04/01/2021

Opinión

Algunas ventajas de haber llegado a la edad provecta con (algo de) salud

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Algunas ventajas de haber llegado a la edad provecta con (algo de) salud

Los hombres vivían más rápidamente, en los tiempos antiguos, según parece. Si había una guerra, a los 14 años, apenas tenían cómo sostener un arma, se enlistaban para pelear. Muchas veces los padres los mandaban felices, era una boca menos para darle de comer. Si sobrevivía, el muchacho tal vez hacía carrera en la milicia.

Al parecer durante siglos el promedio de vida de los hombres fue de 34 años, mientras las mujeres apenas llegaban a los 30. Con una medicina muy poco avanzada, comparándola con la actual, muchas morían en el parto.

Si un hombre tenía expectativa de vivir hasta los 34 años, a los 16 o 17, andaba por la mitad de su existencia, debía apurarse a correr mundos antes de quedar duro para siempre por una infección mal curada o quizás otra enfermedad que hoy se soluciona con una pastilla.

Un hombre iba a la guerra, volvía, se casaba, volvía a pelear otras batallas, por ahí lo tomaban prisionero, se escapaba, regresaba a su tierra, ponía un negocio, le iba mal e intentaba otro. Luego, enemistado con las autoridades locales se mandaba a mudar al exilio donde escribía un libro, al tiempo volvía al pago, enviudaba, se casaba con otra mujer, engendraba más hijos, regresaba al campo de batalla y lo mataban de un balazo. ¿Qué edad tenía a la hora de la muerte?, 32 años. Eso era vivir a toda velocidad, no macanas.

Quienes llegaban a los 40, seguramente eran veteranos de dos o tres decenas de combates y escaramuzas, habían pasado hambre y frío en campañas azarosas al mando de jefes que, lógicamente, unas veces ganaban y otras perdían. Habían caminado o cabalgado durante muchas exhaustas horas, llevando a veces mochilas pesadísimas, cargando sus armas o los bagajes con lo necesario para la guerra, armas, municiones, alimento. Sumaban una experiencia inestimable cuando llegaba el tiempo de paz.

En el pueblo a los viejos los miraban con respeto. Eran tiempos en que la tecnología no cambiaba mucho, a lo sumo dos o tres detalles, pero el resto seguía igual. Tenga en cuenta que, desde la aparición del estribo en las monturas en Europa, un siglo antes de Cristo, hasta prácticamente la Primera Guerra Mundial, las cargas de caballería fueron moneda común en las batallas. Detalles más, detalles menos, la cuestión era montar, y a todo galope, tratar de acertarle un lanzazo en la panza, a un enemigo. De todas maneras, muchas veces los hombres de 40 se seguían sintiendo fuertes y no dudaban en volver a la aventura de morir o matar en una buena guerra. Muchas veces se daba el caso de que en una misma batalla participaban padres e hijos y no siempre en el mismo bando.

Al revés de ahora, esa sociedad casi no tenía viejos. Muy pocos llegaban a los 60, eran contaditos los setentones y rarísimos los octogenarios. Además, con las comidas de antes, maíz, carne dura, charqui, se quedaban sin dientes a los 40, lo que dificultaba aún más la llegada a una edad provecta.

Por lo escasos, los viejos eran un tesoro a conservar. No solamente se los agasajaba y cuidaba, también se los consultaba y hasta los nombraban senadores. Como su nombre lo indica, el senado es el lugar por excelencia, de los viejos. “Elemento de consulta”, les dicen ahora.

El siglo pasado, de grandes adelantos de la ciencia y la técnica, relegó a los ancianos a un segundo o tercer plano. Cambió por completo la vida, tanto en la guerra como en la paz. Alguien que viniera de aquel tiempo no entendería que la velocidad de los cambios es una característica de la época, a la que deberá adaptarse, so pena de continuar atrasado. Lo único inmutable en el mundo moderno, es el cambio constante.

Si ser viejo es un valor jugando en contra, nadie quiere serlo, pero como es imposible negar el paso de los años, se lo esconde detrás de los afeites de la ropa o las palabras. Los ancianos se visten como niños y se llaman como “chicos”, en un vano intento de mimetizarse. Un anciano de 60, la cabeza teñida o el pelo cortado a la moda, bermuda de color chillón, zapatilla de básquet y gorra de beisbolista, pagando los impuestos en un banco del centro, debe pagar ese precio por seguir en la cresta de la ola y evitar el insulto de ser llamado viejo.

En un mundo de excepciones como reglas, si usted ha pasado los 50, sea la excepción de la excepción, vístase como se espera de un viejo, compórtese como tal, no trate de esconder sus canas ni su panza. Converse a) de su experiencia, b) de sus años mozos, c) de los defectos de la juventud y d) de sus achaques. El resto del mundo no sabe lo que es mirar el mundo con los bifocales de la experiencia, el pijama de las viejas rutinas hechas carne en el alma y las ojotas de caminar haciéndose el tonto, esquivando las balas de la muerte que, día por medio se llevan a un amigo a Villa Antarca.

Anímese a no quedar ridículo sería la consigna de esta nota, si tuviera una.

Juan Manuel Aragón                   

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