27/12/2020

Opinión

El “capitalismo inclusivo” es como decir “auto sin motor”: no existe

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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El “capitalismo inclusivo” es como decir “auto sin motor”: no existe

Cuando nos quieren embromar, nos inventan nuevos juegos de palabras: la última moda en las altas esferas del pensamiento progresista es hablar de “capitalismo inclusivo”, más o menos lo mismo sería decir “religión incrédula” —la única válida es de los ateos de Cristo— o, si quiere una analogía más fácil “auto sin motor”.

Pues la esencia del capitalismo es, justamente, la exclusión. Si no cree, vamos a una definición básica: “Sistema económico y social basado en la propiedad privada de los medios de producción, en la importancia del capital como generador de riqueza y en la asignación de los recursos a través del mecanismo del mercado”.

Incluir a un pobre en el capitalismo, significaría entregar la propiedad de los medios de producción a quien no los fabricó, soslayar el capital generador de la riqueza de unos pocos y quitar del medio al mercado como regulador natural de la economía. Algo traen bajo el poncho quienes lo plantean, y así intentar una engañifa tal, para hacernos olvidar que el zumo concentrado de algo, sólo porque alguien lo quiere, es otra cosa y no lo que verdaderamente es.

Algo así como si alguien viniera a explicar: “Mire, esta fruta tiene color anaranjado, viene de una planta, el naranjo, parece naranja, tiene forma de naranja, olor a naranja, peso de naranja, pero, observe, la cortamos, la exprimimos y ¡milagro!, le sale líquido de freno de auto, sopa, agua oxigenada, cualquier cosa menos jugo de naranja”.

Cada tiempo tiene palabras como fetiches que dan vueltas alrededor del redondo mundo, encandilando a los hombres de bien con sus falsos oropeles. La década del 60 se llenó de “autenticidad” e hizo olvidar que se podía ser un auténtico canalla. La del 70 fue de la paz con una florcita entre los dientes, a nadie le importaba la única verdadera paz, esto es la nacida de la justicia. En los 80, el boberío internacional se impregnó de lo políticamente correcto, en los 90 fue lo sustentable y sostenible (todavía esperamos una definición certera de su misterioso significado). En los 2000 se afianzó un igualitarismo sin límites ni paredes ni fronteras que, digámoslo porque corresponde, terminó embromando la vida de los más pobres. Y ahora es lo inclusivo como término para abrir cualquier puerta del pensamiento.

Palabra mágica, como las anteriores, lo inclusivo sirve para justificar cualquier atroz choque a lo razonable. Si de algo se dice que es inclusivo, pasa inmediatamente a ser bueno. Los indios americanos practicaban antropofagia, sí, pero inclusiva, porque todos podían ver cómo los caciques sacaban el corazón a sus víctimas y los comían sangrantes, ah, maravillosos indios. Por otra parte, el veganismo es inclusivo pues prohíbe a sus creyentes comer carne de animales vivos, olvidándose de los pobres a la vuelta de su casa, que matarían por un bife duro y quemado para calmar su hambre. Los partidos políticos de mis simpatías son inclusivos y estupendos, ¿o nadie se da cuenta de que todos los otros me han excluido con sus inaceptables ideas?

¿Hay una manera de considerar bueno —por sí mismo— al capitalismo? Al fin hemos hallado una palabra para acomodarlo a nuestros intereses, ¡eureka, amigos!, si lo nombramos adosándole el calificativo “inclusivo”. Y de repente lo mismo criticado ayer, hoy es bueno, aunque no se haya movido un centímetro de su lugar.

“Lo que la Iglesia critica es el espíritu que el capitalismo ha promovido, utilizando el capital para atener y oprimir al hombre", sostiene el Papa Francisco en su libro “Diálogos entre Juan Pablo II y Fidel Castro”.

El Consejo para un Capitalismo Inclusivo con el Vaticano, se trata, según diarios occidentales de “una nueva alianza histórica entre algunos de los mayores líderes de inversiones y actividades empresariales del mundo y el Vaticano”.

Oiga, alguien avísenles: eso no existe, el capitalismo excluye expresamente al individuo como sujeto de alguna mínima preocupación personal o colectiva, tratar de incluirlo es violentar el principio básico de la religión del capital como único motor de la vida humana sobre la Tierra. La única diferencia con el socialismo reside en los modelos de producción, pero ambos tratan al hombre como pieza descartable, máquina sin alma, un número. Nada de nada, en otras palabras.

Mal haría la Iglesia Católica, a más de treinta años de la capitulación del comunismo, intentar un acercamiento al capitalismo, como lo hizo durante cerca de cincuenta años con su contraparte, promoviendo el marxismo alrededor del mundo, armando grupos terroristas y entregándoles un sustento ideológico para su cruenta lucha contra los pueblos. Su intentona es ahora más peligrosa, aquellos escarceos con la izquierda al menos no negaban en lo teórico, lo sagrado de la vida del hombre: en cambio el capitalismo busca carne humana en cualquiera de sus edades o dimensiones, para satisfacer su sed de dinero, único dios ante el que se postran.

Hasta aquí llego hoy. Suficiente para un domingo.

De Santiago del Estero, el día de San Juan, apóstol y evangelista.

Juan Manuel Aragón                   

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