25/05/2021

Opinión

Qué había atrás del 25 de mayo de 1810

Reflexión y análisis del ingeniero Juan Manuel Aragón
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Qué había atrás del 25 de mayo de 1810

*Juan Manuel Aragón

Juan Manuel Aragón. (San Miguel de Tucumán, 1930-2005). Ingeniero civil devenido en periodista, en Santiago del Estero. Celebrado por sus notas en el diario El Liberal de esa provincia por escritos firmados como Silvestre Aquino, Santiago Luna, Néstor Núñez, Absalón Alomo. Autor de “Ad sidera visu”, diccionario de astronomía y Folklore santiagueño, recopilación de Julián Cáceres Freire y ordenada por él. Este escrito fue pensado como una lección de historia para sus nietos, a quienes repartió un ejemplar antes de fallecer.

Una vez más se ha celebrado el 25 de mayo con la adhesión de todos. Es notable que haya discordancias en la apreciación de muchísimos hechos de nuestra historia. Con el 25 de mayo, no. Todos estamos de acuerdo. Y es una suerte que los argentinos tengamos algo en común además de los mundiales de fútbol. Pero hay también un gran desconocimiento: los próceres dijeron que se creaba la junta para sostener los derechos de Fernando, nuestro legítimo soberano, que estaba en Francia preso de Napoleón. Nosotros decimos que lo que ellos querían era separarnos de aquella monarquía para aplicar la democracia. Entonces: ¿fueron unos embusteros? ¿hacían una cosa diciendo que querían la contraria? ¿mentían –se dice que se pusieron una máscara para disfrazar sus propósitos– porque el pueblo amaba a Fernando? ¿así que nuestra gloriosa revolución se hizo para engañar al pueblo? ¿en eso, en engañar al pueblo, en engrupirlo, se basa el gobierno propio? ¿Nuestros políticos actuales cuando engañan al pueblo pueden exhibir con orgullo que son continuadores de un ejemplo ilustre? No, no puede ser.

En la enseñanza de la historia hubo, muchísimo tiempo, una tendencia a exagerar la bondad de los próceres. Quería mostrárselos perfectos, impecables, como ángeles, que todo lo hacían bien. Y en consecuencia a sus enemigos como demonios. El mundo se divide entre buenos y malos y a la patria la crearon los buenos. Una simplificación que, por eso, por su simpleza, a muchos entusiasma, pues es fácil. Pero es tonta. Domingo Faustino Sarmiento fue uno de los que reaccionaron contra esa tendencia, esa historia oficial, pues, decía, la historia debe servir ejemplos a imitar, y los héroes inmaculados, con la perfección de estatuas, con la dureza del bronce, no son imitables. Pero los partidarios de esa historia continuaron con diversos argumentos, especialmente el de los inmigrantes: se dijo, a fines del siglo XIX, que a la Argentina venían muchos extraños a nuestro pasado, nuestras costumbres, nuestra cultura, con el peligro de que ellos siguieran adheridos a las tradiciones que traían de sus tierras y así –una mazamorra de pueblos diferentes– nunca alcanzaríamos la unidad que toda nación precisa; para facilitar esa unidad era necesario –dijeron– alterar un poco los hechos, con perjuicio para la verdad pero con el beneficio de que los recién venidos más rápida, entusiasta y efectivamente se integraran a nuestra sociedad. Ahora, en cambio, ha aparecido una tendencia contraria: nos damos cuenta de que nuestros actuales dirigentes, sobre todo la dirigencia política, son bastante deficientes, sinvergüenzas, inútiles, camanduleros y hasta ladrones; entonces se pasa a pensar que siempre ha sido así, y gana fortunas vendiendo libros un miserable que sostiene que el general San Martín era hijo adúltero y ladrón, fuera de otros infundios más. Ante la más bella acción de un prócer se supone que la hizo por obscuros intereses inconfesables, y que lo único que a los hombres los mueve a la acción es el afán de ganancias indebidas.

No debemos pensar así. Ni mostrar una historia de próceres angelicales pues no es verdad y ya pasó el argumento aquel de deslumbrar a los inmigrantes, pues sus descendientes están bien compenetrados en la comunidad, ni ponerse a sospechar que detrás de cada buena acción haya siempre una malicia o un propósito siniestro. No. Hubo próceres que son ejemplos que deben servirnos de guía y de modelo, pe-ro todos fueron hombres, no ángeles, por lo tanto, con los pecados con que cargamos los descendientes de Adán. Con ese ánimo debemos mirar lo que pudo de haber pasado aquel 25 de mayo de acuerdo a sus antecedentes.

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A fines del siglo XVIII se produjeron dos revoluciones que cambiarían profundamente la historia universal y que han tenido consecuencias que seguimos viviendo aún hoy. En Inglaterra la revolución industrial. Aprendieron a manejar el vapor y lo aplicaron a mover maquinarias que hacían –a tremenda velocidad y a muy bajo costo– las tareas a las que antes se dedicaba la gente, especialmente la preparación de telas; también el ferrocarril, que una vez perfeccionado permitiría el transporte de mercaderías, de cosechas, a costos reducidos, y el barco de vapor que cumpliría similares tareas en el mar, pero eso vendría después y lo primero fueron los tejidos, la carpintería, la cerámica, la talabartería, los metales. Y en Francia la revolución política, la revolución francesa, que trastrocaría los antiguos criterios sobre el arte de gobernar.

