18/06/2021

Culturas

Si el gatito fuera más grande, nos devora

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24).
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Si el gatito fuera más grande, nos devora

Entre el amigable perro y el gato maula, me quedo con el gato: sabe hallar su comida, tiene independencia de criterio, vida propia, no depende de nadie y no mueve estúpidamente la cola cuando llego: me mira con un dejo de indiferencia, desinterés y abulia. Si estoy, bien, si no, lo mismo.

Es como esos tíos viejos que aparecen de vez en cuando y no quieren quedar bien con hermanos y cuñados. Lo invitan a las reuniones familiares porque no hay más remedio; rechaza con molestia los cariños del sobrinaje: “Estoy viejo para estas paparruchadas”, dice y lo espanta con gesto agrio. Sin embargo, la gente menuda de la casa lo adora.

El gato tampoco aguaita cariño ni depende de usted para tomar agua, se la procura solo, para eso tiene cuatro patas, buen olfato y una disposición soberana envidiada por muchos. Siguen el mandato evangélico: no siembran ni siegan ni recogen en graneros y el Padre Celestial no les deja faltar ratones.

Si se marcha, ocasionalmente un vecino dice haberlo visto por el techo, persiguiendo un amor. Al cabo de un tiempo tal vez tan largo como una vida, reaparecerá, entero como el tío viejo, tranquilo, sabiendo que nada debe a nadie.

Es un animal salvaje, nunca se adaptó a la civilización: odia tu olor, tu forma de ser, tu casa, tu comida, tus hijos, tu mujer, tus zapatos tu baño. Vuelve porque algo le recuerda ese plato de leche que le ofreciste de pequeño. Por ahí he leído que si tuvieran el tamaño de un tigre nos comerían crudos. Quizás sea cierto.

Juan Manuel Aragón                   

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