22/12/2021

Opinión

La Argentina es ese país que cree que lo que no se nombra no existe

Por: Juan Manuel Aragón
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La Argentina es ese país que cree que lo que no se nombra no existe

Escribe Juan Manuel Aragón

Una técnica usada mucho tiempo por algunos diarios, especialmente La Prensa y La Nación, fue no nombrar a cierta gente que los molestaba sobremanera. Dado el inmenso poder de la palabra escrita de ese tiempo, lo silenciado por ellos no existía.

A Raúl Scalabrini Ortiz lo pusieron en letras de imprenta cuando dejó de fastidiar a los grandes intereses ferrocarrileros y se convirtió en inocente nombre de estación del tren subterráneo de Buenos Aires. A los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta jamás les dedicaron una línea, es más, los tachaban hasta cuando pagaban avisos fúnebres. También le hicieron el vacío a José María Rosa, cuya “Historia Argentina” se lucía en cientos de miles de bibliotecas de otros tantos paisanos. Salvo cuando decidió apoyar al gobierno de Raúl Alfonsín en la votación para hacer de Chile un país bioceánico. Esa vez les convenía y por primera vez lo elogiaron, sin olvidarse de vilipendiar prolijamente todo su pensamiento anterior, sus libros, sus actos, sus posiciones. Casi como un recién nacido.

El nacionalismo católico argentino ha sido denostado no solamente con el silencio, las pocas veces que salió a la luz por algo en especial, lo tacharon con los motes de “nazi” o “fascista”. A pesar de ese silencio ominoso, que no pesó ni siquiera sobre los extremos pensamientos de la izquierda más violenta e irracional, los nacionalistas siguieron publicando sus revistas, sus libros, dieron conferencias, convencieron a muchísima gente y siguen adelante.

Hay un hecho que, no por muy conocido deja de ser emblemático. El miércoles 19 de mayo de 1976, Jorge Rafael Videla, acompañado por el general José Villarreal, se reunió en un almuerzo, con los escritores Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Alberto Ratti, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores y el sacerdote nacionalista Leonardo Castellani, original autor de obras con una profundidad alcanzada por pocos pensadores de esta orilla del mundo.

En una de las fotos de entonces, se lo ve al cura Castellani con un portafolio, al lado de los otros invitados al almuerzo. Había llevado una carta a Videla pidiéndole por la aparición con vida de Haroldo Conti, pues presumiblemente había sido secuestrado por la dictadura. Recibió el papel de manos de familiares del escritor que, desde el 6 de ese mes no tenían noticias suyas y, según dijo, le pareció razonable la solicitud.

A la salida Sábato manifestó: “El general me dio una excelente impresión Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó la amplitud de criterio y la cultura del presidente”. Borges sostuvo: “Es todo un caballero”. A Castellani Borges lo criticó: sostuvo —cito de memoria— que había molestado con minucias a un general, ocupado en asuntos más importantes.

Cuando la dictadura se fue, entre otras cosas, los diarios de todo el país adjudicaron a los militares una ideología nacionalista que obviamente, estaban lejos de profesar. A esa altura, Borges y, sobre todo Sábato, habían pegado una fenomenal tumba cabeza: los militares ya no les daban “una excelente impresión” ni Videla era un “caballero”. Nadie se admiró al oírlos, cuando se mostraban ignorantes de los crímenes perpetrados durante esos años. Media Argentina estaba al tanto, pero los señores adujeron haber vivido en una burbuja, no sabían nada, se hacían los viejos.

Los diarios nunca se disculparon por haber tratado como “terroristas apátridas” a los izquierdistas muertos en combate, secuestrados, torturados y con sus cadáveres escondidos hasta hoy, y el 10 de diciembre de 1983, se convirtieron en demócratas, mágicamente. ¿Pregunta por un mea culpa?, no me haga reir, por favor, se me despeina el jopo.

Sin embargo, nacionalistas de toda laya, durante las épocas de plomo advirtieron de la realidad que se vivía en ciudades, pueblos y campos de la Argentina, pedían a los militares que se hicieran cargo de sus actos estampando la firma, criticaban el crecimiento exponencial de la deuda externa y, de yapa, denunciaban los manejos turbios del ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz, con empresas como la Ítalo Argentina de Electricidad, de la cual había sido directivo hasta el 28 de marzo del 76.

El Partido Comunista, ¡uy qué miedito!, apoyó la dictadura de Videla solamente para salvar de la hambruna, trigo argentino mediante, a millones de soviéticos empobrecidos por una imposible revolución del proletariado. Eso sí, cuando dos conspicuos miembros del nacionalismo argentino presentaron un escrito ante la Justicia Federal, para no dejarlos participar en la elección del 30 de octubre del 83, entre otras razones por antidemocráticos, los diarios se les carcajearon en la cara.

Es difícil hallar en la historia mundial, un caso patente de empresarios como los dueños de los grandes periódicos de Buenos Aires, actuando cual corporación, en contra de los intereses de su propio país durante tanto tiempo. Los jóvenes de hoy, que ni siquiera saben qué significa la palabra “diario”, es posible que terminen de matar con la ignorancia y el desprecio a los descendientes activos de una casta de argentinos cuyos intereses siempre fueron en contra de sus compatriotas.

Ojalá hallen algo mejor que los memes para reemplazarlos.

Juan Manuel Aragón                   

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