La revolución francesa parece que va a acabar con la política ahogándola bajo un mar de sangre y de guillotinadas sin fin, hasta que toma el poder un hombre de genio, Napoleón Bonaparte, el guerrero más capaz y exitoso de los últimos siglos y hombre que sabe dirigir a los hombres. Restaura el orden en Francia y amplía su poder dominando la mayor parte de Europa. Chocan las dos revoluciones: los industriales ingleses, que en poco tiempo fabrican todo lo que su pueblo es capaz de consumir, para seguir produciendo necesitan vender sus productos afuera, y Napoleón vé que esta avalancha de importaciones baratas empobrecerá a los artesanos franceses. (Es decir que Napoleón advirtió lo que muchos no serían capaces de ver dos siglos después: las importaciones baratas producen desocupación y por lo tanto pobreza). En consecuencia, Napoleón en lugar de decirles a los franceses agradézcanme que los llevo al primer mundo y voten por mí, prohíbe la entrada de mercaderías inglesas. Van a la guerra. Los ingleses precisan compradores y Napoleón dice que cuando los europeos hayan alcanzado las técnicas como para competir recién abriría los mercados.

La guerra en España

Mientras tanto España, de la que nosotros éramos parte y había sido el mayor imperio del mundo, llevaba ya más de un siglo de decadencia. Su rey era Carlos IV, un inmoral, un inútil que por dedicarse a las delicias del deporte cede el poder a su favorito, Manuel Godoy. Godoy no era mala persona, no, pero tampoco tenía ningún mérito más que el de ser un joven buenmozo. Aplicaría la política que el célebre Napoleón le propusiera. Así como Francia era fuerte por sus ejércitos terrestres, Inglaterra era la reina de los mares. Napoleón consigue que a su escasa flota se una la flota española, también deficiente, bajo el mando de Villeneuve, un francés que sabría, quizás, dirigir ejércitos, pero no escuadras. Y el almirante Nelson, un inglés que era otro genio de la guerra –el Napoleón de los mares– derrota en Trafalgar –a la entrada, desde el Atlántico, del estrecho de Gibraltar– a las escuadras combinadas. Los españoles en aquella batalla harían prodigios de valor que recuerdan el heroísmo de los espartanos en las Termópilas... y son totalmente vencidos, igual que lo espartanos. (Un detalle de aquella batalla: los ingleses recogen a los marinos españoles que han quedado nadando en el mar por el hundimiento de sus navíos y para peor con una horrible tempestad, y –como ellos son gente entendida en cuestiones de coraje– los salvan, los llevan hasta la playa y les hacen un saludo de cañonazos en homenaje al valor de estos vencidos: uno de estos héroes, y que en esa batalla quedaría sordo a consecuencia de reventarle un estampido al lado de la cabeza, era un capitán llamado Baltasar Hidalgo de Cisneros).

Normalmente Inglaterra y España tenían intereses contrapuestos. Para evitar el fortalecimiento de España la hábil política inglesa logró que el Portugal no se uniera a los demás reinos españoles, y cuando don Felipe II logra esa unión que restablecía la Hispania, antigua provincia del imperio romano, los ingleses se darían maña para separarlo de nuevo. El Portugal es un aliado de los ingleses y hasta hoy tratan de conciliar sus políticas. Por ser aliado de su enemigo Napoleón decidió tomarlo, invadiría el Portugal y después lo dividiría en dos partes para hacerlo más débil, y con una de esas mitades crearía un principado cuyo príncipe sería Manuel Godoy. Muy atrayente, ¿no? ¿Qué tendría que hacer Godoy para recibir semejante premio? Francia pedía que España le cediera el derecho de paso, para que sus tropas llegaran al Portugal. Encantado, Godoy concede: que pasen las tropas. Los eficaces ejércitos franceses atraviesan la península en una guerra relámpago, pero llegan a Lisboa justo cuando toda la corte y personajes del gobierno ya estaban embarcados en una flota inglesa para escapar hacia el Brasil. (Vinieron a Río de Janeiro medio salvados por los ingleses, y medio prisioneros de los ingleses que de esa manera evitaban que al caer en manos de Napoleón se unieran a él). Esta intromisión produjo disgusto entre los españoles, ver pasar a los franceses que ahora se dicen amigos, pero siempre habían sido rivales, para atacar a portugueses que tenían otro soberano, pero constituían uno más de los reinos hispánicos. ¿Problemas en España? piensa Napoleón. ¿Pero qué pretenden estos españolitos que ya no son ni sombra de lo que antes eran? Y decide tomar España también. Al inútil Carlos IV lo hace abdicar a favor de Fernando, príncipe al que se lo apodaba el Deseado, un poco porque se pensaba que tendría buenas condiciones y otro poco por el general anhelo de que su padre dejara el trono de una vez, y a Fernando lo hace abdicar a favor de Carlos IV. Entonces, al haber quedado prácticamente vacante el trono de España, se lo concede a su hermano José Bonaparte. Asume José Iº, el que, por alguna presunta afición a la bebida, pasará a la historia como Pepe Botellas. Gran indignación de la gente. Levantamientos populares el 19 de marzo y el 2 de mayo de 1808 en Aranjuez y en Madrid. Comienza la guerra de la Independencia.

