22/07/2021

Culturas

Resiste todavía el último espejo parabólico de Santiago del Estero

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24)
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Resiste todavía el último espejo parabólico de Santiago del Estero

No se llevan estadísticas de lo que no sucedió. Como los choques automovilísticos evitados en Santiago del Estero, cuando se colocaron espejos parabólicos en las esquinas. Una solución barata, sobre todo cuando no hay dinero para comprar semáforos.

Pocos recuerdan que fueron instalados en tiempos del Mario Héctor Bonacina, dos veces intendente de los santiagueños, de 1991 al 95 y desde entonces hasta el 99, luego diputado nacional hasta 1993, y convencional constituyente nacional en el 94. Llevó adelante la gestión de la ciudad, rodeado de un gabinete de brillantes profesionales y se destacó por su honestidad y su hombría de bien. Eran tiempos de vacas flacas, el municipio no había quedado bien económicamente, pero al final del primer mandato tenía compuestas las finanzas.

En el cruce de Catamarca y Buenos Aires ha quedado uno de aquellos espejos, necesitado de un cambio de vidrio. Los demás brillan por su ausencia, fueron destruidos por los vándalos que asuelan la ciudad buscando víctimas inocentes o cosas públicas para destruir.

Perdura de su tiempo el parque Sur, obra largamente acariciada por vecinos de los barrios Ejército Argentino y Almirante Brown. Recibió fuertes presiones de un gremio, que pretendía erigir viviendas en el terreno baldío hasta entonces, las sorteó con éxito, imponiendo el criterio de conveniencia de la ciudad, y no las apetencias del sindicalista. Luego de su fallecimiento, se le impuso el nombre de “Mario Bonacina” al lugar.

Falleció el 17 de mayo de 2004, en un accidente aéreo, cuando se vino a pique una avioneta en que viajaba por razones de trabajo. Quienes lo conocieron, saben que le quedaba bastante para entregar. Su familia lo extraña, muchos santiagueños rememoran su tiempo y el último espejo parabólico de Santiago, espera volver a la vida con una manito de pintura y la restauración de su azogue.

Juan Manuel Aragón

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