31/12/2020

Opinión

Cómo se restablece el orden en el universo

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Cómo se restablece el orden en el universo

En ocasiones el mundo tenía como un vaivén extraño, una ráfaga de reconvenciones se hacía presente en las fiestas familiares y el equilibrio de los astros quedaba fracturado. Como dicen en el barrio, “juego con desquite, no hay calentura” y por lo tanto a una acción le respondía casi siempre una reacción, obviamente en sentido contrario. Vaya esta introducción y la explicación siguiente, para entender en forma cabal, una situación del mundo antiguo.

El “ohíto chipaco” una diversión típica de los niños santiagueños, ahora en estado de posible extinción dada la escasez creciente de baldíos y patios de tierra, servirá para seguir el hilo del relato. Era un juego relativamente sencillo, para participar había que hacer, preferiblemente contra una pared, tantos hoyos como chicos había dispuestos divertirse. Se necesitaba una pelota de trapo o, en su defecto, de goma.

Cada uno era dueño de un hoyo. La cuestión era arrojar la pelota, desde unos cinco metros más o menos, para acertarle a alguno, mientras en voz alta se gritaba el nombre del elegido. Un decir, usted quería que cayera en el pozo a nombre de Pedro, y mientras la arrojaba gritaba “¡Pedro!”. Si le atinaba, todos salían disparados hacia los cuatro vientos, menos Pedro, pues corría para tomar la pelota, cuando lo hacía gritaba “¡alto ahí” y el resto se quedaba quieto, como estatua.

Entonces Pedro buscaba a su vez, pegarle con la pelota a otro jugador, que sería el perdedor y a quién se le reservaba un fusilamiento. Se lo ponía de espaldas contra una pared o un árbol, y el resto de los participantes, por turno, tiraban a matar con la pelota.

Tenía sus variantes, algunas veces se prescindía de los “ohítos” y la cuestión era lanzar la pelota al aire mientras se gritaba el nombre de alguno: si la barajaba antes de llegar al suelo, nombraba a su vez a otro, generalmente quien había llegado más lejos en la disparada, y ya no tenía tiempo para volver. El fusilamiento se reemplazaba con una prenda cuando participaban las chicas, porque al no ser igualitarios ni inclusivos, preferíamos resguardarlas de la violencia física.

Esos juegos —y el fútbol en la canchita del baldío de la vuelta— establecían una especie de jerarquía entre los varones y a su vez nos ponían al tanto de que las chicas de la cuadra no eran muy distintas de nuestras hermanas como creíamos, en algunos casos —yo no, por supuesto— hasta se formaban parejas de novios, pasado el tiempo.

En julio y agosto, la fabricación y vuelo de barriletes, era una de las ocupaciones favoritas de la cuadra y antes, o después, venía el tiempo de las etiquetas de cigarrillos, el trompo, las bolitas o sentarse en la vereda sin nada que hacer, a especular durante horas acerca de las hazañas que haríamos cuando fuéramos grandes.

El orbe entero tenía un orden, un escalafón. Los grandes hacían cosas de grandes y los chicos teníamos nuestro mundo. Nadie cruzaba para el otro lado, no había para qué. En las fiestas de fin de año, los chicos tenían una mesa, los grandes otra. Mire si en medio de la discusión sobre las virtudes o miserias del economista Lorenzo Sigaut, por dar un caso, un adulto iba a detenerse para explicar a su párvulo quién había sido o en qué tiempo actuó. Los más suaves lo espantaban con un: “Salga de aquí, sabandija, que estamos conversando los grandes”. Si no entendía, la psicopedagogía aplicada del parchazo en la nuca no fallaba.

Los chicos de antes, entendíamos que el mundo de los grandes era ajeno y sobre todo repleto de misterios: ya tendríamos tiempo de develarlos. Endemientras, jugábamos a lo que fuera. Por este tiempo findeañero solíamos ver a primos desparecidos durante el resto del año y nos entendíamos como si los hubiéramos visto el otro día. Las siestas en la casa de los abuelos, hacíamos bochinche jugando al “ohíto chipaco”, los soldaditos, la pilladita, la escondida.

Si aparecía un grande a pedirnos bajar la voz porque nadie podía dormir la siesta, le decíamos “¡ufa, che!”, y cuando se iba yendo, por la espalda y de manera aleve, uno le amagaba un seco.

Entonces el universo volvía a su equilibrio natural.

La imagen es del fotógrafo Jorge Emir Llugdar

Juan Manuel Aragón                   

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