El pueblo se engaña, no sabe qué es lo que pasa. Lo que pasa, en realidad, es que Carlos y Fernando son unos inútiles, sinvergüenzas y cobardes, que se acoquinan frente al poderoso Napoleón y ceden ante su voluntad. El pueblo, en cambio, imagina que el Deseado ha sido apresado por Napoleón, y que no va a Francia por su voluntad, sino que Napoleón lo lleva preso.

(Hay una anécdota ilustrativa de esta situación de desconcierto que, como argentinos, nos toca de cerca. El general Francisco Miguel Solano, marqués del Socorro, comandante de Andalucía y gobernador de Cádiz, publica un bando con normas sobre la defensa; está de acuerdo en que hay que luchar contra los invasores franceses, pero no desconoce el problema central: ¿a favor de quién vamos a luchar si nuestro Deseado príncipe se ha ido a Francia porque ha querido, por no luchar contra Napoleón? El pueblo se indigna: vamos a luchar en defensa de los derechos de nuestro amado Fernando VII, que no se ha ido, sino que ha sido alevosamente traicionado y apresado por esa bestia de sangre y de muerte que es Napoleón. El pueblo de Cádiz no sólo se indigna, sino que arremete contra la sede del gobernador militar. El jefe del regimiento pide permiso a su general para reprimir esa muchedumbre descontrolada y furiosa que avanza en su búsqueda. Solano le dice que no, que se trata de un pueblo que está engañado, confundido, pero que es innegablemente patriota. Y quiere salvarse él subiendo al techo y saltando al techo de la casa vecina. Pero la multitud lo vé, ataca la casa, despedaza al general y de yapa la despedaza a la vecina también. El jefe del regimiento, que amaba y respetaba a su general a quien no pudo salvar, era un americano que se llamaba José de San Martín. Desde aquel día le quedó un especial horror por los tumultos, los desórdenes, las puebladas, la indebida intromisión de la plebe ignorante y atrevida)

Los pueblos acataban y amaban a sus monarcas que por seguir un orden aceptado de sucesión eran continuadores de los monarcas que habían regido a sus abuelos, y por lo tanto consustanciados con la patria. Los españoles, al darse de facto con un rey nuevo, podían haberlo aceptado, como algunos lo hicieron. Pero, en una clamorosa mayoría, sostienen la necesidad de oponerse a los invasores y se pronuncian entusiastas por el rey depuesto haciendo nunca vistos prodigios de valor como son las defensas de Gerona y de Zaragoza. A falta de rey legítimo, nombran juntas. Ese criterio de allá, que las juntas del pueblo asuman el poder hasta que vuelva el rey legítimo, es el mismo sostenido en América, y luchan por los derechos del amado Fernando que no es merecedor de esos esfuerzos. Pepe Botellas reina en Madrid, con la oposición de las juntas creadas en todas partes y, para ordenar algo ese batifondo, en Sevilla se instala una junta central.

Mientras tanto

Estando España aliada a Francia (como lo vimos en Trafalgar, en octubre de 1805), e Inglaterra en guerra con Francia, entonces, por carácter transitivo, está Inglaterra en guerra con nosotros también. En consecuencia,Béresford en 1806 invade y toma Buenos Aires. De lo que sabemos sobre estas invasiones recordemos que motivan la aparición aquí de dos partidos, el de Liniers y el de Álzaga, los más distinguidos en la defensa. Por el clamor del pueblo de Buenos Aires el virrey Sobremonte es llevado a España para juzgar su conducta y se le concede a Liniers el mando virreynal.

Dos jefes valiosos y meritorios, aunque sin duda Álzaga tuviera una personalidad mucho más rica y destacada que Liniers. Como alcalde de primer voto del cabildo de Buenos Aires prepara Álzaga una invasión al Brasil. Tendría el objeto de recuperar territorios que los portugueses venían quitándonos siempre, de poco en poco y de mucho en mucho. Si no tanto como restituir la línea del tratado de Tordesillas, por lo menos volver a ocupar el Guaira, los territorios que ahora son Río Grande, San Pablo y Santa Catalina del Sur, la región que antes le daba a la provincia del Paraguay una salida directa al Atlántico. Prepara meticulosamente la invasión, previendo la recluta de la gente, su adiestramiento, las armas y demás pertrechos pero, justo-justo cuando estábamos listos para iniciar el ataque, llegaba a Río de Janeiro la escuadra de más de cien navíos de guerra de los ingleses que venían trayendo la corte portuguesa. Se podía preparar una guerra con el Brasil, pero resultaba imposible ni pensar, en esas circunstancias, en una guerra contra los ingleses también. Quedamos con los planes hechos, pero sin recuperar nuestros territorios.

Ese mismo 1808 en Cochabamba se hizo una revolución. Se nombró una junta para que se encargase del gobierno con similares argumentos a los de España y que dos años después se emplearían en Buenos Aires. Las autoridades sofocan esta revolución con el auxilio de tropas mandadas desde Buenos Aires, lo que sería un motivo más para que los altoperuanos se quedaran odiándonos a los de las provincias abajeñas. El 1º de enero de 1809 Álzaga encabeza una revolución en Buenos Aires. Quiere destituirlo a Liniers, a quien –además de ser su enemigo personal por rivalidades y celos– acusa de mal gobierno y de favoritismo hacia su querida, la Perichona , y de sospechoso de entenderse con el enemigo, ya que Liniers es francés. Fracasa la revolución, Liniers se mantiene en el poder con el apoyo de las tropas de Saavedra y destierra a Álzaga en Carmen de Patagones.

