descuiden les robarán sus datos. Cualquiera creería que son agentes secretos de Interpol, Cipol o Metegol, con información exclusiva de gobiernos importantísimos.

No tienen WhatsApp, no mensajean por Feibu, no hablan por el aparatito, en serio, se cuidan como si fueran el mismísimo Bond, James Bond, salvando a la humanidad de una gigantesca bomba atómica, pronta a estallar para hacer añicos el mundo.

Esos tipos no son funcionarios importantes ni científicos estudiando la vacuna contra el coronavirus, no laburan en la oficina del Alto Comisionado para los Refugiados de la Organización de las Naciones Unidas, no son altos Cardenales, electores papales del Vaticano. Son simples perejiles, parecidos a cualquier hijo de vecino, prontos a creer en cualquier teoría conspirativa leída por ahí, mejor si es de telefonitos de mano.

Hay organizaciones detrás de todo eso, pero como fachada usan grandes empresas que se dedican a vender tus datos, ¿sabías?, sostienen. Y vos te resignas, pues durante media hora al menos, te tendrán con sus teorías conspirativas, barra paranoides, informándote cómo hacen para sacarte los datos, saber tus gustos, averiguar los remedios que tomas, a qué hora te levantas, con quiénes y de qué conversas en la oficina, en qué ómnibus vas al laburo, tu helado preferido, cuánto calzas, a quiénes saludas y a quiénes no les das bola, cuánto de queso le echas a las pastas. En fin, todo.

Ni se te ocurra preguntar para qué quieren esa información. “¿Cómo para qué la quieren?, ¿acaso no te das cuenta?”, averiguan incrédulos. Si respondes que no, te tendrán media hora adicional haciéndote saber, dos puntos: usan tus gustos para vender ese dato a las empresas de zapatillas. “Si hay más gente que calza del 42, ofrecen ese detallea los fabricantes, así hacen más de esas”, explican serios. En ese momento, debes hacer fuerza para no reírte a las carcajadas: ¿lo imaginas al fabricante de sangüi del mercado pagando para saber si a los clientes les gusta más el de milanga con papa frita o sin?

Después la conversación girará hacia el “Big Data”. Si avisas: “Me parece un macaneo en polvo, para diluir y sacar treinta tonteras parecidas”, responderán que con eso lo hicieron ganar a Donald Trump, Jaime Durán Barba le encendía una vela, todos los días a don Big para hacerlo triunfar a Macri. Ahí están los dos, Trump y Macri, caminan, respiran, hablan y hasta parecen vivos, pero son cadáveres políticos aunque no se quieran dar cuenta.

“No sabes —explican con una seguridad digna de causas más nobles— que incluso con el teléfono apagado hay sistemas para oir tus conversaciones”. Guay si les llegas a retrucar con la pérdida de tiempo de esos ñatos, sintiendo tus llamadas o mirando los mensajes de los amigos. Te saltan a la yugular: “Sos alguien poco interesante”. Por no agarrarte a las piñas no retrucas: “¡Claaaro, vos vienes a ser una cruza de Fransuá Miterrand, George Bush y de yapa, Perón, Gardel y mi vieja, infeliz, quién te crees”.

Se te nota en los ojos, las ganas que les tienes.

La palabra "paranoico" viene del griego ´paranoikos´ y según el diccionario “Etimologías de Chile”, sus componentes léxicos son el prefijo “para” —contra, al margen de— “nous” —igual a mente, espíritu— más el sufijo “ico”—relativo a. Dementes hasta la manija, o sea.

Con la vejez he dejado de renegar con esos, más bien disparo para el lado que corren. Si me hablan de los peligros del celular, dejo de llamarlos por celular y por las dudas tampoco los hablo por la calle, pues también, si quieren, te pueden oir la conversación desde cinco kilómetros de distancia. Tampoco los nombro en las conversaciones o en estos escritos, mirá si alguno los detecta a la vuelta de casa y después les averigua el color del calzoncillo o la marca del caldito que le agregan a la sopa.

En ocasiones me dan ganas de decirles:”Dejate de joder, ¡che!” . Pero si oyen los de la KGB, van a venir a buscarlos. ¿No sabe?, son dueños de secretos ¡uf!, muy importantes, esos pobres enfermos.

Si alguien se da por aludido, es él, obviamente.

Juan Manuel Aragón                   

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