01/10/2021

Opinión

Una manifestación tardía del romanticismo hecha música

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24).
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Una manifestación tardía del romanticismo hecha música

El folklore argentino fue una manifestación muy tardía del romanticismo que había comenzado en Europa unos cien años antes, y el nacionalismo tradicional de estas tierras, que estaba a punto de agotarse, al menos en términos de las novedades que había esbozado en sus primeros tiempos, con los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta y una pléyade de escritores que dieron vuelta la historia argentina para plantearla en sus justos términos.

La obra de Juan Alfonso Carrizo, relevó gran parte del acervo cultural argentino, sobre todo el de las provincias del norte, de La Rioja a Jujuy y de Orestes Di Lullo en Santiago del Estero, fue pasada por alto por casi todos los cultores artísticos de la moda del folklore. Poesías bellísimas, yacen olvidadas en sus cancioneros populares.

La moda del folklore en un principio fue totalmente descriptiva y nostálgica: “Cuando salí de Santiago”, “desde la cuesta del Portezuelo”, “en las noches de Acheral”, “viva Jujuy, viva la Puna”, en fin. Después se volcó un poco a las letras de protesta, no mucho porque ahuyentaba a parte del público. Y al amor, porque atrae a las chicas, ¿vio?

En el camino se fabricó una identidad, que siempre vivió de prestado, primero con cantantes vestidos como supuestamente se vestían los gauchos. Y luego, cuando llegó la etapa de los diablos, el Súpay, la Salamanca, adoptaron la moda roquera, hasta con humo falso en los escenarios, solos de guitarra y olor a cigarrillos raros. Nunca dejó de ser festivalera, con olor a cerveza de cantor amanecido, gritos destemplados y machacones rasgueos adocenados.

Tampoco abandonó los asuntos esenciales del romanticismo: entre ellos el apego por un pasado supuestamente mejor. Las mujeres siempre fueron sometidas y, salvo excepciones como la “Pulpera gaucha” más alguna otra, todas son madres que lavan la ropa en el patio de tierra o seres invisibles que van a dar una “huahuita” a sus padres para que sean “ay de feliz, ay de feliz”. (El día que el feminismo se meta con el folklore, tendrá una cantera inagotable de letras para sentirse ofendido y mostrar su disconformidad, ¡la que se va a armar!).

En el medio, claro, hubo otros que intentaron darle una impronta distinta: autores como Ariel Petrocelli, Felipe Rojas, César Isella o intérpretes como Alfredo Ábalos, Elpidio Herrera, Alfredo Palumbo o los hermanos Núñez y varios otros, intentaron una vuelta de tuerca distinta, pero el gusto masivo siguió siendo de grupos como “Los Nocheros”, quienes al decir del salteño Benjamín Toro: “Si Artidoro Creceri se levantara de la tumba los agarraría a rebencazos”. Con tonada salteña sonaba a dicho de un herido por un ofensa irremediable.

Esto lo hemos conversado con algunos cultores de esa música pop que convencionalmente llaman folklore: coinciden en que las letras deben modernizarse, hablar de cosas que la gente conoce, toca, palpa. El ranchito, el caballito, las cabras balando en el corral son una realidad que pocos conocen. Es posible que, como género musical, tenga los días contados si sigue apelando a la nostalgia, al pasado al recuerdo de pagos que no volverán o si continúa con el tono paisajístico descriptivo de bellezas subjetivas.

Por último, dos cosas. La primera es que el tema no se agota en estas líneas. La segunda, puedo estar equivocado. En cualquier caso, abajo hay lugar para opinar, criticar, renegar, desahogarse o insultar al autor de esta nota. Usted vea.

Juan Manuel Aragón

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