30/12/2020

Opinión

¡Ah!, de todo tenemos que opinar, a favor o en contra

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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¡Ah!, de todo tenemos que opinar, a favor o en contra

¿La verdad?, no creo en las campañitas de los amigos de una y otra tendencia política o partidaria. Por suerte tengo conocidos de todos los colores políticos, de las más variadas tendencias sociales y las más diversas ideas económicas, unos y otros engordan diariamente las marquitas verdes al lado de sus nombres en el “WhatsApp” de mi teléfono móvil, con mensajes al menos estúpidos, por no decir algo peor y perder para siempre su valioso afecto.

Algunos se han ofendido pues les advertí: no importa las veces que manden esos dibujitos tontos, no me van a convencer de pasarme a otra corriente del pensamiento, no es tan fácil. Si discutimos mano a mano es poco probable hacerme tomar otros rumbos, imagínese si con un meme hablando mal de mi manera de filosofar me van a cambiar. Ni loco.

Y si el otro piensa igual, ya está, no sirve el envío, estoy convencido de lo mismo. Muchas veces se lo he señalado con énfasis, sobre todo para advertirle: no abriré tus mensajitos, pero sigue haciéndomelos llegar con un ardor más acorde con causas sublimes, nobles, elevadas.

Che, en serio, es como si uno les pidiera: cuando pases por mi casa, por favor te lo pido, no toques el timbre, no es necesario, estoy bien, muchas gracias. Y ellos, dale y dale, siguen indefinidamente. ¿no ves que no les doy bola a tus reenvíos?

¿Alguien sabe si un hincha de cualquier equipo se convenció de pasarse a otro, solo por haber perdido mano a mano una discusión con un hincha contrario? Podría suceder, es cierto, pero es muy difícil. ¿Creen que, con una ilustración o una foto, más un cartelito el otro,sorprendentemente, va a mudar de parecer? Es como creer que la magia existe.

Gente a quien he planteado este asunto, dice que sabe perfectamente cómo pienso, está segura de su imposibilidad de hacerme recular un centímetro mis ideas sobre este o aquel asunto, pero siente como una compulsión de enviarme sus pareceres, imaginándose mi cara cuando lo vea, miren de tarúpidos.

Les digo: “Mirá, pocas veces abro esos mensajes, sé más o menos de qué se tratan según de quien sean”. Pero al parecer se creen llamados por una convicción religiosa muy profunda y me los tiran a la cara.

En algunas épocas mandan doscientos vídeos por día, cuál más interesante, oiga. Para esos se debería inventar un día de 55 horas, así hay tiempo de mirarlos bien, uno por uno. Eh, paren la mano, en serio les pido. No jodan, che. Por las dudas no miro ninguno, ni me molesto en abrirlos, les “clavo el visto” y chau Pinela. El que avisa no traiciona.

Habría que sacar cálculos sobre cuánta electricidad se consume en esos inoficiosos reenvíos, la mayoría de los cuales son mentirosos, erróneos o directamente un timo total y absoluto. Piense en cientos de turbinas hidroeléctricas funcionando al mismo tiempo, para satisfacer la demanda de millones de telefonitos, enviando mensajes cuyos destinatarios desestimarán por inoficiosos, además del dispendio inútil de dinero, esfuerzo y ciencia aplicada al servicio del prójimo, ¿no le parece una barbaridad?

Además, una pregunta fundamental: ¿Desde cuándo nos volvimos tan apasionados por nuestras ideas?, ¿qué nos pasó para estar impedidos de hablar tres minutos sin sacar un tema espinoso a discusión? Otra cosita, ¿quién ha dicho que se debe tener una opinión sobre todo lo que camina, rueda, se desplaza o repta en el suelo, nada o rema en ríos, lagos y mares o vuela por el cielo?

¿En serio, che?, ¿debemos tener una opinión de todo, a favor o en contra?, ¿no podemos estar en parte de acuerdo y en otra parte en desacuerdo?, ¿no es posible decir “de eso no voy a hablar porque no sé nada” o, como dijo un personajote importante en Santiago del Estero en una entrevista en una radio: “Ahora voy a dejar que hablen mis asesores, porque soy inhóspito en esos temas”?, ¿es mala educación quedarse callado cuando uno no sabe qué decir?

Entonces el mundo anda del todamente davueltado.

Juan Manuel Aragón                   

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