Arreglo entre Inglaterra y España

Ya se ha dicho que el pueblo español se rebela contra los franceses en defensa de los derechos al trono de Fernando VII. Pero es lucha desigual y salvo ciertos triunfos puntuales, como la batalla de Bailén, llevamos las de perder. Las guerrillas populares dan lecciones de coraje. pero poco pueden contra el enemigo experimentado, eficaz y conducido por el genio de la guerra. Evidentemente necesitamos aliados, y ahora el aliado lógico es Inglaterra, ya que esta vez tenemos el mismo enemigo: Francia. La Junta de Sevilla plantea formalmente la alianza. Pero los ingleses, dispuestos a aceptar pues les conviene abrir un nuevo frente contra Napoleón, se hacen de rogar: dicen que sí, que están dispuestos a ayudarnos, con la condición de que se levanten las trabas para que ellos comercien libremente con el puerto de Buenos Aires. ¿Qué va a hacer la junta? La junta sabe, como es lógico, que eso traería la ruina de nuestra producción, así como Napoleón veía que esa competencia arruinaría a Europa, pero necesita ayuda para el bien del todo, y el mal de una parte –el comercio de Buenos Aires y su virreynato– es menos importante que la salvación de toda la nación. Por otra parte, piensa que el comercio inglés no resultaría tan catastrófico pues, de todas maneras, por medio del contrabando que resultaba imposible impedir, ya comerciaban bastante. Así que la junta de Sevilla acepta: les dará libertad de comercio. Una buena ocasión para cambiar a ese Liniers que estaba creando problemas y resultaba sospechoso aunque no hubiera ninguna prueba de deslealtad. Así que nombra virrey a aquel capitán Baltasar Hidalgo de Cisneros que se cubriera de honor en Trafalgar y le da instrucciones de abrir el puerto al comercio inglés.

Viene Cisneros y ya desde Montevideo se pone en contacto con los amigos de Álzaga buscando tener un partido a su favor. Se hace cargo. Vé que la entrada del comercio inglés producirá un gran descontento, pues destruirá las industrias del interior. Lo de siempre: las importaciones baratas arruinan las industrias locales y causan desocupación. Entonces, para no imponer por la fuerza una política que sería perjudicial para sus gobernados, lo pondría en una situación antipática y le crearía oposición, busca que se lo pidan. Que le pidan lo que él ya tiene la orden de hacer. Va a abrir el puerto, sí, pero quedará más simpático si disimula esa orden y en cambio muestra que está cediendo ante la solicitud de un sector de los empresarios porteños. Que sean los ganaderos, exportadores, quienes lo soliciten. Al escrito a favor de la libertad de los ingleses a meternos su comercio lo redacta el hombre adecuado, Manuel Belgrano, que entiende de economía pues siendo secretario perpetuo del Consulado de Comercio tiene la función de colaborar con el virrey en trámites de esta índole. Pero, por eso mismo, por ser Belgrano un funcionario del gobierno, quedaría claro que es el gobierno mismo el que desea esa libertad. Se habla a Mariano Moreno para que firme el pedido y éste acepta, pues como abogado que ejerce la profesión está para ver que precisan sus clientes, no si se trata de una causa justa y conveniente, que eso no es función de los abogados sino de los jueces y de los gobernantes. Esta es la historia de la representación de los hacendados. Una medida que trajo pobreza, sobre todo a las provincias más artesanales, las del Alto Perú, dispuesta por la Junta de Sevilla y hábilmente conducida por Cisneros para que no se viera de quién era la culpa. Se sabe que es un escrito de Belgrano, no de Moreno, por la redacción, típica de Belgrano y nada que ver con la redacción de Moreno, y sobre todo por el hecho de que en las partes en que se refiere a ganaderos y a campos concretos nombra ejemplos de la Banda Oriental, en donde Belgrano bien conocía campos, gente y situaciones, pues su familia tenía haciendas allí y Moreno ni conocía pues nunca fue. Pero la prueba principal de que era una decisión de la junta de Sevilla y no un pedido en representación de nadie, es que está entre las instrucciones que Cisneros recibe al hacerse cargo: debía hacerlo porque, conveniente o no, era una condición de los ingleses para colaborar en la lucha contra Napoleón.

