20/10/2021

Opinión

Le dicen zorra a una mujer y no salen miles a mostrar sororidad

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24).
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Le dicen zorra a una mujer y no salen miles a mostrar sororidad

Del siglo XXI ya vamos consumiendo dos décadas completas. Las mujeres se empezaron a liberar del yugo masculino hace por lo menos cien años. Desde hace más de 7 décadas en la Argentina votan y pueden ser elegidas en cualquier cargo, de presidente de la Nación para abajo. Hace unos cuatro o cinco años comenzó la cuarta o quinta ola de feminismo rampante, con un movimiento “Yo también”, que denuncia de manera feroz, a quienes las violentan o ejercen la víolencia física, psíquica o sexual sobre ellas. Han inventado una nueva palabra, “sororidad”, para indicar que no solamente son iguales, sino que hay una especie de hermandad que las obliga a solidarizarse con lo que les suceda a todas y cada una en el mundo.

Pero una mujer acusa a otra de robarle el marido y se levantan muy pocas voces a mostrar su simpatía con la señalada. Oiga, una mujer dice públicamente que otra es una “zorra” y ninguna asociación feminista sale a decirle que eso no se hace, no es correcto, por lo de la “sororidad”, vamos. Peor es la prensa que, hasta anteayer, pero anteayer literalmente, tomaba como propias las causas feministas y en vez de marcar a quien tilda a otra de “zorra”, sale corriendo a buscar a la acusada, la expone, la muestra, la desnuda, en una palabra, haciéndola pasar como la culpable de haber roto un matrimonio.

Lo mismo que en el cacareo de los derechos humanos, causa válida, pero sólo en ciertos y determinados casos y en otros idénticos o peores no, aquí una mujer acusa a otra de ser una “zorra” y nadie le pide cuentas de sus acciones. Oiga, ¿no era que iban a salir todas en masa a defender a cualquiera que fuera injustamente acusada de algo? Esta es la oportunidad, amigas, organicen una manifestación, salgan en masa a defender a la injuriada gratuitamente. Muestren el “colectivo” pañuelo verde golpeando a la acusadora con toda su fuerza, háganse valer, carajo.

En un tiempo en que los argentinos están hartos de noticias políticas, viene bien un escándalo periodístico, con tintes sexuales —morboso por donde lo mire— para alimentar las almas, cansadas de oir siempre los mismos apellidos puestos como héroes o villanos según quién hable de ellos. Al fin un caso real, distinto y que promete todos los días un capítulo emocionante, repleto de idas y venidas, cuetos, vericuetos, dimes, diretes y apostillas jugosas.

En los tiempos que corren, que una mujer se tire un lance para ver si un hombre quiere tener una relación de cualquier tipo con ella, no es ni infrecuente ni, mucho menos escandaloso. Miles lo hacen todos los días, a cara descubierta y en poblado. Hay parejas que aceptaron terceros en el medio de su relación, ya sea en forma permanente o esporádica. No faltan los que organizan tríos, cuartetos, quintetos y hasta orquestas sinfónicas completas con la propia esposa incluida. Y nadie chilla. Como reza el dicho “Ca uno es ca uno y ca cual es ca cual” o “cada uno es dueño de hacer de su c*lo un candelero y poner la vela que quiere”.

Nadie tiene derecho de acusar a una mujer de prostituirse o ser una “zorra”. Que viene a ser, en lenguaje moderno, la que de puro gusto nomás, quiere tener el marido o el novio de otra y se le insinúa a fin de apoderarse de él. Lo hace, según la definición, por el placer de ver destruida una relación o probar que es más linda o despierta más fantasías.

A los hombres, al menos en este caso, la televisión nos trata cual objetos sexuales, carne trémula, seres indefensos: jarrones que adornan la vida de una mujer, viene otra, nos “roba” y ante eso no podemos hacer nada, pobrecitos nosotros. Somos cosas muebles de las mujeres, les brindamos seguridad, algo de compañía, sostén económico si nos da el cuero, proyectamos una figura paternal hacia los hijos, fungimos como carne dura algunas veces y muy poco más. Y aquí me planto.

Malhaya el mundo que nos ha tocado, amigos.

Juan Manuel Aragón

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