22/11/2020

Opinión

Adivinanzas del folklore santiagueño recopiladas hace 72 años

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Adivinanzas del folklore santiagueño recopiladas hace 72 años

A fines del siglo pasado, el antropólogo Julián Cáceres Freyre, entregó a mi padre las hojas de cuaderno que los chicos de varios departamentos de Santiago, habían llenado con dichos, cuentos, versos y adivinanzas que no tenían autor, es decir eran folklóricas. Mi padre, cuyo nombre llevo, se tomó el trabajo de descifrar la letra de chicos santiagueños, en escritos a lápiz, de medio siglo antes, en 1948. Comparó y anotó los escritos que ya había recopilado Orestes Di Lullo en su Cancionero de Santiago del Estero y, como suele suceder en estos casos, nunca publicó el libro, “Folklore santiagueño” aunque regaló un ejemplar a los amigos y a cada uno de sus hijos.

Proponemos unas cuantas adivinanzas en castellano (también hay en quichua), para regodeo de los lectores (y sus niños), un domingo cualquiera de noviembre.

Yo tengo una mulita que cuando entra al monte sale con la cola más cortita. La aguja y el hilo. Nace gordito, muere flaquito. El almanaque. Dos negritas caminan a la par; cuando se hacen viejitas abren los ojitos. Las alpargatas. Redondo, redondo, no tiene tapa ni fondo. El anillo. Aquel que lo hace, lo hace para vender; el que lo compra no lo usa, el que lo usa no lo vé. El ataúd.

Soy un pesado metal, soy de la vida instrumento, soy más ligero que el viento y sirvo del bien y del mal. La bala. Adivinanza, adivinanza, que no tiene tripas ni panza. La balanza. Animalito bermejo, costillas sobre el pellejo. El barril. Pajarito volando, con las tripas colgando. La pandorga, o el barrilete. En el campo nació, verde se cría, y en el cabildo le hacen la cortesía. El bastón.

Nace en el monte y vive en el agua. El bote. Dentra por uno, sale por dos. El calzoncillo.Tiran del hilito, grita el pajarito. La campana. Chiquito como un ratón, guarda la casa como un león. El candado.

En aquel rinconcito hay un viejecito sacándose la tripita, poquito a poquito. El candil. Colorado como el tomate, en medio las piernas se bate. El carpincho. (El cuero del carpincho o similar, se usa como sobrepellón). Campo blanco, semillas negras, cinco vacas y una ternera. La carta. Se va al agua; sin tomar vuelve. El cencerro. Verde fue mi nacimiento y de blanco me vestí; sufrí padecimientos para darte el gusto a ti. El cigarrillo. Me golpeas en la cabeza y nunca me matarás, seré tu esclavo eterno; tonto si no adivinás. El clavo.

Qué es una cosa hueca que tiene toda mujer, mete los dedos por dentro cuando tiene algo que hacer. El dedal. Salgo de la sala, voy a la cocina, meneando mi cola como una gallina. La escoba. Alforjitas al hombro, colla no es; aunque anda por las cuevas, vizcacha no es. La escopeta. Yo y vos, que eres, que somos los dos. El espejo. En todas partes estoy, y cuando me necesitan me pegan. La estampilla de correos.

Todo el invierno me tienen agasajada; en el verano me arrinconan porque no sirvo. La estufa.

Rasga buchi y torci oreja. La guitarra. Se le tuerce la oreja, se le rasca la barriga. La guitarra. En el monte grita, en la pampa se calla. El hacha. Dando vueltas se empreña. El huso de hilar. Si un secreto quieres guardar, me tendrás que quemar. El lacre. Largo, larguero, Martín Caballero. El látigo. Hojas tengo sin ser árbol; lomo, y caballo no soy; no tengo boca ni lengua pero mil consejos doy. El libro.

Juana se asienta y Rosa se levanta. Los lizos del telar. Fui por un caminito, encontré un diablito, se dio de malito, me hice a un ladito. La locomotora. Mi dueño me tiene amor, y aunque soy mujer honrada, me suele tener atada y guardada mi señor. La llave. Tengo un sacapuntas que no es sacapuntas, ¿qué será? ¿quién lo adivinará? El llilé (Gillette). En el monte anda; en la casa está. La marca de la hacienda.

Un peludo y un pelado, y otro del mango agarrado. La mula, el arado y el hombre. Se pone en la mesa, se corta y se sirve pero ninguno come. El mazo de naipes. Blanco fue mi nacimiento y soy de muchos colores; he causado varias muertes y arruinado muchos señores. El naipe. Si al principio es de oro y tiene el fin del papel, averigüe quién es él. El oropel. Cuatro frailes van a Francia, corren y corren y no se alcanzan. El ovillador.

Lo tiro al suelo, no se rompe; lo tiro al agua, se deshace. El papel. Cielo blanco, estrellas negras, cinco toros y una tambera. El papel, las letras, los dedos y la lapicera. Voy por un caminito, encuentro una alita. Le alzo la pollerita y le toco la cosita. El paraguas. Largo y peludo, mejor para el culo. El pellón.

Me dieron el nacimiento con negro y me rayan con blanco. El pizarrón. Negrita caliente, compone a la gente. La plancha. Soy larguito, bien finito y pego a los tontitos. El puntero. No soy humana y sé hablar, no soy música y hago música, doy las horas sin ser reloj y digo las cosas que busquen. La radio. Doce damas tengo, cada una tiene sus cuartos, todas tienen medias y ninguna zapatos. El reloj.

A mi casa vino un gran señor; es petizo y barrigón; lleva paraguas así llueva o haga sol. ¿Quién será este gran señor? El reloj despertador. Una mulita negra cargada, la carga se le dispara, la mulita queda parada. El revólver. Tiro un hilito, suena un pajarito. La roldana. Dos muchachitos, corren y corren, nunca se alcanzan. Las ruedas. Fui por un caminito, encontré una niñita; le levanté el vestidito, le toqué la cosita. La sombrilla. Saltaba, brincaba y no se contentaba. La taba.

Dos señoritas van al compás, con los pies adelante, los ojos atrás. La tijera. Largo largo como lazo, en cada paso da un martillazo. El tren. Para bailar me pongo la capa porque sin capa no puedo bailar; para bailar me quito la capa porque con capa no puedo bailar. El trompo. Con la espalda camina y con el pecho también. La ushuta. Una señora alta y seca, que le corre la manteca. La vela. Maravilla, maravilla: en el monte se crió y en el altar se acabó. La vela de cera. Dos peludos y un pelado, y otro que camina al lado. La yunta de mulas, el arado y el hombre. Dos hermanitos muy igualitos; cuando llegan a viejos abren los ojitos. Los zapatos.

No son las únicas adivinanzas del libro, pero para muestra que este botón sea suficiente.

Juan Manuel Aragón                   

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