Una princesa entrometida

Con la corte del Portugal instalada en Río de Janeiro aparece la posibilidad de una política distinta. La reina era María de Braganza, pero no podía gobernar porque estaba loca y en su nombre ejercía la regencia su hijo Juan (que una vez muerta ella reinaría como Juan VI) casado con la infanta Carlota Joaquina de Borbón, hermana mayor de nuestro amado Fernando. Si tenemos una legítima princesa española en Río de Janeiro, aquí a un paso, ¿por qué no pedirle que se hiciera cargo del poder y nos gobernara en nombre de su hermano? Era lo lógico para quienes pensaran con criterio legalista. ¿No tenía más derechos ella, hermana, que unos señores reunidos en Sevilla que ni siquiera Fernando los había nombrado? Muchísimos adhirieron a este proyecto, entre ellos todos o casi todos los que integrarían la junta del 25 de mayo. Algunos en forma muy decidida, como don Manuel Belgrano, y otros menos ostensibles, como Mariano Moreno. El único personaje actuante en política que abiertamente se opuso fue don Martín de Álzaga, aunque después también se lo acusaría de participar en esto. Reconocía Álzaga, como todos ya que todos eran monárquicos, el derecho de la infanta por su origen, pero temía –como se lo indicaba la prudencia– que la prisión de Fernando durara quien sabe hasta cuando, incluso que no volviera nunca más, y, en ese caso, ¿no corríamos el riesgo de que la Carlota se quedara definitivamente? Y, sobre todo, ¿no tendríamos el peligro de que ella –o su marido– terminara anexándonos al Brasil? Había un claro concepto de la misión del virreynato del Río de la Plata. El virreynato se había creado en consecuencia de la idea de don Pedro de Cevallos de reunir en un solo cuerpo a las provincias que limitaban con el Brasil, para que su unión facilitara la defensa y le impidiera extenderse hasta el Río de la Plata. Es decir que nos hemos independizado del Perú, hemos nacido como una institución separada, para defendernos mejor frente a los brasileños. ¿No sería peligroso, entonces, que esta infanta acabara con nuestra razón de ser? (Los carlotistas eran dueños de retrucar que pues no habíamos po-dido unirnos a los portugueses en la Península bien podría ser que de esta regencia de la Carlota surgie-ra una América luso-española unida, estableciendo aquí la integración que no pudo lograrse allá, lo que también hubiera sido atendible pues facilitaría la defensa ante franceses que nos invadían e ingleses siempre dispuestos a apoderarse de nosotros. Pero esa es otra historia, y no se dio).

En aquellos tiempos había un cierto horror por la democracia, ya que se tenía la experiencia de la locura sangrienta que había desatado en Francia, locura que para ordenarse precisó de la mano firme de un Napoleón. Álzaga pensaba que. ya que nuestro legítimo rey estaba preso y a Pepe, su ilegítimo reemplazante, lo rechazábamos por meterse sin que se lo llamara, una solución podía ser la república, no una democracia desbocada, como la francesa, sino una moderada república, como la que habían instalado los norteamericanos y ya llevaba tres décadas de correcto funcionamiento. Podía ser, sí, pero su idea no trascendió ni él se ocupó de difundirla.

Se viene

En España se sigue luchando, pero la guerra está perdida. Todos los patriotas están a favor de la libertad y de la independencia, es decir a favor del ausente Fernando y en contra de Pepe y de los franceses. Las guerrillas son un dolor de cabeza para el gobierno de Pepe, pero es indudable que el rey es él, ya que los que luchan por la independencia sólo controlan el puerto de Cádiz gracias al auxilio de la flota británica. Y en este desastre general cae la junta de Sevilla, la que nos había enviado nuestro virrey. Entonces, ¿a quién representaba él? ¿quién era Cisneros para mandarnos si no lo ha enviado nuestro Deseado Fernando y la junta central que había asumido su representación ya no existía más? A la cuestión no la plantean los opositores sino el mismo virrey, que en España había sido del partido de los juntistas.

Casi todas las revoluciones, por el hecho de ser una revolución, una revuelta, una revolvida o un revoltijo que altera y cambia un orden existente, van acompañadas de cierta cuota de violencia. Hace unos días en una nota Félix Luna se ha referido a un detalle notable de la revolución de mayo, que inicia un período de quince años de violencias, de guerras y hasta de terror, pero comienza como un movimiento pacífico de serenos y considerados vecinos que concuerdan en buscar un modo de gobernarse legalmente en paz para salvarnos de soportar a un aborrecido Pepe al que se vé ligado a las hecatombes producidas por su hermano. Sí, siempre nos hemos ufanado de esa característica, una revolución que nace incruenta. Pero no va Luna un poquito más adelante para buscar la causa de esta característica. Parece evidente que la causa de esa prudencia y falta de violencia es que se trata de una revolución producida por el mismo jefe del gobierno. Es el propio virrey el que dice tienen –o tenemos– que establecer un gobierno. En el primer momento se acuerda que al nuevo gobierno lo presida él mismo, por ser gobernante en ejercicio, y como vocal-presidente le correspondería el mando sobre la tropa militar. ¿Por qué la gente se echa atrás y en vez de aprobar aquella junta primera del 24 de mayo pide su cambio? Porque los militares no ven con agrado ser mandados por Cisneros y confían más en Saavedra. No se lo saca por ser monárquico, pues todos lo eran; no por haber nacido allá lejos, pues eso no era motivo para impugnar a Larrea ni a Matheu. Una de las primeras decisiones de la junta instalada el 25 de mayo sería la de otorgar a Cisneros un sueldo de 12.000 pesos al año, más que los 8.000 que se le fijaron a Saavedra y mucho más que los 3.000 dispuestos para los vocales. El 26 de mayo, Cisneros, aunque ya sin ninguna función de gobierno, manda una circular a las autoridades del virreynato concitándolas a reconocer al nuevo gobierno, con lo que él legaliza la revolución, y la junta aprueba esta medida suya. Es decir que el personaje más trascendente en esas jornadas, el que muestra que su poder se ha acabado y hay que tomar una decisión, que son buenas las juntas pues él ya era juntista en España antes de venir, y que luego llama a los funcionarios a colaborar con las nuevas autoridades, es don Baltasar Hidalgo de Cisneros.

