10/01/2021

Opinión

Brilla una estrella en medio del bosque

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Brilla una estrella en medio del bosque

Un mechero esa estrella brillando en medio del bosque, en la noche oscura, es el foco de los pobres. Las instrucciones para usar un mechero, si las hubiere, deberían prevenir acerca del humito que sale de la llamita es porque su electricidad, por así llamarla, es gasoil o querosén, pero nunca nafta, porque entonces pasa a ser una Molotov casera. Como si le diera la electricidad.

Diríase que algunos construyen su casa a un costado del algarrobal, solamente para instalar un mechero, colgado de un clavo en un horcón, cerca del techo de la cocina, iluminando las historias que se cuentan a la noche, a la orilla del fuego, mientras los perros duermen tranquilos entre la gente y el guiso burbujea su aroma haciéndose desear. La vida de la familia, al menos cuando se hace tuta—tuta, transcurre bajo su débil luz y sus largas sombras, acechando la noche.

La Radiosol, ya se sabe, es un lujo de la gente rica, que va al pueblo cada dos por tres a proveerse de querosén. Y, aunque cada vez sean menos, en muchos suspiran, todavía hoy, siglo XXI entrando, cuando les hablan de esa ostentación asiática que le dicen electricidad.

En algunos caminos de Santiago, después de que el sol se ha escondido, es posible ver, al tranco del caballo, una lucecita escondida al lado del camino saliendo al encuentro del viajero. Alrededor de ese mechero, habrá una familia, como la suya, amigo, cenando tal vez, esperando al jefe de la familia pues todavía, mire la hora que es, no regresa de su trabajo en la finca vecina. Estarán conversando talvez, después de cenar o haciendo hora para ir al baile.

Es como todo en la vida, cuando se añora. Lo que se tiene todos los días es invisible, no solamente a los ojos sino también en el corazón. Cuando el campesino emigra rumbo a la ciudad, un día, al llegar a la casa y encender la luz con solamente apretar un botoncito, descubre la inmensidad de la distancia que lo separa de su casa, allá lejos y hace tiempo, al lado de un quebrachal inmenso, como desde aquí hasta el Chaco y más allá también.

Quizás ese campesino viviendo en la ciudad, raspa un fósforo para encender el gas de la cocina y revive, como un triste remedo, un pasado feliz al que no regresará jamás. Por más que lo apuren los fantasmas.

Son las paradojas del recuerdo, uno quisiera regresar a esa infancia feliz, aunque no la desea para los hijos, ese tiempo le taladra el cerebro con saudades inmensas, sobre todo cuando llueve o alguna voz le recuerda el pago lindo. El mechero titilando, estrella lejana en medio de las llorosas ramas del bosque perdido es parte de un imposible pasado.

Mejor apago la computadora, antes de continuar dando manija a las saudades.

Hoy es domingo.

La patrona va a hacer tallarines amasados con tuco.

Mañana la sigo.

Juan Manuel Aragón                   

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