19/09/2021

Opinión

Qué pasa cuando la fanaticada invade el campo de juego

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24).
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Qué pasa cuando la fanaticada invade el campo de juego

Nos hemos hartado de los fanáticos. Discuten, se enojan, corrigen, revolean opiniones a diestra y siniestra en cualquier momento, bajo cualquier excusa, urbi et orbi. Para una enorme mayoría, ya no se puede ser un moderado admirador de Domingo Faustino Sarmiento, Julio Argentino Roca, Juan Domingo Perón, Raúl Ricardo Alfonsín o quienquiera que sea. Hay que estar a favor o en contra, pero hasta el paroxismo.

Si afirma: “Mucho no le gustaban las escuelas a Sarmiento, si mandó a ametrallar los muros de la escuela Normal de Paraná”, para qué lo habrá dicho, saltan como leche hervida los sarmientistas. Apenas uno larga: “Pero che, Alfonsín se reunía amigablemente con los capos de la dictadura, durante el Proceso”, te saltan a la yugular los radicales con epítetos como: “Vos qué sabes” o “desde qué altura moral dices eso”, como si se precisara ser José María Rosa, Félix Luna o, aunque más no fuere Ricardo Levene, para mirar una foto u opinar de historia.

No entendemos todavía que no eran próceres, sino tipos comunes, de carne y hueso, los antiguos se apeaban del caballo de bronce de las plazas, para echar una meada y los más nuevos paraban el auto y se bajaban a la orilla del camino para lo mismo. Con una bragueta de bronce, en todo caso se habrían orinado en el pantalón.

Miren que hay asuntos en el mundo que merecen el fanatismo: la paz, la salud, acabar con la pobreza, los alimentos orgánicos, la medicina, la religión, la ecología, una mujer (o varias), la gimnasia, la ingeniería, la cría de perros Pomerania, la lectura, las jineteadas y quichicientos más, como para ser admirador rendido de Marcelo Torcuato de Alvear, Arturo Umberto Illia, Nicolás Avellaneda o Eva Duarte de Perón, por nombrar solamente algunos.

Desde uno y otro lado de la binaria escisión de la política, muchos tienen el dedo índice preparado para levantarlo contra aquel que ose descalificar su idea. NI siquiera van contra la opinión del otro, sino contra su persona. “Pero vos quién sos, che infeliz, para opinar así de (agregue aquí el nombre del ´prócer´ que quiera)”, es su argumento más usado. ¿Sabe qué?, soy nadie, pero, si tiene otra mejor, descalifique mi idea y no se meta conmigo.

El mundo de antes, tan lleno de matices, colores contradictorios, voces discordantes, argumentos sutiles, explicaciones distintas, tonos fuertes o apagados, se ha convertido en otro, que prescinde de toda inflexión desigual. “O estás con lo que digo o contra mí estás”, dicen los ultras. Ya ni llama la atención, solamente aburre el furioso contraste de los discursos de los actuales talibanes de la interpretación política, tan cortantes, tan tajantes, tan repletos de verdades de a puño, blancas o negras, nunca grises.

Y eso que todavía no hemos hablado de los “K” y los “M”.

Juan Manuel Aragón

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