Al actuar de este modo Cisneros no era traidor a sus deberes, sino que, a sus funciones de velar por el mantenimiento de los derechos de Fernando, en contra de Pepe, las confía en manos de la nueva junta, la que adopta el nombre de Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata por el Señor Don Fernando VII, que si se instalara ahora logicamente se llamaría JuProVII. (Después se le diría primera, a pesar de que evidentemente fue segunda, o tercera o cuarta si contamos las de Cochabamba y La Paz, para ocultar el nombre que ellos mismos le asignan). Que la junta toma en serio sus funciones lo demuestra a los pocos días, pues el 30 de mayo, cumpleaños de Fernando, hace oficiar un tedéum para celebrar su instalación y el cumpleaños. Dice la misa el deán Estanislao Zavaleta, tucumano, y en su prédica se refiere a la función del nuevo gobierno de conservar ilesos los derechos del rey, derechos que los pueblos reasumían por las tristes y calamitosas circunstancias de la Madre Patria. Los señores de la junta estuvieron tan de acuerdo con este sermón que lo mandaron imprimir para ilustración de la ciudadanía.

Se dice que antes de la revolución en Buenos Aires hubo una conspiración. Es posible que algo hubiera, y algunos fueran partidarios de los franceses y otros de los ingleses, los grandes imperios del momento. Pero si hubo conspiración o no lo que se sabe de seguro es que no influyó para nada, que la atención de la gente estaba en los franceses invasores y en nuestro rey preso. Tampoco se sabe con seguridad cómo surgen los integrantes de la junta, aunque hay indicios de que Saavedra y Azcuénaga son representantes de las tropas, Alberti del clero, Belgrano y Castelli del partido de los carlotistas, Moreno, Larrea y Matheu del partido de Álzaga aunque otros dicen que Larrea y Matheu representan a los comerciantes y a Moreno y Paso se los pone de secretarios por ser abogados. El 25 de mayo el pueblo no influyó para nada; los que influyeron fueron los oficiales de los patricios.

Falsedades

Todo esto no es más que un pantallazo, un brevísimo resumen de cómo vino la cosa. En la realidad siempre hay muchas más complicaciones. Pero se vé un conjunto de patriotas dispuestos a tomar las medidas que las circunstancias exigían. Estábamos invadidos por los franceses, el rey era un abominable Pepe Botellas al que habíamos resuelto no aceptar, aunque él para hacerse simpático hiciera dictar una Constitución liberal. Había otros peligros, como el de la Carlota, y el de los ingleses siempre al acecho, y en medio de todo eso se dieron maña para conducir un gobierno que, medio bien y medio mal, pudo salir adelante. Por supuesto que no todos eran buenos y entre ellos también actuaron algunos espías pagados por Inglaterra y otros por el Brasil, pero el conjunto funcionó bien. Hicieron lo que pudie-ron. Y eso nos llena de satisfacción y orgullo. La revolución no era contra Fernando, ni contra España, ni contra la monarquía, ni contra un sistema de comercio, sino contra la invasión francesa, contra Pepe, contra Napoleón.

Se decide invitar a las provincias, como el mismo Cisneros ya lo había aconsejado, pues las provincias dependían del virrey, pero no de la ciudad en la que él tenía su asiento, y de inmediato se convoca un ejército para que lleve la invitación. En algunas ciudades, como en Santiago del Estero, se recibe la nota y no se decide nada pues el cabildo no tiene injerencia en esa materia; se manda la comunicación a nuestra capital, Salta en ese tiempo, para que el gobernador decida, y el gobernador Isasmendi decide adherir a la junta, así que sin chistar nos adherimos a la revolución de mayo. En otras provincias no pasa lo mismo, Córdoba se opone y es doblegada, pero los ejércitos mandados por la junta no pueden doblegar a Montevideo, al Paraguay ni mucho menos al Alto Perú. En medio de todo esto Mariano Moreno, secretario de Guerra, renueva los planes de Álzaga de recuperar el Río Grande del Sur; no se pudo ni iniciar su recuperación, pero se vé que era gente animosa y bien dispuesta, que si lo hubieran logrado distinta habría sido la historia.

Pero como los problemas nunca se acaban después vinieron presentándose otros que hubo que afrontar de acuerdo a las circunstancias y a los criterios de las sucesivas autoridades que se renovaban con demasiada velocidad. En 1814 nuestro amado Fernando recupera su trono con lo que podíamos pensar que la revolución lograba su objeto, pero Fernando, en vez de agradecer y felicitar a todo su pueblo de Europa y de América que con heroísmo luchó por sus derechos, reclamó con el criterio de que los reyes deben ser obedecidos, así que nuestra obligación –según él– era la de acatar la autoridad de Pepe: debíamos haberlo respetado, disciplinados, en lugar de rebelarnos. Muchos héroes de la guerra de la independencia en España acabarían ajusticiados por este miserable rey desagradecido. Las circunstancias van cambiando y hay que cambiar las políticas. Manuel Moreno, hermano menor de Mariano y que viajaba con él como su secretario en el viaje en que murió, escribió su biografía mostrando su lealtad al soberano; años después, cuando ya había la seguridad de que aquí no se instalaría una monarquía, volvió a escribirla y la corrigió, para hacer ver que desde un principio él quiso la separación y la república. Siempre estuvimos a favor de la independencia y de la libertad, es claro, pero al ánimo de liberarnos de Pepe y de los franceses después lo transformaríamos en ansias de separarnos de España, de Fernando y de la monarquía. Pero eso sería después, no en mayo de 1810. Cisneros podría haber continuado en muy buenas relaciones con la junta, como comenzó. Si no fue así se debió a que la junta en el primer momento prometió que todas sus medidas serían públicas, y en seguida, por razones comprensibles, debió adoptar decisiones secretas. La Audiencia –el poder judicial– se lo reclamó, se le puso en contra, hubo disputas y hasta violencias, y Cisneros se puso a favor de la Audiencia. La junta lo despachó, que se mandara a mudar, y Cisneros, ahora ya como un decidido opositor, se marcharía a Montevideo y de allí a España a continuar la misma lucha por la libertad y la independencia.

