22/10/2021

Opinión

En algo no hay grieta entre los argentinos, la transgresión de las normas de tránsito

Escribe Juan Manuel Aragón - (Especial para El Diario 24).
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En algo no hay grieta entre los argentinos, la transgresión de las normas de tránsito

El cartel en la calle dice “Pare”, pero no viene nadie de allá, entonces uno, por las dudas, pega una acelerada. A quién se le ocurre poner un letrero inútil en un lugar inhóspito, deshabitado, en medio de la nada. El “Pare” ordena detenerse, hacer que el velocímetro marque cero, redondamente. Y luego si no viene nadie del otro lado, poner primera y continuar.

Detrás de la colocación de esa indicación de tránsito, hubo uno o varios especialistas que llegaron a la conclusión de que, por precaución, los vehículos debían frenar del todo: calcularon el riesgo, se pusieron en el lugar del conductor que circula justo como usted lo hace todos los días y dijeron: “Si no ponemos el cartel podría haber varios muertos”. No fue un capricho ni una ocurrencia chistosa.

Por alguna extraña razón, los argentinos tenemos una compulsión al suicidio en calles, caminos, carreteras. El conductor de un vehículo piensa: “Todos los días paso por ahí sin parar, nadie se detiene, nunca he visto un muerto por no hacerle caso al cartel”. De tanto no acatar la señal, un día se descuida y ¡paf!, se da un bife contra un auto que venía del otro lado y tampoco hizo caso del aviso.

Es como si todos pensaran: “A mí no me va a suceder”. Cuando un argentino lee las alarmantes estadísticas de accidentes de tránsito, supone que nunca estará entre la minoría que alguna vez en la vida se dio una piña en la calle. Se imagina que siempre estará del otro lado de los números que año a año indican un aumento en las víctimas de imprudencias en el manejo de vehículos.

Estacionar en doble fila está penado por la Ley Nacional de Tránsito. Y no, amigo, no se permite para “un segundito”, tampoco “medio minuto hasta que salga mi hijo de la escuela”. Si quiere buscar a su hijo como corresponde, llegue 15 minutos antes, busque un lugar para estacionar, aunque sea a cinco cuadras, cierre el auto, camine hasta la puerta. Así de fácil. Si lo aguarda en doble fila, armará un embotellamientoque te la voglio dire, entorpecerá el tránsito y la ambulancia deberá ir lentamente, poniendo en peligro la vida de un prójimo… que otro día podría ser usted.

Tampoco se permite estacionar en el lugar de los colectivos ni en las bocacalles. El semáforo en rojo significa no avanzar y el amarillo es para detenerse o pasar con precaución, no para jugar a la ruleta rusa. No está permitido girar a la izquierda en las avenidas, en ningún caso, bajo ninguna circunstancia, sin excusas, la senda peatonal es para los peatones y si se indica que la velocidad máxima permitida es de 30 kilómetros por hora, pues eso, es de 30 kilómetros por hora.

Pero a pícaros nadie nos gana. ¿Sabe qué?, si nadie acata las normas del tránsito, ¿por qué voy a ser el primero? Tenemos un acuerdo general en que el sistema fue hecho de esta manera, hay un riesgo mayor que en cualquier lugar del mundo por salir a la calle manejando un vehículo, ese convencimiento colectivo es causa de muertes, mutilaciones, quebraduras. Si no le gusta, ya sabe, el Primer Mundo lo espera allá lejos para que se saque el gusto de detenerse cada vez que vea un cartel que dice “Pare”.

Después de la última dictadura, acatar las leyes, tener un cierto orden, fue visto como algo repudiable, propio de militares. Y pasó a ser un valor la violación de las normas: ¿cuáles?, las que cada uno considera injustas. Entre todas y en esto no hay grieta, las más estúpidas son las de tránsito y las fumamos con muertes y todo porque todos somos transgresores.

Así nos va.

Juan Manuel Aragón

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