04/10/2021

Opinión

Emilio Llanos, un hombre que se ocupaba de la cosa pública en El Bobadal

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24).
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La casa de Emilio Llanos en El Bobadal ya era tapera un tiempo antes de que la tiraran abajo.

No ha nacido todavía la mujer que llevará en su vientre un alma como la de Emilio Llanos, en Bobadal, departamento Jiménez, Santiago del Estero. Cuando el hoy pequeño villorrio era un caserío disperso y los bobadaleños vivían tras los ancochis, soñó un gran pueblo, quizás del mismo tamaño que el actual, pero con una personalidad distinta.

No dejó oficina pública sin visitar en la capital de los santiagueños, pidiendo primero que le lleven un camino y luego el ripio. Hoy pocos recuerdan aquel nacional en que los vehículos dejaban una nube de polvo que permanecía a veces varios minutos en el aire. El Bobadal debía su nombre justamente, a que era un verdadero guadal.

Hombre curioso. Una vez lo hallaron en el Bajo de la Mesada a dos leguas del pueblo: caminaba de un lado a otro, se agachaba, miraba algo, volvía a caminar, se volvía a agachar, y así. Alguien le preguntó qué hacía. Contó que observaba las hormigas, porque sacaban piedritas de debajo de la tierra, señal de que habría ripio con el que mejorar el camino. Por supuesto que no tenía razón, pero igualmente muestra la preocupación del hombre por lo que los romanos entendían como la cosa pública.

El pueblo venía creciendo medio a la bartola, hasta que un técnico de Santiago, sin siquiera visitarlo, hizo un plano y trazó las calles. Algunas pasaban por el medio de una casa, pero ya se sabe, para casi todos los técnicos, si sus trazos en el papel no coinciden con la realidad, peor para la realidad. Después fue el gobernador Carlos Arturo Juárez a entregar los lotes resultantes de esa división. En pleno acto protocolar y delante de todo el mundo, Emilio Llanos reclamó porque esas tierras que estaba entregando la Provincia no eran fiscales. Al final se hizo lo que el gobierno quiso, pero vale resaltar su valentía frente al peronismo triunfante de aquel tiempo, año 75, literalmente de armas llevar.

¿Cómo era el pueblo que quería Llanos? Uno que creciera armónicamente, siguiendo una forma de construcción muy típica del este de Tucumán y el oeste de Santiago, que guardara algunas características propias, distintas del resto, con espacio para que la gente siguiera criando gallinas, alguna cabrita, una vaca para leche.

Pero la modernidad estaba llegando a la vareada, traía casas todas iguales a las de cualquier otro lugar de la Argentina, que en menos de dos décadas borraron lo poco de identidad propia que tenía, para convertirlo en un pueblo feo, con un rostro que quiere parecer innovador y es sólo un pobre remedo de modernidad, igual a otros tantos.

No queda nada de aquel Bobadal en el de ahora, ni el molino ni el busto a un fundador que mandó a hacer Emilio ni la biblioteca popular que fundó ni la balanza de tía Tutu ni el almacén “El Luchador”, de Balcedo Santillán ni su casa ni su rastro ni las hormigas del Bajo de la Mesada. Dentro de poco su recuerdo también se hará viento de vientos en el olvido desagradecido de los que quedaron.

Una oración en su memoria es lo mínimo que le debemos.

Juan Manuel Aragón

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