07/07/2021

Culturas

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Cuesta mucho morirse con la etiqueta moderna

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24).
Cuesta mucho morirse con la etiqueta moderna | El Diario 24 Ampliar (1 fotos)

Cementerio de La Guanaca, departamento Jiménez, Santiago del Estero.

Antes, cuando uno moría, los parientes iban a la funeraria, compraban un cajón, lo velaban en la casa, contrataban una cochería, lo llevaban a enterrar. Había quienes preferían el cajón a la vista, en un monumento, en la parte de adelante del cementerio. Muertos VIP, digamos. Más atrás, el pobrerío reposaba en la tierra.

Después vino el asunto de los cementerios llamados “Parque”, como en las películas norteamericanas, con tumbas iguales, total, cuando estás muerto sos igual a tu vecino (cuando vives también, pero es otra discusión), hay pastito, árboles bonitos, bancos. Una puesta en escena minimalista, digamos, en contraposición al pretérito funeral barroco.

Y llegó la cremación. Usted lleva su muerto, aguaita un rato y le devuelven una caja con las cenizas. Lo que hace con ellas, es problema suyo. Unos tienen al finado en un jarrón, otros han dejado dicho donde quieren que los tiren y otros son olvidados en un camino vecinal: esperan que el viento, la lluvia, el tiempo, hagan lo suyo.

La muerte ha dejado de ser ceremoniosa, para convertirse en un aséptico culto de despedida. Le han retirado el llanto, el luto, el licor de anís, las viejas rezando rosarios, la gravedad de los deudos, las risotadas en la cocina, la llegada del hijo que vive lejos, el cajón llevado a pulso, los crespones, el tarjetero en la puerta. Se volvió una alegre etiqueta de ateos, felices de despedir al finado.

Ahora los velorios son desinfectados y esterilizados, parecen hechos bajo la supervisión de un hermano de la Antigua y Aceptada Logia Escocesa, que, sinceramente le digo, con tal de no verlos triunfantes, dando tres golpecitos al cajón con el compás y la escuadra, uno preferiría no morirse nunca.

Juan Manuel Aragón

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