16/11/2020

Opinión

El hombre se ha quedado sin trabajo y el mundo se le viene encima

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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El hombre se ha quedado sin trabajo y el mundo se le viene encima

De un día para otro, un tipo con cara compungida te dice, estás despedido. El mundo se te viene encima. Los pequeños sueños se te derrumban. Piensas en el estudio de tus hijos, en el respeto de tu mujer, en la cara de los vecinos, el susto de tus acreedores, en tus ínfimos ahorros. Y en las casi nulas posibilidades de que —a tu edad— te vuelvan a tomar en otro lado.

Desde entonces, mañana tendrás todo el día para vos y pasado también y al día siguiente y al siguiente. El domingo caerá en miércoles, ambos serán iguales. Lo aprendido, apenas sirve como información para tener en cuenta en otro trabajo. En pocos días sabrás también que esa experiencia acumulada en tantos años de juntar antigüedad no es tenida en cuenta en ninguna otra parte. En otras empresas la oficina de “Cuentas corrientes”, “Revisión de cálculos” o “Ventas por correo” no tienen razón de ser.

Cuando busques trabajos nadie te dará un no definitivo. Con una sonrisa triste te pedirán “volvé en unos días, en un mes, dentro de un tiempo, por ahora no hay nada, pero más adelante, si abrimos la sucursal, quién sabe”. Al principio, ante cada uno de quienes te pidan: “Date una vuelta la semana que viene, puede haber algo”, te entusiasmarás como si ya estuvieras fuera del agua. Pero después comprenderás que es una frase hecha para no desanimarte, para indicarte que tienes que seguir buscando. Ahora lo sabes, a muchos no les gusta decir que no.

En algunas empresas, creyendo que conservas tu trabajo anterior, te recibirán altos ejecutivos, jefes importantes. Notarás un gesto de fastidio al enterarse de que en realidad les estás pidiendo un lugarcito para seguir siendo vos mismo. Hasta aquellos que, cuando estabas bien te hicieron saber que les hubiera gustado tenerte en su empresa, se arrepentirán de habértelo dicho.

A la noche soñarás con los buenos momentos de cuando eras un empleado modelo y los jefes te tenían en cuenta porque tu experiencia y tu capacidad de trabajo eran fundamentales para el funcionamiento de la oficina. Te despertarás contento, casi jubiloso, pero la felicidad te durará unos instantes, hasta darte cuenta de tu triste realidad.

Gente de la que no esperabas nada, te dará una solución precaria, un producto para vender casa por casa, unas cobranzas difíciles, una encuesta para una firma que quiere instalar un lavadero de ropa, la venta de libros de medicina. Casi todas tareas ajenas a tu vocación, tu ser o tu sentir. Encararás tu nuevo quehacer con ilusiones y mucha fuerza. Y a los tres días, a lo sumo habrás fracasado porque ese producto no es ninguna novedad, no hay plata para pagarlo o es caro, nadie quiere responder la encuesta o es difícil hallar estudiantes de medicina que necesiten justo ese texto. Devolverás los productos, cobrarás el ínfimo porcentaje acordado, darás las muchas gracias. Y seguirás pateando la calle, a ver qué hay. Por lo menos ahora tienes experiencia en venta callejera, te dirás, con infinita tristeza, pues sabes que es mentira.

Descubrirás un nuevo mundo en las confiterías. Vos creías que estaban llenas de gente alegre, despreocupada, sin conflictos, pero muchos eran como vos, tipos sin trabajo, cansados de buscar. Por eso se pasan la mañana con un solo café al frente, hablando tonterías con otros iguales a ellos. Leerás el diario del bar del derecho, del revés, de arriba para abajo y de abajo para arriba, repasarás mil veces los clasificados, sobre todo en la parte de “Empleos ofrecidos”. Ahora estás al corriente: el noventa por ciento no son laburos para vos, en el resto te podrían haber empleado si tuvieras diez o quince años menos.

Sabrás lo que es pasar las horas sin nada para hacer, sentado en el banco de una plaza lejana de un barrio alejado, el maletín entre las manos, cansado de caminar ofreciendo la bolsita mágica, una crema íntima para el caballero o improbables rifas millonarias a pagar en cuotas: nadie quiere esas cosas.

Al principio querrás saber lo que pasa en tu vieja oficina, hasta te imaginarás que un buen día, cansados de renegar porque no le hallan la vuelta a la empresa sin tu trabajo, los jefes te llamarán, te rogarán para volver. Pronto algún viejo compañero te desengañará: tomaron a alguien que te reemplaza, cerraron tu sección para siempre pues no tenía razón de ser, cualquier cosa, pero todo sigue andando fenómeno ahí.

La indemnización se irá gastando día a día. Si calculabas que con eso vivirías un año, pronto te percatarás de tu error: la vas a terminar en la mitad del tiempo. Venderás el auto, dejarás de pagar la cuota del club, el cable de la televisión, no comprarás esa revista de geografía que te reservaba el canillita todos los meses, mandarás tus zapatos al zapatero una vez al mes para hacerles media suela y taco y rogarás que no se te caigan los anteojos, pagar un simple cristal puede ser tu ruina.

Te harás más callado. Tu mujer se afligirá al presentarte una nueva cuenta, porque ahora, en vez de afrontarla como antes, le dirás que la ponga encima del aparador, que es donde van a parar todas las deudas que algún día pagarás, pero no sabes cuándo.

Cuando tenías trabajo te imaginabas en mil labores distintas si algún día te quedabas sin él. Ahora sabes que la mitad eran quimeras sin sentido y para el resto se precisa capital y experiencia. Si comenzabas hace diez años con ese proyecto de juventud, quizás te hubiera ido bien, pero ya es tarde, así que ni lo piensas.

Al tiempo, te percatas de que algún que otro amigo cambia de vereda cuando va a cruzarse con vos, otro se hace negar en tus narices si vas a buscarlo y hasta hay quien mira para otro lado justo al saludarlo. Cuando piensas en posibles venganzas, un día de estos, cuando tengas trabajo de nuevo, te das cuenta de que alguna vez, también fuiste injusto con los que andaban en la mala, pateando la calle.

Sentirás que has mordido el polvo de la derrota. Creerás que pegarse un tiro es de valientes, no la cobardía que siempre pensaste. Ni para eso te dará el cuero. Sabrás que siempre fuiste un pobre tipo, un pobre infeliz, un vencido, un fracasado. Alguien revolcado por la vida, para peor, sin pelear.

Algunas tardes te hundirás en el sopor de la televisión, mirando historias ajenas, otras galaxias, viajando por caminos lejanos, riéndote de sus tontos chistes. Cuando apagues el aparato te darás con que has vuelto a perder el tiempo lastimosamente, en tu situación, un pecado mortal.

En tu familia estará todo tan descalabrado, que pensarás que la única solución es morirte. Algún día uno de tus hijos te lo va a gritar en la cara. Cuando tu mujer dé vuelta la cara para no mirarte porque uno de los críos te dice algo fuerte, sabrás que has perdido todo. No tendrás ni el respeto de tu familia. Pero tienes miedo de tirarte bajo las ruedas de un camión o arrojarte desde la azotea un edificio. Miedo a una muerte dolorosa. O peor, quedar vivo y baldado.

Y un día cualquiera, cuando ya estés del todo acostumbrado a tu vida de porquería, cuando ya no sientas ni el dolor de lo que perdiste y no vas a ser nunca más, cuando tus acreedores ni siquiera se molesten en golpear la puerta de tu casa, al saber que van a dar en penca, sonará el teléfono. Por suerte siempre te negaste a cortarlo.

Juan Manuel Aragón                   

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