06/10/2021

Opinión

La guaracha es el fenómeno cultural más poderoso de Santiago del Estero

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24).
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El finado Alfredo Palumbo, autor de la chacaraguá santiagueña. La guaracha es el fenómeno cultural más poderoso de Santiago del Estero

La música de guaracha es quizás el fenómeno cultural más poderoso de Santiago del Estero de los últimos tiempos, lleva en sí una impronta provinciana característica, única, original, particular. En esencia se trata de una chacarera a gran velocidad, de tal suerte que un guitarrista que una noche pasó tocando en un grupo guarachero, por cuatro o cinco lugares distintos, algo muy frecuente, queda con la mano agarrotada de tanto golpear las cuerdas. Las líneas que siguen no pretenden abarcar todo el universo de esta música, sí abrir algunos temas como líneas de futuras investigaciones, si es que no las hay ya.

A la guaracha cubana la siguen tocando y cantando, muchos músicos de trova y grandes orquestas al estilo de aquel país.Lleva un tiempo rápido y una letra que generalmente es cómica o picaresca. Al menos allá se tocaba y cantaba en los bailes de las clases populares y a principios del siglo pasado era propia de los burdeles de La Habana. Alejo Carpentier recuerda una letra: “Mi marido se murió, // Dios en el cielo lo tiene // y que lo tenga tan tenido // que acá jamás nunca vuelva. // No hay mulata más hermosa, // más pilla y más sandunguera, // ni que tenga en la cadera // más azúcar que mi Rosa”.

Salvo el nombre, la guaracha santiagueña no tiene nada que ver con la cubana. Es una fusión, a lo santiagueño eso sí, de la chacarera y el chamamé, luego le agregaron percusión y otros matices parientes del cuarteto y la cumbia. Uno de sus grandes cultores fue Mario Cecilio Arce, Koli, cuyo lanzamiento al estrellato se debe a su actuación en "Los pescadores de Colombia" y "El Quinteto Imperial".

A pesar del ritmo festivo de su música, sus letras son graves o tristes, o de cornudos, báh. Como “Punto final”. Ahí dice Koli: “Punto final // porque ocupo en tu vida // el segundo lugar. // Punto final // demasiado te di // para ser pasatiempo. // Punto final // porque temo que un día // te vuelva a buscar. // Punto final // su fantasma te ronda // y me muero de celos”. Con algo más de elaboración, hasta podría ser la letra de un tango.

La guaracha lleva recorrido un largo camino en Santiago, es un ritmo consolidado y de entrada masiva, no solamente en los barrios populares de la provincia, sino también en los salones en que festeja su casamiento u otros grandes acontecimientos la gente más pudiente, a la hora en que los ánimos están por las nubes etílicas, la novia anda deslucida como santo que le ha pasado el día, y los padrinos se refrescan, cansados, en sus mesas. Ponen una guaracha y es la señal de partida para que todos vuelvan a la pista más rápidos que ligeros.

Durante la bochornosa siesta santiagueña, en muchas calles de la provincia una guaracha atruena el aire, sin dejar a los vecinos que duerman, los parlantes sonando a todo vapor y a su alrededor un grupo de muchachos tomando vino en cajita, rebajado con jugo de naranja, refrescado con un pedazo de hielo más grande que un puño. A veces los parlantes de los poderosos equipos de música se hacen la competencia de vereda a vereda. Si alguien pregunta por qué ponen tan fuerte la música, dirán: “Para que los otros no nos venzan”. Si se les hace notar que están poniendo lo mismo y bien podrían tener un solo equipo funcionando, lo mirarán como bicho de otro planeta: “¿Por qué tenemos que oir su música y no la nuestra?”.

El músico popular santiagueño Alfredo Palumbo, ideó la “chacaraguá”, genial vuelta de tuerca que, al menos por un tiempo, emparentó la chacarera que se oye con preferencia en los círculos medios y altos de la Argentina, con la popular guaracha. Quiso inscribirla en Sadaic como un género nuevo, pero no se lo permitieron. La más conocida de sus composiciones corresponde a “Pobrecito el tupinami”. Su letra forja metáforas algo más elaboradas, con un aire de moda, ecológico: “Ahí andan los tupinamis // muy afligidos // llorando sus desventuras, // muy doloridos, // junto a los pobres zorritos, // debajo los quebrachitos, //la Pachamama que espera // se le hinchan la penas // de tanto dolor. //De tanto, de tanto, //de tanto dolor”. Su música también es bellísima, e interpretada por Franco Ramírez, durante una temporada de Santiago estuvo entre las más oídas en las radios de frecuencia modulada. Si los tupinamis no están entre lo más original y auténtico de Santiago de los últimos tiempos, raspando le pasa.

Este Ramírez también interpreta guarachas puras, como “Guadalupe”, con una letra que pone la mira más allá de los temas de la mayoría de los guaracheros, porque es alegre, festiva, sin la pesada carga del hombre engañado, la mujer malvada y eso. Dice: “Conozco una niña muy hermosa su nombre es Guadalupe // con una sonrisa encantadora y una mirada dulce // lleva en su presencia // mágica inocencia // llena de ternura, es una locura // ¡Guadalu-u-pé!, ¡Guadalu-u-pé!”. No lleva en sí el llanto del hombre que ha perdido a la mujer a manos de otro, si bien su música se sale un poco de lo común, no se sabe si estas nuevas letras tendrán el éxito rotundo de los guaracheros.

Lo mejor de la guaracha es que se trata de una música libre, no le debe nada a nadie, no imposta la voz, sus cultores no se disfrazan de nada para tocar, no apela a un falso criollismo de huija, rendija, la mama y la hija, como el folklore, ni apela a imágenes del mundo marihuanero o cocainómano, como muchas letras del rocanroll, ni quiere —mucho menos— parecer culta o erudita ni falsamente sencillista como el pop orteguiano (por Palito), de Diego Torres y tantos otros.

Es la manifestación más auténtica del alma de los santiagueños de barrio, esos que un sábado a la siesta se juntan, el torso desnudo, debajo de un paraíso, con los parlantes ensordeciendo el calor del barrio, el tetra en la mano derecha, un pucho en la izquierda, a disfrutar de la vida, luego de haber pasado una ardua semana en la obra, en la fábrica o cartoneando en el centro.

Y que se haga agua el Kibón.

Juan Manuel Aragón

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