Pasan las circunstancias y cambian los criterios. De aquellos próceres no tenemos que avergonzarnos pues hicieron lo que debieron hacer en su momento. Ante dos tremendos imperios del primer mundo se manifiestan a favor de un gobierno propio resguardando la legalidad.

Un imperio tenía preso a nuestro rey y sojuzgada la Madre Patria y no nos rendimos a él; el otro imperio dominaba los mares y el comercio y, de un modo u otro, no nos rendimos sin condiciones, aunque en años sucesivos se presentaran diversas alternativas. Después, establecida la república, abandonada la lealtad a la corona, desaparecido el amor por el príncipe que se creía prisionero, se inventó que los revolucionarios de mayo desde un primer momento habían estado a favor de la separación, de la democracia, y que para engañar al pueblo leal a sus antiguas autoridades usaron sus argumentos como una máscara. Es decir que nuestros gobiernos propios se habrían inaugurado con una mentira, con una mistificación. Eso es falso, como también son falsas las leyendas creadas para atribuirles ciertas inclinaciones a esos primeros gobernantes usándolos para prestigiar conceptos posteriores.

La escuela de matemática. Aquellos tiempos no había estudios de milicia como los hubo después, con liceos y escuelas de guerra. Los militares se preparaban con algo de ejercicios, mucha lectura de los grandes guerreros y, como teoría, la matemática, imprescindible para la logística, para sacar cuentas de los pertrechos, del avituallamiento, de las velocidades de las marchas, de la topografía, de la elevación y alcance de los disparos de artillería. Así que para preparar a los oficiales que necesitaríamos la junta creó esta escuela, que era una escuela de instrucción militar como lo reconoce Belgrano pues en su discurso al inaugurarla no se dirige a los jóvenes estudiantes sino a la “juventud guerrera”. Se deforma la historia pretendiendo hacernos creer que aquellos próceres que se disponían para la guerra tenían mayor preocupación por la educación de los jóvenes para el comercio y la industria. No es cierto: fue una escuela de guerra, como era lógico ya que lo imponían las circunstancias.

La biblioteca nacional. Con el mismo afán de darle bombo a los actuales gremios de educadores se dice que la junta –o más especificamente: Mariano Moreno– haciéndose tiempo en sus graves ocupaciones gracias a sus desvelos creó la biblioteca. No es así. Los jesuitas habían sido desterrados tres décadas antes y su biblioteca se había incorporado a la del Real Colegio de San Carlos, donde se les unieron los libros donados por el obispo Azamor y Ramírez. Adoptado el local del colegio para cuartel de los patricios esa biblioteca corría el riesgo de disgregarse, así que el padre Luis Chorroarín hizo las gestiones para que el virrey creara con ellos una biblioteca pública. Los trámites terminan cuando ya la junta lo ha reemplazado a Cisneros. Chorroarín, como iniciador de la gestión, agradece a la junta su decisión; la biblioteca se inaugura cuando ya Moreno había muerto; que Moreno fuera el iniciador de esta creación recién se publica en su segunda biografía, editada por su hermano en 1835. Mientras tanto era público y sabido que su único promotor había sido el padre Chorroarín.

La libertad de prensa. La junta creó La Gazeta de Buenos Aires, sí. Pero gacetas se les decía a los periódicos oficiales, a los boletines de los gobiernos, que son muy necesarios para dar a conocer las noticias y criterios de la administración, pero no son lo que se llama prensa libre, con libertad de opinar sino con la opinión oficial. Años después a la misma Gaceta se le daría el nombre que se aplica hasta la actualidad a este tipo de periódicos: Boletín Oficial. No empezó en 1810 la prensa libre pues ya existía desde mucho antes. A principios de siglo había aparecido El Telégrafo Mercantil, luego el Semanario de Industria y Comercio de Hipólito Vieytes y en marzo de 1810 El Correo de Comercio de Belgrano, empresas privadas y con opinión independiente. Prensa libre ya había desde antes. Si Mariano Moreno en 1802 publica en Chuquisaca su defensa de los indios mitayos es porque libertad había. Es cierto, sí, que la junta dictaría una ley de libertad de prensa, dando amplias libertades y al mismo tiempo fijándose pena de muerte para el que publique algo contra el gobierno. No estaba mal eso, ya que era necesario en tiempos duros y enfrentando los peligros de una guerra.

