09/11/2021

Opinión

OPINIÓN

No es el tercer tiempo ni las enseñanzas, el problema es el rugby

(Especial para El Diario 24).

En serio, che, algo tiene el rugby que, en sí y por sí mismo, incita a la violencia grupal a quienes lo practican. No entiendo mucho de psicología y capaz que hablo macanas, pero hay como una pulsión de muerte cuando se juntan en tropilla, toman dos o tres tragos y alguien los convida a pelear. Son rugbistas, casi como boxeadores o karatecas profesionales, debieran saber que tienen prohibidas las peleas porque su cuerpo es un arma fatal.

Es raro ver una noticia sobre futbolistas de un equipo tomando a golpes a una persona. Ni basquetbolistas, folkloristas, tenistas, ajedrecistas, ex compañeros de la escuela o contertulios del café se unen para pegarle a nadie. La mayoría intenta zanjar sus diferencias por las buenas. Salvo los rugbistas que muchas veces van de a muchos a pegarle a uno o dos, porque son machos, ¿ha visto? Muestran, de yapa, una cobardía digna de mejores causas.

Es un juego de altísimo contacto, en el que los contendientes se golpean muy feo, con máxima violencia. Quienes se entrenan en este deporte tienen, además, mucha fuerza física y saben cómo golpear al prójimo para tumbarlo, dejarlo inerte, quieto, inservible. Un deporte así debiera estar prohibido para los mortales comunes y corrientes. O permitirlo, siempre y cuando jugadores, entrenadores, técnicos, supervisores y por las dudas los árbitros y de yapa el público también, se sometan a un examen psicológico para asegurarse de que están pasteurizados, deslactosados, desgrasados y son inocuos.

Pocas veces aparece en los diarios la noticia de boxeadores en patota, pegándole a un solo tipo. Si acaso, por ahí, uno que otro, pasado de copas, quizás le pega un seco a un pobre tipo, las consecuencias suelen ser durísimas, la ley los trata con extrema severidad, pues tienen la pesada mano totalmente prohibida. Es más, casi todos los boxeadores que he conocido en mi vida, en el ring a veces son feroces, pero en la calle, en la vida real, son mansos y al verlos nadie dirían que matan un mosquito.

Cada vez que una tropa de rugbistas pega a un pobre infeliz, casi como acto reflejo salen entrenadores y amantes de ese juego a pedir que no se le eche la culpa al deporte, que esos que pegaron son solamente un emergente, la excepción que confirma la regla. El problema es que estamos hartos de las excepciones. Y no queremos que nuestros hijos se marchen de un lugar, apenas se enteran de que llegó un grupo de rugbistas, por miedo a ser golpeados o muertos salvajemente.

Si quiere mi opinión y de esto me hago cargo, habría que prohibir este deporte, erradicarlo definitivamente de la faz de la Argentina. El poco o mucho bien que hizo, fue compensado con los golpes que dañaron, quizás para siempre, la vida de otras personas. A quienes lo practican se les podría ofrecer otras opciones: que practiquen boxeo pues ahí les enseñarán a no pegar fuera del ring, que se hagan domadores de potros y, en casos extremos hasta se les podría pagar un pasaje para Afganistán, así van a pelear, de voluntarios, contra el régimen de los dulces talibanes, cualquier cosa con tal de que abandonen esta práctica que tanto mal hace a la sociedad.

Después de esta nota muchos saldrán, como siempre a hablar del tercer tiempo, de los sagrados valores que inculcan los formadores de este deporte, la entrega que se requiere para ser un jugador honesto, con el carácter forjado en la sana camaradería, el compañerismo, las sagradas enseñanzas de los entrenadores, los buenos ejemplos de quienes se superaron transpirando una camiseta. Un blablablá que conocemos demasiado bien como para hacernos eco. Ya los hemos bancado mucho. Es hora de que se den cuenta de que algo en el mecanismo del juego, vuelve extremadamente violentos a quienes lo practican.  

Es una suerte que, al menos por ahora, no sea una práctica mayoritaria entre la juventud. ¿Se imaginan a lo que podrían llegar si fuera tan popular como el fútbol?

Dios nos libre.

Juan Manuel Aragón


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