El generalato de Belgrano. Se lo pinta a Belgrano como un hombre muy civil que, debido a las circunstancias y a las necesidades debió improvisarse militar. Falsedad usada para desprestigiar a la milicia pues el prócer sólo por graves circunstancias aceptaría ser militar, y para justificar sus posteriores fracasos. Aquellos tiempos no había una carrera militar bien establecida, reglamentada, con un escalafón rígido y ascensos y retiros a su debido tiempo. No. Había, sí, en España tropas que estaban en sus cuarteles o haciendo la guerra, y aquí guarniciones en los fortines, pero además se concedían grados militares para que señores que gozaban de la confianza del gobierno, caso de Belgrano, o señores destacados en encuentros con los indios, caso de Juan Francisco Borges que fuera premiado con un grado de capitán por su lucha contra la gente de Túpac Amaru, tuviera asignado su puesto de servicio en caso de producirse una guerra. Así a Belgrano se le dio el grado de capitán de milicias urbanas, lo que no le obligaba a vivir en los cuarteles, y cuando se producen las invasiones inglesas él se da cuenta de lo mal que habían hecho él y otros como él de no prepararse debidamente. Para prepararse asiste al regimiento de Patricios, que le da el grado de sargento mayor y Belgrano disciplinadamente estudia tácticas y manejo de armas. Después Liniers lo distingue haciéndolo su edecán. Vale decir que desde antes de 1810 ya era militar, actuaba como militar con las características de la época (como que el coronel Saavedra además de ser jefe de los patricios seguía despachando en su almacén) y gracias a su dedicación era de los que tenían mejorcitos conocimientos. De no ser así hubiera sido una irresponsabilidad de la junta dar mando de general a un ignorante de esa actividad.

El obispo Lué. En el cabildo abierto del 22 de mayo, cuando la mayoría opina –con variantes– que Cisneros debe cesar, el obispo Lué se muestra partidario de que Cisneros continúe gobernando pero que ahora se le asocie la Real Audiencia, es decir el Poder Judicial. Una idea que en el futuro se repetirá algunas veces, que en situaciones difíciles al Ejecutivo se le asocie el Judicial. Una opinión bastante sensata con la que se podría coincidir o no. Muchos años después Saavedra, memorando este cabildo, dirá que la opinión del obispo era que habiendo un español europeo en América a él le correspondía el mando. Una opinión absurda. Sin embargo se sigue diciendo eso, algo que sólo Saavedra recordó y muchos años después, cuando ya tenía tiempo de haberse olvidado, en vez de leer la opinión del obispo en las actas del cabildo.

Saavedra vs. Moreno. Sí, tenían sus diferencias. Moreno venía del partido de Álzaga que el 1º de enero de 1809 fracasó ante Liniers por el apoyo de Saavedra, lo que supone, por lo menos, una antipatía. Saavedra era caudillo de los militares y en abril de 1811 se vería que también del bajo pueblo, de la gente de las afueras, y a Moreno lo seguían los jóvenes del centro, los tenderos, los bochincheros. Cuando el capitán Duarte, a los postres de un banquete, ya borracho, le ofrece a Saavedra la corona de azúcar de una torta, Moreno –con sangre en el ojo por no haber sido invitado– dice que eso es un crimen que “ni ebrio ni dormido” puede soportar ningún ciudadano de Buenos Aires. ¿Cuál es el crimen? Ofrecer a otro una corona que sólo corresponde al amado Fernando, lo que no debe hacerse ni en bromas. Después viene la incorporación a la junta de los diputados de las provincias: Saavedra quiere que se incorporen, porque se les prometió; Moreno que formen un Poder Legislativo, porque no funcionaría un Ejecutivo demasiado numeroso. Tienen razón los dos: hubo una promesa lógica y se debe cumplir lo prometido, y por otra parte conviene que el poder se centre en pocas manos. La junta no lo manda a Moreno a Inglaterra para deshacerse de él sino que, ya separa-do del gobierno, el mismo Moreno solicita ser enviado.

French y Beruti. Como demostración de que aquel 25 de mayo se quiso que nos separáramos de la monárquica España creando nuestra propia democracia se dice que French y Beruti repartieron cintas celestes y blancas, inicio de una nueva bandera que nos mostraría separados. No es así. Como manifestación de apoyo al rey ausente se repartieron retratos de Fernando, retratos impresos días antes para una fiesta. Cintas celestes repartiría French recién en la revolución de octubre de 1812.

Recordamos con amor y respeto aquella revolución de mayo por la dedicación, el esfuerzo y el talento de sus partícipes. Pero se piensa una cosa y sale otra. Seguramente no querían que una gran nación que éramos terminara despedazada en una multitud de republiquetas. San Martín quiso crear una monarquía americana que por lo menos reuniera a los virreynatos de Buenos Aires y del Perú. Bolívar trató de organizar un congreso en el Panamá aunando a las nacioncitas que se habían creado para que no se disgregaran del todo. Es buena la unión, la suma, la integración; habernos desparramado es una desgracia, pero en ningún momento los próceres de 1810 se propusieron eso.

Lo notable del caso es que los argentinos que ahora están encantados con la ilusión de incorporarse como colonias de un nuevo imperio mundial, festejen que con la revolución de mayo se le pusiera fin a los restos del imperio de nosotros, a la nación que nos tenía unidos con América Central y del Norte, con Europa y con las Filipinas. Se alegran de que la revolución nos separara de nuestras naciones hermanas –cosa que los revolucionarios no quisieron– para ahora unirnos sumisa y devotamente al nuevo imperio mundial.

Todo esto no quiere decir que la revolución de mayo fuera obra de Cisneros. No. Él no la hizo, sólo la facilitó. Antes y después del 25 de mayo los argentinos tuvimos días de gloria, de grandeza, y días de oprobio y de vergüenza, como los actuales. Lo que vendría después de aquel 25 de mayo no sería gracias a él ni tampoco por culpa de él.



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